Hay belleza en las cenizas de un corazón que ardió por lo que amaba.
— Ron Israel
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Sus pequeños pies caminaban despacio por el interminable pasillo de lo que parecía ser un antiguo templo. La luz se iba apagando a medida que avanzaba hacia la oscuridad. Ella la llamaba.
—Ven, pequeña. No tengas miedo —susurró.
Levantó su mano tratando de alcanzarla; un tintineo se escuchó desde la oscuridad. No vio nada, pero el sonido hizo que su piel se erizara. Lo que se encontraba más allá estaba atado, condenado y débil. Quería que la liberara de su sufrimiento.
—Libérame, pequeña, y yo te serviré hasta que mueras. Nadie podrá tocarte nunca más —murmuró desde la oscuridad.
Un grito la hizo retroceder. Podía sentir una magia poderosa y antigua creciendo. Su cuerpo temblaba y su corazón latía con rapidez.
—Izbeth.
Escuchó su nombre ser susurrado mientras corría sin mirar atrás. Algo la perseguía. No sabía qué era, pero podía sentir que, si la alcanzaba, jamás volvería a despertar.
—¡Izbeth! —Se despertó mirando el rostro de su madre; sus manos se aferraban a las sábanas.
—No te preocupes, princesa, solo es otra pesadilla. —La reina peinó el cabello de su pequeña mientras la atraía a su pecho; su cuerpo temblaba sin poder controlarlo.
Las pesadillas eran cada vez más frecuentes. Cada noche, la marca en la mano de Izbeth parecía brillar un poco más. Karleen la observaba en silencio, negándose a aceptar lo que significaba. Solo imaginarlo le helaba la sangre.
Si llegaran a descubrir su naturaleza, ella moriría. Ellos no la aceptarían.
—¿Qué me pasa, mamá? ¿Soy un monstruo?
—¿De dónde sacas eso, Izbeth?
—Ravenna ya no me quiere porque soy diferente. —Lágrimas se deslizaban por sus mejillas.— Tú también vas a dejarme, mamá. Tengo miedo; el mundo es malo. Soy un monstruo.
—Yo nunca te dejaría, pequeña. Aun después de mi muerte, yo siempre estaré para ti. —Besó su frente con cariño, sintiendo un nudo en la garganta.— Voy a contarte una historia para que puedas dormir.
»Hace mucho tiempo, Eldrath vivía unido en armonía y amor. Puros y oscuros convivían entre sí. El rey Plate gobernaba ambas naturalezas con justicia. Pero un día, la princesa se enamoró de un ser diferente a ella.
—¿Por qué se enamoraría de alguien diferente a ella? —preguntó su pequeña con el ceño fruncido.
—No lo sé. El amor es complicado —explicó la reina.— A ella no le importó que él fuera diferente y, aunque su padre se opuso, ella seguía viéndolo a escondidas. Un día escapó con él, renunciando a su naturaleza.
—¿Abandonó a su padre? ¿A su reino? —preguntó la pequeña, confundida.
—Así es, pequeña. Ella amaba a su padre, pero ya no pertenecía a los suyos; su corazón era del oscuro. Ese era su lugar.
—Yo nunca me enamoraría de un oscuro —interrumpió con una mueca.
La reina sonrió, acariciando sus rizos.
—Su padre se enteró y la buscó cielo y tierra hasta que la encontró, pero ella ya no era la misma. —Continuó la historia.— Consumido por el dolor, decidió separar la luz de la oscuridad, condenando a las criaturas oscuras al dolor y al sufrimiento.
—Eso no es justo. ¿Qué pasó con el oscuro? —preguntó Izbeth, molesta.
—El rey lo mató por corromper a su hija, ya que ella se había entregado a la oscuridad por amor. Eso es lo que cuentan en los libros: que la oscuridad termina destruyendo incluso aquello que ama.
—Pero ellos no tenían la culpa de nada. Solo son diferentes —replicó la pequeña, molesta.— Pero si ellos se amaban... ¿por qué él era un monstruo?
La reina Karleen guardó silencio. Durante unos segundos pareció debatirse entre decir la verdad o repetir aquello que le habían enseñado toda la vida.
—No te acerques a los oscuros, Izbeth. Ellos únicamente lastiman y destruyen. Eso dicen los libros... que los oscuros solo traen destrucción. —advirtió la reina antes de que la pequeña se durmiera. Miró a su hija y le dedicó una bonita sonrisa.
—Lamento no darte un reino más fuerte. Fue mi responsabilidad y no la cumplí. Lucha, Izbeth; sigue viviendo y no te rindas. —Acarició su cabello castaño. Ella sabía que Izbeth no lo entendería.— Sé fuerte; busca el Asterion. Ellos tienen la respuesta. Búscala y vivirás. Lucha, mi pequeña.
»Vive, Izbeth. Ama sin miedo. Sonríe cuando puedas. Llora cuando lo necesites. Y cuando intenten arrancarte las alas, recuerda que naciste para muchas cosas grandes. Porque tú serás más de lo que yo fui.
Esa noche, la reina lloró sin detenerse mientras abrazaba a su hija. La manga del vestido se deslizó apenas unos centímetros y una marca azul brilló sobre la mano de Izbeth antes de ocultarse otra vez bajo la tela.
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—Debemos hablar. Es urgente.
El consejero del rey se acercó cuando ella estuvo sola en una de las salas del palacio.
Miró sus ojos con temor. La maldad se acercaba sobre su pequeña y no podría evitarlo. No quedaba tiempo. Ella no sobreviviría sin ayuda.
—Lo sé. Solo tengo miedo —admitió en un murmullo. Su hija solo tenía siete años y ya estaba condenada al sufrimiento.
—Ojalá pudiera decir que todo estará bien, pero no es así, reina Karleen. —Suspiró con pesadez el consejero, sabiendo que ese monstruo no merecía consideración.— Me temo que usted sabe lo que pasa con su hija. No queda tiempo. El rey lo sabe y vendrá por usted. —Bajó la mirada.
—Si el rey llegara a saberlo por usted... quizá lo vería como una bendición para el reino.
Karleen lo miró sorprendida y luego negó. Era su culpa. Su hija había heredado su maldición, aquella magia que entre los seres de la luz se consideraba una aberración y que se castigaba con la muerte.
—No hay bendición alguna en esto, Abban. Solo una condena.
—Es una excelente madre y una excelente reina —la consoló Abban.— ¿Qué vamos a hacer, majestad?