Oscuridad (+16)

«¡Déjame salir!»

Anuncio mi nacimiento con una profunda y brusca bocanada de aire, seguido por un grito que escala por mi garganta hasta escapar de mis entrañas y resuena en un incesante eco contra las paredes de concreto.

Mi pecho sube y baja al ritmo de mi respiración, agitada e irregular.

Escudriño los alrededores de la oscuridad que me mantiene cautiva. No estoy segura de si el velo del sueño es el que nubla mis ojos, o existe una cortina de humo que esconde todo aquello que compone la habitación, o… Rápidamente me toco la cara con la yema de los dedos. Expreso mi alivio con un suspiro tras sentir que, detrás de mis párpados, se encuentran dos pequeños orbes.

De pronto, una intensa aflicción arde en mi interior y ordena a mis dedos arañar el suelo y devolver las entrañas, que resbalan de mi vientre…

No hay intestinos ni órganos que regresar.

Presiono las manos contra mi abdomen y palmeo, en búsqueda de esa herida. Nada. No hay ni un sólo corte en el corset del vestido ni sangre que dé color a mi pálida piel.

Entonces, ¿por qué siento como si innumerables manos invasoras me hubiesen profanado?

Cuando me acostumbro a la penumbra, distingo una sombra humana, de pie, a un par de metros desde donde estoy, con una mano levantada a la altura de su pecho y haciéndome una seña con el dedo índice, antes de desaparecer.

¿Debería seguirlo?

¡No!

¿Por qué lo haría?

Antes de que tome una decisión, me percato demasiado tarde de que he perdido por completo el control de mi cuerpo: Las manos se apoyan en suelo y las fuerzas pasan por mis brazos, flexiono las piernas y recuesto la espalda contra una fría y húmeda pared cuando consigo levantarme. Las palmas escogen como guía el muro de piedra y los pies procuran no caer en un agujero que me haga perder el equilibrio.

¿Por qué este lugar está envuelto en una densa oscuridad? Me recuerda a aquellas historias de terror que solía leerme mi madre, antes de despedirse con un beso en la frente y desearme dulces sueños; en algunas, el antagonista aprovecha su entorno para camuflar con astucia las amenazas que acecharán al protagonista a lo largo del viaje y…

Mi mano choca contra una puerta de madera. Sin dudar un solo segundo, giro el picaporte en cuanto mis dedos lo capturan y la abro. Con la otra mano, protejo mis ojos del resplandor de una vela, que alumbra como puedo la sala.

Reconozco que no he sido inteligente al momento de salir corriendo hacia el escritorio para adueñarme de esa luz sujetando el mango de la plateada palmatoria. Pudo haberse tratado de una trampa. Sin embargo, gracias a esa impulsividad, tengo una ligera idea de mi posición actual.

Hay documentos desparramados tanto en el escritorio como en el piso de madera. Los libros, que deberían estar guardados en su respectiva letra del abecedario tallada en el librero, están abiertos y algunos maltratados, con las páginas descosidas y despedazadas. La tinta negra estropea los papeles que tiene cerca, y la pluma no se la ve por ninguna parte. ¿Alguien más estuvo aquí? De ser así, ¿habrá estado buscando algo con mucha prisa como para justificar semejante desorden? Recojo al azar un manuscrito que esté intacto sobre el escritorio y acerco el haz de la vela para comenzar una lectura rápida.

19 de diciembre, 1889

Si pudiera plasmar en esta carta mis fracasos, doy por sentado que tu primera reacción será descuartizarla y alimentar el fuego de tu chimenea con los restos. No, no eres así. Eres la clase de persona que, en cuanto lee el nombre de su hijo, no se molestaría en recibirla.

¡¿POR QUÉ NO TE MUERES, VIEJA HARPÍA?!

Amada madre,

Ha pasado tiempo de la última vez que recibí una carta tuya. Todas las noches rezo porque estés bajo tierra y comida por los gusanos bien de salud. Guardo en mi corazón esas repulsivas encantadoras palabras con las que has elogiado mis avances en el estudio del cuerpo humano, pero lamento mucho el no haber sido capaz de ganarme tus palmaditas en la cabeza. Creo que tampoco ha sido de tu agrado el cuarto que te enseñé con la ilusión de un niño.

¡Qué ilusa de mi parte, pues tú me has enseñado lo que yo he pretendido enseñarte! Ahora comprendo ese suspiro con el que me interrumpiste.

El huérfano que adopté hace tres días no pudo sobrevivir a la crudeza de la noche de ayer. No importa, porque traje a la mansión a otro espécimen, unos años mayor que el anterior.

Aparto la mirada de la carta y dejo que se pierda con las demás. No quiero saber más. La palabra «horrible» me queda corta para expresar todos los sentimientos que me han provocado cada palabra.

Tú…

Una voz, ronca y siniestra, susurra detrás de mi nuca.

Me niego rotundamente a mover un músculo. Mi cuerpo queda petrificado luego del escalofrío que me recorre hasta la médula. Pero, si quiero escapar de esta habitación, no tengo más remedio que…

Aferrándome a la vela tal y como lo haría con una cruz o un rosario, camino hacia atrás con cierta torpeza, pisando los libros y pateando algunos con el talón, y busco el picaporte con la otra mano. ¿No hay nadie detrás de mí? Si es así, ¿de dónde provino esa voz? ¿Habrá sido mi imaginación? Sí, probablemente fue eso. La mente siempre nos juega en contra cuando se trata de un ambiente oscuro y amenazante como este, ideal para ver figuras que nunca estuvieron ahí y confundir el bramido del viento con voces humanas.




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