Rafael
El motor del Alfa Romeo de alquiler todavía crujía por el calor del viaje cuando cerramos la puerta de la villa de piedra que habíamos alquilado en mitad de la Toscana. No nos hacía falta mirar el dinero; mi familia manejaba billetes de sobra gracias al taller de compraventa de vehículos de lujo que llevaba con mi padre, y yo tenía mi propio colchón bien cubierto. Valeria, aunque seguía empeñada en ser la encargada de la boutique del centro por puro orgullo y porque le encantaba el mundillo, tampoco tenía que preocuparse por las facturas. Nos habíamos tomado estas vacaciones simplemente porque queríamos desaparecer. Nos merecíamos Italia. Pero, sobre todo, nos merecíamos un espacio donde el mundo, las familias y las exigencias de nuestros apellidos no pudieran tocarnos.
La luz dorada del atardecer italiano entra a raudales por los ventanales porticados, tiñendo las paredes rústicas de un color fuego que encaja perfectamente con lo que me quema por dentro. Valeria se ha acercado a la gran cama con dosel, de espaldas a mí, mirando hacia los viñedos que se extienden hasta el horizonte. Lleva un vestido de lino blanco, corto y ligero, que deja al descubierto sus piernas bronceadas y la línea perfecta de su espalda.
Me acerco sin hacer ruido, como aquella noche en el jardín de mi padre, pero esta vez no hay fantasmas entre nosotros. Solo un hambre voraz que la comodidad y la rutina compartida no han hecho más que acrecentar.
La atrapo por detrás, pegando mi pecho a su espalda, y la envuelvo con mis brazos. Valeria suelta un jadeo del que me alimento, echando la cabeza hacia atrás para buscar mi boca. La beso con una urgencia salvaje, una de esas embestidas con los labios que le recuerdan quién manda en su cuerpo. Mis manos, grandes y firmes, no tardan en perder la paciencia con la ropa. Agarro el lino blanco desde el dobladillo y lo subo de un tirón, desgarrando un poco la costura del hombro en el proceso. Me da igual.
—Rafael... —gime contra mis labios, con esa voz rota que me pone a mil revoluciones.
—Cállate, Valeria. Llevo mil kilómetros deseando hacerte esto —le gruño al oído mientras la giro de golpe y la empujo contra el colchón.
Me deshazgo de mi ropa con una torpeza ciega, espoleado por la visión de su cuerpo desnudo sobre las sábanas de hilo blanco. Tiene la piel dorada por el sol mediterráneo y los ojos oscuros, cargados de una fijeza que me desafía, que me pide guerra. Me coloco entre sus muslos, agarrando sus piernas para abrirlas de par en par y subirlas a mis hombros. No quiero preámbulos, ni delicadezas; queremos el impacto, el fuego directo que nos define.
Sujeto mis manos a sus caderas, clavándole los dedos en la carne, y me hundo en ella de un solo golpe, brutal y limpio.
—¡Dios, Rafael! —el grito de Valeria rebota en las vigas de madera del techo. Arquea la espalda de forma violenta, enterrando las uñas en mis brazos mientras sus paredes calientes se cierran en torno a mi erección como una prensa de fundición.
Está tan estrecha, tan sumamente mojada y ardiente por el calor del viaje que suelto un taco entre dientes, perdiendo los papeles desde la primera embestida. Empiezo a moverme con una fuerza implacable, un ritmo frenético que hace que la pesada cama de madera cruja contra el suelo de terracota. No hay suavidad en cómo la poseo, es una entrega salvaje, un choque de trenes donde nos vaciamos la rabia, el amor y la vida entera.
El eco de nuestros cuerpos impactando y sus gemidos desbocados inundan la habitación. Valeria ya no se esconde, no hay setos tras los que ocultarse ni música que tape su placer; grita mi nombre con una devoción que me hace sentir el rey del puto mundo. Sube las caderas para buscar el fondo de cada embestida, devorándome, exprimiéndome, obligándome a rozar el límite de la cordura en cada recorrido.
—Más, muérdeme, no pares... —delira ella, con la mirada perdida en el techo, completamente ida por el placer físico que le estoy metiendo.
La giro de golpe, poniéndola a cuatro patas sobre el colchón, buscando un ángulo aún más profundo. Le agarro el pelo con una mano para levantarle el rostro y, mirándola a través del espejo antiguo de la pared, la empalo desde atrás con una violencia posesiva. Ver su rostro desencajado por el orgasmo inminente, sus pechos bamboleándose y el contraste de mis manos contra su piel de porcelana me destroza la poca resistencia que me quedaba.
Aumento la velocidad hasta volver el acto algo salvaje y primario. Valeria colapsa primero. Su cuerpo entero se tensa, suelta un grito desgarrador que se ahoga en la almohada y su interior empieza a contraerse en unas oleadas brutales, espasmódicas, que me succionan hasta la médula.
Sentí el latigazo letal en la base de la columna. Agarré sus caderas con una fuerza que sabía que le dejaría marca y me vine dentro de ella con un rugido sordo, vaciándome en chorros profundos y ardientes, sintiendo cómo nos fundíamos en un solo ser en mitad de aquella tierra extraña.
Nos dejamos caer de lado sobre las sábanas revueltas, sudorosos, con el corazón queriendo salirse del pecho y las respiraciones rotas cortando el silencio del atardecer. La luz del sol italiano terminó de esconderse, dejándonos en una penumbra azulada y pacífica.
Le pasé el brazo por encima de la cintura, atrayéndola hacia mí, y le besé el hombro húmedo. Valeria se giró despacio, me miró con esos ojos que eran mi único hogar y sonrió, entrelazando sus dedos con los míos. Habíamos tenido el dinero, los coches y las comodidades, pero nada de eso compraba la verdad que teníamos aquí dentro. Habíamos peleado contra todo y contra nosotros mismos, pero allí, con el sabor de su cuerpo en mi boca y el horizonte de la Toscana de fondo, supe que nuestro amor era salvaje, indomable y eterno. Habíamos ganado la partida.