Oro y adrenalina

38 Respuestas en el barro

Rafael

Llevaba días jodido, pero jodido de verdad. No me aguantaba ni yo. Iba al desguace en piloto automático, le contestaba a mi padre con monosílabos y la comida me sabía a ceniza. Daba igual las vueltas que diera con la moto o las cervezas que me tomara con los chavales; no podía sacarme a Valeria de la cabeza. La echaba de menos a todas horas. Extrañaba su olor en mi cama, su risa picarona, la forma en que me plantaba cara sin arrugarse y hasta las broncas que nos pegábamos. El silencio de mi casa me aplastaba y la culpa de haberla dejado ir me estaba comiendo vivo por dentro.
Estaba tirado en el sofá, mirando al techo con el móvil en la mano por pura inercia, cuando la pantalla se iluminó. Sentí un vuelco en el corazón al ver su nombre. No era un mensaje corto; era un texto largo donde me soltaba, a corazón abierto, la turbia conversación que acababa de tener con su madre en el parque.
**Valeria:** *No te lo vas a creer, pero acaba de venir mi madre al trabajo a darme un paseo. Ha venido a regodearse de que lo nuestro se ha acabado y a decirme que "esa gente" se casa entre ellos. Me ha dado tanta rabia que le he enseñado el vídeo de mi padre con la rubia en la cala. Esperaba que se le cayera el mundo encima, Rafael, pero no le ha importado una mierda. Me ha dicho que ya lo sabía, que él es el tonto por creer que se esconde y que a ella solo le importa vivir bien y mantener las formas. Que ella es la mujer y la otra una golfa más. Estoy en shock. No doy crédito a tanta podredumbre.
Me incorporé en el sofá de golpe, apretando los dientes. Me entraron unos celos retroactivos y una rabia negra al pensar en la bruja de su madre viniendo a pisotearla, pero lo que más me jodió fue el asco que debía de estar sintiendo Valeria al ver las tripas de su perfecta familia. Le respondí rápido, intentando frenar el torbellino que tendría en la cabeza.
**Rafael:** *Menuda panda de hipócritas están hechos. Vaya tela con la señora. No te comas la cabeza con eso, Valeria. Tú no eres como ellos ni tienes la culpa de la mierda de matrimonio que tengan montado por el dinero o las apariencias. Qué les den por el culo a los dos.
No pasaron ni dos minutos cuando el teléfono volvió a pitar. Valeria seguía escribiendo, desahogándose conmigo como no podía hacerlo con nadie más.
**Valeria:** *Es que me ha hecho pensar mucho en nosotros. Al final, ella tenía razón en que lo nuestro no ha acabado bien, pero me he puesto a comparar el amor de mis padres con el nuestro... y te juro que gana el nuestro por goleada. Lo de ellos es una farsa muerta, pura conveniencia y asco. Lo nuestro, aunque nos hayamos hecho daño y hayamos saltado por los aires, al menos era real. Nos queríamos de verdad, de una forma salvaje y limpia, no por el bando de fotos de cara a la galería. Prefiero haberme roto el corazón contigo mil veces antes que vivir la miseria que vive ella.
Leyendo eso se me hizo un nudo tremendo en la garganta. Se me saltaron las lágrimas y tuve que tragar saliva para no romper a llorar como un crío en mitad del salón. Me daban ganas de coger la moto, plantarme en su piso, tirarle la puerta abajo otra vez y no soltarla nunca. Sabía que tenía toda la puta razón. Lo nuestro quemaba, pero era de verdad.
Antes de que pudiera teclear nada, entró el último mensaje.
**Valeria:** *En fin, siento darte la chapa con mis movidas familiares ahora que lo hemos dejado. Pero la verdad es que eres el único con quien puedo hablar así, el único que me conoce de verdad. Solo quería soltarlo. Espero que todo te vaya bien, Rafael, y que algún día, cuando todo esto pase, podamos ser amigos. Un beso.*
Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó, con las palabras de Valeria flotando en la penumbra del salón. «Amigos». Esa maldita palabra me quemaba los dedos. No quería ser su amigo, quería ser su hombre, pero recordar las palabras de mi padre sobre mantener la palabra dada y no volverla loca me frenó en seco. Dejé el móvil sobre la mesa, me tapé la cara con las manos y me quedé allí, solo, maldiciendo mi orgullo y sabiendo que en dos semanas, en el cumpleaños de Vera, tenerla cerca y pretender que no me moría por besarla iba a ser el peor castigo de mi vida.
Dos días después del mensaje de Valeria, la cabeza me seguía dando vueltas, así que cuando los chavales me dijeron de ir a comer al chiringuito de siempre, el que está a pie de playa, no lo dudé. Necesitaba ruido, olor a mar y cerveza fría para apagar el runrún que llevaba dentro.
Durante la comida, noté rápido que mis amigos hacían un voto de silencio absoluto respecto al tema de Valeria. Nadie mencionó su nombre, ni el viaje, ni la cagada que había cometido al dejarla ir. Se limitaban a hablar de fútbol, de coches y de las tonterías del desguace. En el fondo se lo agradecía de corazón; no tenía el cuerpo para más sermones ni para que me recordaran lo tonto que había sido.
Terminamos de comer y pedimos unas copas para alargar la tarde. Estábamos allí sentados, con el sol pegando fuerte y el barullo de la playa de fondo, cuando de repente el mundo se me paró en seco.
Por el paseo de madera que pasaba justo al lado del chiringuito, vi a alguien caminar hacia la arena. Era ella. Llevaba un mini biquini que le quedaba de infarto, dejando al aire esa piel que yo me conocía de memoria, y caminaba con una soltura que me cortó la respiración. Pero lo que me hizo dar un salto por dentro fue ver que no iba sola: caminaba al lado de un chico.
Me puse en guardia al instante. Sentí un latigazo de pura adrenalina en el estómago, los músculos se me tensaron como cuerdas de guitarra y apreté el vaso de tubo con tanta fuerza que por poco lo reviento en la mano. La rabia negra de los celos me subió a los ojos en un segundo.
Dani, que estaba sentado enfrente y no se perdía una, me vio la cara de psicópata, siguió mi mirada hacia el paseo y enseguida me puso una mano en el brazo para frenarme.
—Eh, eh, Rafael, relaja. Calma, tío —me dijo en un susurro, intentando que los demás no se dieran cuenta—. Mira bien. Lucía también está allí con ellos, ¿la ves? Va un poco más atrás con las toallas.
Afiné la vista y, efectivamente, la novia de Dani aparecía por el camino junto con más personas.
—Ese chico es de la pandilla de ellas, de los que vienen aquí en verano de vacaciones de siempre —añadió Dani, dándome un toque—. No busques donde no hay, es un colega de toda la vida.
Daba igual lo que me dijera Dani. Daba igual que fuera un amigo de la infancia o el mismísimo Papa de Roma. A partir de ese momento, fui incapaz de quitar los ojos de allí. Me quedé clavado en la silla, con la copa olvidada en la mesa, devorando la escena con la mirada.
Verla reírse con ganas, echando la cabeza hacia atrás mientras el tío le decía algo al oído, verla tan relajada, tan libre y tan feliz con otra persona... joder, era como si me clavaran un puñal oxidado directamente en el corazón. Me quemaba la sangre ver que su vida seguía adelante, que podía sonreír lejos de mí, mientras yo estaba allí hundido en la barra de un chiringuito, pagando el precio de mi propio orgullo y sabiendo que, por mucho que me muriera de celos, ya no tenía ningún derecho a ir a reclamarle nada.
La vi separarse del grupo y caminar sobre la arena en dirección a la barra exterior del chiringuito, la que daba directo a la playa. Iba a por una copa. En ese mismo instante, los ojos se me encendieron y el cuerpo me pidió moverme. No podía quedarme allí sentado viendo cómo se me escapaba a unos metros.
—Ahora vuelvo —les solté a los chavales, levantándome de la silla antes de que Dani pudiera siquiera abrir la boca para retenerme.
Rodeé las mesas del interior y salí a la terraza exterior, forzando el paso para que pareciera una puta casualidad, como si simplemente hubiera salido a estirar las piernas o a pedir otra ronda. Me apoyé en la barra de madera, justo al lado de donde ella esperaba a que el camarero le sirviera.
—Hombre, Valeria. Qué tal —le dije, intentando que la voz me sonara lo más natural y tranquila posible, aunque por dentro el corazón me iba a mil por hora al tenerla a un palmo, oliendo a playa y a crema del sol.
Ella dio un pequeño respingo, sorprendida, y se giró a mirarme. Al ver que era yo, sus ojos se entornaron un segundo, pero enseguida relajó el gesto. Me sostuvo la mirada con esa madurez que me daba mil vueltas.
—Hola, Rafael —me respondió, esbozando una sonrisa ligera, de esas que ya no quemaban pero que dolían igual—. Bien... O tranquila, al menos. Que ya es bastante. ¿Y tú qué tal?
—Bueno, tirando. Ahí dentro estoy con los de siempre, echando la tarde —contesté, rascándome la nuca, sintiéndome de repente el tío más torpe del mundo—. Te... te vi el otro día los mensajes. Siento mucho lo de tu madre, de verdad. Menudo panorama.
—Ya, bueno... Es lo que hay. Al menos ahora las cartas están sobre la mesa y sé a qué atenerme —dijo ella, recogiendo el mojito que el camarero le acababa de poner en la barra—. Pero prefiero no pensar en eso hoy. He venido a desconectar un rato.
Nos quedamos hablando un par de minutos de puras tonterías: del calor que hacía, del agobio de gente que había ya en la playa y de que el verano estaba entrando fuerte. Era una conversación extraña, calmada, sin los gritos ni la tensión sexual de antes, pero con un muro invisible que yo mismo había construido y que ahora no sabía cómo romper. Yo no dejaba de mirarle los ojos, buscándole un brillo, una señal, lo que fuera que me dijera que me echaba de menos tanto como yo a ella, pero Valeria se mantenía firme, serena.
Entonces, el chico de la playa le hizo una señal desde la orilla, levantando la mano. Valeria miró hacia allá, asintió y volvió a centrar sus ojos en mí, dándole un sorbo a su copa.
—Bueno, me vuelvo con ellos, que me están esperando —se despidió, dando un paso atrás con total naturalidad—. Me alegro de verte bien, Rafael. Que lo paséis muy bien esta tarde, chicos.
—Igualmente, Valeria. Pásalo bien —atiné a decirle, con la garganta completamente seca.
La vi darse la vuelta y caminar de regreso por la arena, moviendo las caderas con esa gracia que me volvía loco, hasta llegar a su toalla y sentarse al lado del grupito. Me quedé allí apoyado, con el vaso vacío en la mano y una sensación de soledad tremenda, viendo cómo se alejaba la única mujer que de verdad me había hecho sentir vivo, y dándome cuenta de que cumplir mi promesa de dejarla en paz iba a ser el puto infierno.
Valeria



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En el texto hay: sexo, razas, kinkis

Editado: 26.05.2026

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