Rafael
La tensión acumulada durante semanas estalló en un segundo, transformándose en una corriente eléctrica que me nubló el juicio por completo. Tenerla ahí, pegada a mí en la penumbra, desafiándome con la mirada mientras su respiración entrecortada me golpeaba el cuello, me volvió loco. La combinación de su perfume, el calor que desprendía su piel desnuda y la visión de ese vestido esmeralda que parecía esculpido sobre sus curvas me borró cualquier rastro de cordura. Mandé las promesas de mi padre, mi orgullo y la prudencia a tomar por el culo.
—No puedo más, Valeria. Te juro que no puedo más —le solté con la voz rota, áspera por el deseo contenido.
La agarré por la nuca, enredando mis dedos en su pelo, y la besé con una fuerza brutal. Fue un beso desesperado, hambriento, de los que muerden y reclaman. Valeria soltó un jadeo de sorpresa que aproveché para meter la lengua, saboreándola con una necesidad salvaje, devorando su boca mientras ella respondía al instante, aferrándose a mis hombros con una rabia idéntica a la mía.
Sin romper el beso, la empujé con urgencia hacia la zona más oscura del jardín, apartándonos de los caminos iluminados. Nos movimos a ciegas entre las sombras hasta que tropezamos con unos bancos de madera ocultos detrás de unos setos altos y frondosos. La tumbé sobre la madera fría, colocándome de inmediato entre sus piernas.
Valeria me puso las manos en el pecho, intentando detener el vendaval, aunque sus dedos se clavaban en mi camisa con debilidad.
—Rafael, para... dios, aquí no... nos van a oír —susurró contra mis labios, pero su cuerpo entero estaba arqueado hacia el mío, traicionando sus palabras.
—Me da igual, Valeria. Me da absolutamente igual —gruñí, completamente desbocado.
Ya no podía parar; el hambre de tantas semanas sin tocar el cielo con ella me había cegado. Deslicé mis manos por sus muslos, sintiendo la suavidad de su piel, y agarré la seda esmeralda del vestido para subirla con brusquedad hasta su cintura. La visión de sus caderas desnudas bajo la luz de la luna me encendió la sangre aún más. Me bajé los pantalones con torpeza y urgencia, liberando mi erección, que pulsaba de dolor por la necesidad de estar dentro de ella.
Me arrodillé en el borde del banco, la cogí por los muslos para abrirle bien las piernas y me incliné hacia delante. Al sentir mi humedad contra su centro, Valeria soltó un gemido ahogado. No esperé. Agarré sus caderas con fuerza y la empalé de un solo golpe, hundiéndome en ella hasta la raíz.
—¡Ahhh...! —Valeria echó la cabeza hacia atrás, clavando las uñas en mis brazos mientras sus ojos se ponían en blanco. El impacto de mi entrada la hizo temblar entera.
El espacio estaba tan jodidamente estrecho y ella estaba tan increíblemente estrecha y caliente que sentí que se me saltaban las lágrimas del placer. Era un castigo y un premio a la vez.
—Joder, Valeria... qué estrecha estás, me cago en la puta, cómo quemas —le rugí al oído, perdiendo el control del ritmo desde la primera embestida.
Empecé a moverme con una fuerza salvaje, sacándola casi por completo para volver a hundirme con rabia, buscando el fondo de su cuerpo. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando empezó a resonar en la penumbra. Valeria ya no podía contenerse; empezó a gemir fuerte, muy fuerte, soltando gritos agudos que me obligaron a taparle la boca con la mano por el pánico a que nos oyeran desde la fiesta, aunque el ruido de la música lejana tapaba nuestra locura.
Eran demasiados días de abstinencia, demasiada rabia y deseo acumulados en las venas. Cada vez que la embestía, ella subía las caderas buscando más profundidad, envolviéndome con el calor de sus paredes. El vestido esmeralda arrugado a su cintura, sus piernas envueltas alrededor de mi espalda y el sudor empezando a brillar en nuestras pieles convirtieron el banco en un altar de puro sexo salvaje.
—Más, Rafael... joder, más —me suplicó entre dientes cuando le quité la mano de la boca, con los ojos empañados en lágrimas de puro placer, completamente ida.
Aumenté la velocidad, transformando el acto en algo frenético y violento. La madera del banco crujía bajo nuestro peso, pero ninguno de los dos prestaba atención. La fricción era tan intensa que sentía que iba a estallar en cualquier momento. Subí una de sus piernas a mi hombro para cambiar el ángulo, entrando aún más profundo, golpeando su cuello uterino hasta hacerla delirar.
Llegando al límite del abismo, Valeria tensó todos los músculos de su cuerpo. Sus ojos se abrieron de golpe y soltó un grito desgarrador contra mi cuello al alcanzar un orgasmo brutal que la hizo convulsionar. Las paredes de su vagina empezaron a contraerse en oleadas salvajes, apretándome, exprimiéndome con una fuerza tan descomunal que destrozó toda mi resistencia.
Sentí el latigazo desde la base de la espalda. Solté un gruñido sordo, casi un rugido de dolor y placer, y me vine dentro de ella con una violencia que me dejó sin aire, vaciándome en chorros profundos mientras la aplastaba contra la madera. Nos quedamos allí parados, temblando, unidos por el sexo y la respiración rota, cayendo con fuerza en el mismo barro del que tanto intentábamos escapar, pero sabiendo que ninguno de los dos quería salir de allí.
El silencio de la noche nos cayó encima de golpe, roto solo por nuestras respiraciones agitadas y el bum-bum lejano de los bafles de la fiesta. Todavía con el corazón golpeándome las costillas, me aparté despacio. Valeria no perdió ni un segundo. Se incorporó en el banco de madera y, con las manos temblorosas pero decidida, empezó a bajarse la seda del vestido esmeralda y a colocarse la ropa interior.
Se recolocó el pelo con un par de gestos rápidos, exhalando un suspiro largo para recuperar el aliento. Me miró en la penumbra, intentando forzar una sonrisa de circunstancias que me pareció la cosa más artificial del mundo.
—Tranquilo, Rafael... —me dijo en un susurro, con una voz extrañamente calmada que me heló la sangre—. Nadie se va a enterar de esto. Volvemos por separado y aquí no ha pasado nada.
Esas palabras me sentaron como una patada en el estómago. Una rabia negra, hirviente, me subió por el pecho, enfurecido con ella por tomárselo con esa frialdad, pero sobre todo conmigo mismo. Con mi puto orgullo de las últimas semanas. Me di cuenta de que, por ir de duro y por haberla dejado ir jugando a ser el maduro de la película, le había hecho creer que esto, que lo que acabábamos de hacer con el alma en un puño, era solo sexo. Una vía de escape barata para quitarse las ganas.
Me subí los pantalones de golpe y me planté frente a ella, cortándole el paso antes de que pudiera salir del recoveco de los setos. La agarré suavemente del brazo, obligándola a mirarme. Mi voz sonó tajante, despojada de toda la chulería de siempre, hablándole directamente desde el corazón.
—¿Que nadie se va a enterar? ¿Te crees que esto lo he hecho para esconderme, Valeria? —le solté, con los ojos clavados en los suyos—. No me jodas. No me mires como si acogiéramos una cana al aire en un callejón. Me estoy muriendo por ti desde el día que salí por tu puerta. He entrado en este jardín y te juro que me importaba una mierda la fiesta, mi padre y todo el mundo; solo tenía ojos para ti. Si te he tocado así, si te he buscado, no ha sido por follar, joder. Ha sido porque no puedo respirar si no te tengo cerca. Porque te amo y me estoy volviendo loco.
Valeria se quedó quieta, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos, brillando por las lágrimas contenidas bajo la luz de la luna. Vi cómo tragaba saliva, cómo su armadura de porcelana se agrietaba por un segundo ante lo que le acababa de soltar. Pero miró de reojo hacia las luces del jardín principal y volvió a levantar el muro, aunque esta vez con la voz rota.
—No, Rafael... No es el momento —me cortó, poniendo una mano en mi pecho para mantener la distancia, aunque no me empujó—. Hoy no. Hoy es el día de Vera, es su mayoría de edad y nos están esperando ahí fuera. No podemos arreglar nuestras vidas en mitad de un jardín mientras tu familia celebra el cumpleaños de tu hermana.
Se soltó de mi agarre con delicadeza, se alisó el vestido esmeralda por última vez y me dio una mirada cargada de una tristeza infinita.
—Camina un poco, despejate y entra dentro de diez minutos. Por favor —añadió en un susurro antes de darse la vuelta y desaparecer entre las sombras, dejándome solo en mitad de la oscuridad con las tripas revueltas y la puta verdad quemándome la boca.