Rafael
El jardín de la finca donde celebramos los dieciocho de Vera parecía la puta alfombra roja de los Oscar. Había música en directo, luces colgando de los árboles y un despliegue de comida y bebida que dejaba claro que mi padre quería tirar la casa por la ventana. Vera iba de un lado a otro como una reina, radiante, y no paraba de presentar a sus amigos, aunque el que no se le despegaba ni un segundo era un chico alto, de melena cuidada y pinta de pijo de ciudad que, según ella, la traía completamente loca.
Yo estaba en un corrillo con mis padres, con una copa en la mano y la mirada perdida en la entrada principal, sintiendo que me faltaba el aire. No era por la gente, era por ella. Sabía que iba a venir.
De pronto, el murmullo de la fiesta cambió de tono, como si alguien hubiera bajado el volumen de la música. La vi entrar.
El tiempo se detuvo. Valeria cruzó el umbral del local y todo lo demás —los camareros, la música, mi padre hablando de negocios— se borró por completo. Iba guapa no, lo siguiente; iba espectacular. Llevaba un vestido ajustado de seda color esmeralda que le caía por el cuerpo como si fuera una segunda piel, con una abertura lateral que dejaba ver la pierna entera cada vez que daba un paso, y un escote a la espalda que llegaba hasta el límite de lo prohibido. Era un vestido erótico, elegante y salvaje al mismo tiempo. Se movía con una seguridad que me golpeó en el estómago.
A mi lado, mi madre, Alma, soltó una sonrisita de satisfacción mientras se daba un trago a su copa y se giraba hacia las otras señoras del grupo.
—Fijaos qué maravilla —dijo mi madre en voz baja, con un orgullo que me sorprendió—. Ese vestido lo elegí yo para ella. Sabía perfectamente que le iba a quedar como un guante. Valeria tiene un tipo privilegiado.
Valeria venía directo hacia nuestro corrillo, con la mirada fija en Vera, pero su trayectoria la obligaba a pasar por delante de nosotros.
Se detuvo frente al grupo. La vi más de cerca: el perfume, ese aroma a vainilla y algo más que me volvía loco, me envolvió nada más acercarse. Empezó a repartir besos por orden, con una elegancia que me descolocaba. Saludó a mi padre, luego a mi madre con una cortesía fría, y cuando llegó a mí, el mundo se quedó en silencio.
—Hola, Rafael —dijo, mirándome a los ojos.
Me dio los dos besos. Sentir sus labios rozándome la mejilla, suaves y frescos, fue como recibir una descarga eléctrica de alto voltaje. Por un segundo, sus manos se posaron en mis brazos mientras se separaba, y noté cómo me quemaban a través de la camisa. Ella mantuvo la calma, sin pestañear, mientras yo, por dentro, intentaba desesperadamente que mi cuerpo no me traicionara y que mi pulso, que iba a mil por hora, no se notara en la cara.
—Estás... muy guapa, Valeria —logré articular, con la voz algo más ronca de lo que pretendía.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a alcanzar sus ojos, y se giró hacia mi hermana sin decir nada más, dejándome allí plantado con el corazón latiéndome en la garganta como si fuera a salirse.
La vi alejarse hacia donde estaba Vera, que la agarró del brazo como si fuera su mayor trofeo de la noche y empezó a arrastrarla de un lado a otro. Mi hermana estaba desatada, presentándole a Valeria a demasiados chicos, a cada cual con una pinta de pijo más insoportable que el anterior. Yo no le quitaba el ojo de encima; la veía sonreír por compromiso, moverse entre la multitud con ese vestido esmeralda que quitaba el hipo, y sentía que me pinchaba el pecho cada vez que un imbécil se le acercaba más de la cuenta.
En esas estábamos cuando vi llegar a Lucía y a Dani por el camino principal. Dani, en cuanto me vio la cara de pocos amigos, se desvió del camino y se vino directo hacia mí, dándome un palmadita en el hombro.
—Vaya tela cómo está el patio, hermano —me dijo Dani en voz baja, pidiendo un tercio de cerveza al camarero que pasaba—. Vengo preparado para el drama.
Lucía, por su parte, pasó por nuestro lado, me lanzó una mirada de reojo que leía perfectamente como un «te aguantas», me dio un beso rápido en la mejilla por pura cortesía y se fue directa a unirse al grupo de las chicas. En cuanto llegó al lado de Valeria, le dijo algo al oído y las dos miraron hacia donde yo estaba. Disimulé como pude, dándole un trago largo a mi copa.
Fue entonces cuando la cosa se empezó a torcer por dentro.
Uno de los amigos que había traído el novio de mi hermana, un tío que se notaba que era algo más mayor que Vera y los de su quinta, se plantó delante de Valeria. Tenía una copa en la mano, una sonrisita de suficiencia que me revolvió el estómago y una insistencia que me empezó a calentar la sangre.
El tío se le acercaba demasiado, invadiendo su espacio, inclinándose para hablarle al oído por encima de la música. Valeria, que es una señora de los pies a la cabeza, mantenía las formas, pero se notaba a la legua que estaba incómoda. Daba medio paso atrás, cruzaba los brazos, miraba a Lucía buscando cobertura y le daba largas con respuestas cortas y sonrisas forzadas. Pero el gilipollas no pillaba las señales, o directamente le daban igual, porque volvió a dar un paso hacia delante, acortando la distancia y llegando a ponerle una mano cerca de la cintura mientras le decía vete a saber qué.
Sentí un latigazo de pura adrenalina negra en las venas. Apreté el vaso de tubo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos y di un paso al frente de manera instintiva, con el cuerpo en tensión, listo para arrancar.
—Eh, eh, Rafael, frena —me soltó Dani, agarrándome del brazo con fuerza para retenerme—. Que te conozco. No la líes hoy, que es el cumpleaños de tu hermana y tu padre te está mirando desde la otra mesa. Calma.
—Ese imbécil se está pasando de listo, Dani —mascullé entre dientes, sin quitarle los ojos de encima al tío—. Le está faltando al respeto y ella le está dando largas. Como la toque un poco más, voy y le reviento los dientes allí mismo, me la suda mi padre y la fiesta.