Rafael
El domingo al mediodía estaba en casa de mis padres, metiendo una cucharada de cocido en la boca como si estuviera comiendo serrín. El ambiente estaba cargado y mis padres me observaban con esa insistencia que te quema la nuca. Mi madre, Alma, no había dejado de lanzar indirectas durante toda la mañana hasta que, al final, soltó el golpe de gracia mientras recogía el pan de la mesa.
—Ya me ha llamado Valeria —dijo Alma, mirándome de soslayo—. Me ha contado todo. Dice que habéis tomado la decisión de no volver a veros. Que esto se ha acabado definitivamente.
Dejé la cuchara sobre el plato. El ruido del metal contra la cerámica sonó como un disparo en el comedor. Sentí un vacío repentino en el estómago, una mezcla de alivio amargo y una rabia que no sabía dónde poner.
Mi padre, que hasta ese momento había estado absorto en las noticias del mediodía con el volumen alto, apagó la televisión de golpe. El silencio que inundó la sala fue tan pesado que casi me faltó el aire. Centró toda su atención en mí, clavándome esos ojos que tantas veces me habían juzgado, y dejó caer la pregunta con una seriedad que no admitía rodeos.
—¿Eso es verdad, hijo? —me preguntó, con la mandíbula apretada—. ¿Habéis decidido terminarlo todo?
Me quedé mirando el plato, sintiendo el peso de las miradas de los dos. Me pasé una mano por la nuca, intentando buscar una salida, pero no la había. Valeria tenía razón, y en el fondo de mi alma, sabía que seguir tirando de esa cuerda solo nos iba a terminar de destruir a los dos.
Asentí despacio, con un gesto seco.
—Sí. Se acabó —respondí, con la voz más firme de lo que me sentía por dentro—. Es lo mejor para los dos.
Mi padre dejó el mando sobre la mesa y se inclinó hacia delante, señalándome con el dedo índice, con ese tono que usaba para darme lecciones que yo odiaba pero que a veces, muy en el fondo, sabía que tenían razón.
—Escúchame bien, Rafael. Si se lo has prometido, si has dado tu palabra de que esto termina aquí, entonces no juegues más —me dijo, sentenciando cada palabra—. Ya no eres un crío. Si vas a dejarla ir, hazlo con todas las consecuencias. No estés mareando la perdiz, ni apareciendo en su puerta, ni volviéndola loca. Si has decidido cerrar esa puerta, ten los cojones de dejarla cerrada. No se juega con la vida de nadie, y mucho menos con la tuya.
En mitad del silencio que dejó la advertencia de mi padre, mi hermana Vera dejó caer los cubiertos sobre el plato. Se cruzó de brazos y me clavó una mirada que no admitía discusiones.
—A ver, que me entere yo —soltó Vera, mirándome fija—. Mi cumpleaños es en dos semanas. Son los dieciocho, Rafael, y es una fecha muy importante para mí.
Me la quedé mirando de reojo, intuyendo por dónde venía el golpe.
—¿Y qué tiene que ver eso ahora? —mascullé, de mala hostia.
—Pues que Valeria va a venir a mi fiesta, por supuesto —sentenció ella, con una firmeza que no dejaba lugar a dudas—. Es familia, la quiero allí y ya está invitada. Así que vosotros veréis cómo lo vais a hacer, pero a mi fiesta no me la amargáis. Os aguantáis, os cruzáis de brazos o os vais cada uno a una punta del jardín, pero os comportáis como dos adultos.
La advertencia de mi hermana me cayó como un jarro de agua fría. Volví a mirar el plato, consciente de que en solo catorce días iba a tener que volver a tener a Valeria a pocos metros de mí, después de haber jurado que no volvería a buscarla.
Después de la comida familiar, necesitaba aire como fuera. Agarré la moto y me fui a echar la tarde con los del barrio, buscando distraerme y vaciar la cabeza de tanta mierda. Nos juntamos en el taller de siempre a tomar unas cervezas, pero la tranquilidad me duró bien poco. No tardó en salir el tema.
Dani, que estaba apoyado contra el mostrador con el tercio en la mano, me miró de arriba abajo y soltó un bufido, hablando sin tapujos.
—Mira que eres tonto, Rafael —me dijo, dándole un trago a la cerveza—. Qué tonto estás, de verdad. Tienes la cabeza en el culo si crees que vas a encontrar a otra tía tan afín a ti como Valeria. Esa chica te aguantaba las tuyas y las de todo el mundo, tío. Te pegaba mil vueltas y estaba hecha a tu medida.
Yo me quedé callado, apretando el botellín con fuerza, sintiendo cómo me volvía a subir la mala hostia. Quise cortarlo, pero los demás, que estaban allí sentados en unas cajas de plástico, se metieron en la conversación y empezaron a darle la razón.
—Dani tiene toda la puta razón, macho —dijo uno de ellos, negando con la cabeza—. Tías como esa no se encuentran a la vuelta de la esquina. Te has columpiado pero bien.
—Sí, tío, la has cagado pero bien cagada —remató otro—. Como esa no vas a ver otra igual en la vida. Vas a espabilar cuando la veas con otro.
Escuchar lo mismo por parte de mis amigos terminó de rematarme el día. No me hacían falta sus discursos; ya tenía bastante con los de mi madre y con la culpa que me carcomía por dentro. Dejé el botellín a medias sobre la mesa de trabajo con un golpe seco.
—Ya vale de tocarme los cojones —mascullé, agarrando la cazadora y las llaves de la moto.
Pese a que intentaron pararme para que me quedara, decidí irme a casa. No estaba para aguantar sermones de nadie. Arranqué la moto, metí primera y salí de allí a toda hostia, queriendo refugiarme en mi salón para no tener que pensar en las dos semanas que me quedaban por delante antes del cumpleaños de mi hermana.
Valeria
Faltaban pocos días para el cumpleaños de Vera y yo intentaba mantener la cabeza ocupada en el trabajo, refugiándome en la rutina para no pensar en Rafael ni en el vacío que me había dejado su marcha definitiva. Sin embargo, la tranquilidad me duró poco.
A mitad de una mañana, mientras estaba en plena jornada laboral, vi aparecer a mi madre por la puerta. Me quedé helada. Hacía dos semanas que no sabía nada de mi familia, concretamente desde que cacé a mi padre en la playa y le paré los pies con el vídeo del chantaje. Mi madre venía bien vestida, impecable como siempre, pero traía una cara de fingida preocupación que me puso en alerta de inmediato.
—Valeria, hija, deja lo que estés haciendo cinco minutos y ven conmigo. Vamos a dar un paseo, necesito hablar contigo —me dijo, usando ese tono suave pero impositivo que tan bien conocía.
No quise montar un espectáculo en el trabajo, así que avisé a mi compañera, agarré el bolso y salí con ella. Caminamos en silencio un par de calles hasta que entramos en un parque cercano. Nos sentamos en un banco de madera, bajo la sombra de unos árboles, y yo me giré hacia ella, cruzándome de brazos, esperando el golpe.
Mi madre se acomodó el bolso en el regazo, soltó un suspiro dramático y me clavó esa mirada cargada de una condescendencia que me revolvió el estómago. Entonces, soltó el veneno que traía preparado.
—No ha merecido la pena nada, Valeria —me soltó a bocajarro, con una falsa pena en la voz—. Tanto escándalo, tanto dejar tu casa, tanto enfrentarte a tu padre y a mí por ese chico... ¿y para qué? Si al final Rafael te ha dejado.
Sentí un pinchazo en el pecho, pero apreté los dientes para que no se me notara en la cara. La noticia del fin de nuestra relación ya había llegado a sus oídos, probablemente a través de los cotilleos del barrio, y ella no había tardado ni un segundo en venir a regodearse en mi dolor.
—Esa gente se casa entre ellos, hija. Te lo dije —continuó mi madre, acariciándome el brazo con una hipocresía que me dio escalofríos—. Son de otro mundo, no tienen nuestros valores ni nuestra educación. Estaba claro que tarde o temprano te iba a dar la patada para volverse con los suyos. Te lo advertimos por tu bien, pero tuviste que aprenderlo a golpes.
Esuché sus palabras conteniendo la rabia, dándome cuenta de que seguía viviendo en un mundo de cristal, sin tener ni la más remota idea de que el hombre "con valores" al que defendía se estaba follando a una cría en una cala escondida. Me aparté de su mano con un gesto seco, mirándola con un desprecio que la dejó muda. Mi madre no venía a consolarme; venía a cobrarse su victoria, sin saber que su preciosa vida perfecta era la que realmente estaba colgada de un hilo.
Las palabras de mi madre me calaron hasta los huesos y, aunque me jodiera en el alma reconocerlo, me dolieron con rabia porque en el fondo sentía que tenía parte de razón. Rafael me había dejado. Mi sacrificio, el haberme plantado frente a todo el mundo por él, parecía no haber servido de nada.
Pero verla ahí sentada, con esa sonrisita de superioridad y esa falsa lástima, dándome lecciones de moralidad y valores familiares cuando su propia casa estaba podrida por dentro, hizo que se me cruzara un cable.
Sin decir una palabra, saqué el móvil del bolso, busqué el vídeo de la cala y se lo puse delante de los ojos. Le di al *play*.
Esperaba que se echara a llorar, que gritara, que se le cayera la venda de los ojos de una puta vez. Pero lo que pasó me dejó completamente helada.
Mi madre miró la pantalla con una frialdad espantosa. Vio a su marido empalando a la rubia entre gemidos grotescos y su rostro no mostró ni un solo sentimiento. Ni una lágrima, ni un amago de sorpresa, nada. Apartó la vista del teléfono, se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja y me miró con una tranquilidad que me dio escalofríos.
—¿De verdad me crees tan tonta como para no saber algo así, Valeria? —me preguntó, con una voz tan calmada que parecía que hablábamos del tiempo.
Me quedé sin aire, mirándola fijamente.
—¿Lo sabías? —alcancé a decir, estupefacta.
—Por supuesto que lo sé —respondió ella con desdén—. El tonto es tu padre, que se cree muy listo y piensa que yo no me entero de sus escapadas. Pero lleva años haciéndolo.
—¿Y cómo puedes seguir con él? —le pregunté, sintiendo un asco profundo que me subía por la garganta—. ¿Cómo puedes acostarte a su lado todas las noches sabiendo lo que hace?
Mi madre soltó una risita seca, mirándome como si la ingenua fuera yo.
—Porque yo soy su mujer, Valeria. Yo soy la que lleva su apellido, la que vive en su casa y la que sale con él del brazo en las fotos. Esa rubia del vídeo no es más que una golfa más de las muchas que han pasado y pasarán. Una distracción barata que no significa nada.
Me quedé muda. La boca se me abrió sola y no me salían las palabras. Sentí una náusea terrible al comprender el nivel de falsedad en el que se basaba toda mi familia. Si eso era el matrimonio, si eso era el amor del que tanto presumían y lo que querían para mí, tuve claro que yo no quería ese amor ni muerta. Prefería la tormenta y el dolor de lo mío con Rafael mil veces antes que esa farsa gris y muerta.
—Yo vivo muy bien, hija, y eso es lo único que me importa —sentenció mi madre, dándole un golpecito a su bolso de marca—. A mí me importa mantener mi estatus, mi casa y mi tranquilidad. Con quién se acueste tu padre me trae sin cuidado mientras a mí no me falte de nada y se guarden las formas.
No daba crédito a lo que estaba escuchando. La miré fija, sintiendo que la mujer que tenía delante era una completa desconocida, un monstruo de las apariencias. Me levanté del banco de golpe, incapaz de pasar un segundo más a su lado. Me daba tanto asco ella como mi padre. Di media vuelta y me largué de allí a paso rápido, dejándola sola en el parque, con la certeza absoluta de que prefería romperme el corazón mil veces buscando algo real antes que convertirme en el reflejo de la miseria de mis padres.