Oso Canela

UNA VISITA MUY ESPERADA  

Una novela de George Little

 

OSO CANELA

 

 

CAPITULO 1

 

 

UNA VISITA MUY ESPERADA  

 

 

*© En un bello rincón de Suecia en el año de 1890, existía un orfanato de niñas, y se situaba en un campo abierto en los límites de un bosque. Allí, sucedió un día, que varias de las huérfanas se vieron reflejadas con dichosa alegría en la gran sala de vestidores, porque esperaban ansiosas que pronto llegara un matrimonio sin hijos con fines de adopción. 

Las pequeñas vestían sus hermosos uniformes de colores tradicionales; algunas no dejaban de mirarse a los espejos para corregirse cualquier defecto que pudieran encontrar en su apariencia física. Un día como ese, era importante lucir lo mejor posible, pues tenían la ilusión de ser una de las afortunadas.

Sin embargo, en esta ocasión, una niña de nombre Lucía y de hermosa apariencia, no parecía importarle verse bien, ni tampoco se mostraba entusiasmada.

Por otro lado, otra niña de nombre Fanny, se asomó por una de las ventanas rectangulares, y vio con asombro, el paso de un majestuoso carruaje conducido por uno de los cocheros que tiraban un par de hermosos caballos blancos.

Fanny, que observaba encantada, vio en ese instante el rostro de una joven y bella señora de elegante atuendo, que se asomó por la ventanilla de aquel carruaje para admirar la esplendorosa arquitectura de la mansión.

Para sorpresa de aquella mujer, su principal interés fue ver por unos segundos aquella hermosa niña que aparecía por la ventana del segundo piso.

La joven señora le dedicó una afectuosa sonrisa y un saludo.

Fanny también le sonrió al agitar su mano, gratamente sorprendida.

—¡Ya están aquí, vengan a ver! —anunció la pequeña Fanny a sus compañeras con gran energía, y brincando de alegría.

Rápidamente, muchas de las niñas corrieron hacia las ventanas, amontonadas con sus miradas curiosas.

Pero en cuanto a Lucía, se quedó sentada en el taburete de uno de los tocadores; se le veía algo triste por una razón que, hasta ese momento, nadie de los presentes parecía notar.

Fanny se acercó con rapidez a su más querida amiga.

—¡Lucía, que esperas! ¡Ven a ver! —Inmediatamente, la tomó de la mano, y casi jalándola, insistió—: ¡Vamos! ¡Es muy bella y tiene porte de una condesa! ¡Anda, ven a conocerla!

Lucía no quiso levantarse de aquel elegante taburete de seis patas ornamentales, cuyos bordes de madera fina estaban perfectamente labrados y pintados de barniz caoba. Su expresión hacia Fanny no demostraba ningún entusiasmo, y de sus pequeños labios no salían palabras.

Fanny no parecía aún darse cuenta de lo triste que estaba Lucía, ya que estaba cegada por la dichosa alegría que, con los ojos bien abiertos, seguía hablando con ese desbordante entusiasmo al decir:

—¿Puedes creer que no dejó de mirarme? ¡Tal vez me elija a mí! ¡Estoy segura que le agradé cuando me vio! —Acto seguido Fanny se vio reflejada en el espejo y se dio esa satisfacción de verse tan bonita que sonrió a sí misma. Luego volteó rápidamente hacia Lucía, y le exhortó—: ¡Anda, ven conmigo! ¡Tienes que verla antes de que entren!

No obstante, Lucía seguía resistiéndose a ir.

Extrañada por ello, Fanny se sentó a su lado en un taburete para tres, tapizado de rojo en terciopelo.

—¿Estás bien? ¿Ocurre algo? —preguntó Fanny sin obtener una respuesta rápida—. ¡Oye! ¿No vas a decirme nada? Si te miraras al espejo, verás que tienes una cara de rana triste —agregó Fanny, con un gesto gracioso y soltando una risita fugaz.

A Lucía no le causó ninguna gracia aquellas palabras. Se mantuvo tan seria que se limitó a contemplarse al espejo con esa cara aplastada de tristeza.

En consecuencia, el rostro de Fanny se pinchó como un globo volador, porque sus buenos pensamientos se cayeron al suelo, ahora se había puesto muy callada.

—¿En verdad estás triste por algo? —preguntó Fanny de la manera más atenta.

Lucía giró su cabeza para mirarla fijamente a los ojos, y empezó a responderle con algo de agobio:

—¡Oh, Fanny!, temo lo que pase a una de nosotras; especialmente a ti.

Lucía quería expresar su mayor temor, de que una de las dos fuese adoptada, pues eran las niñas más bellas entre todas del orfanato, de imagen casi angelical. Pero esto no era porque las demás no fueran bonitas también, sino que ellas sobresalían más en belleza.

Ante aquel comentario de Lucía, Fanny abrió más sus ojos como la mirada de una lechuza, muy sorprendida, y dijo intrigada: 

—¿Qué cosa?  

Lucía se puso de pie para soltar todo lo que sentía por dentro.

—No quiero tener padres —dijo de repente Lucía como si sufriese—. Ya no tengo esa ilusión. Deseo que tuviéramos mucha más edad, así ya nadie tendría interés en nosotras. Porque a las niñas más grandes nadie las quiere. Y eso sería bueno para nosotras.

—¿Por qué dices eso? —se apresuró a decir Fanny, sin comprender del todo.

Con la mirada apagada, Lucía no respondió, porque se le hizo un nudo en la garganta.

Esto no detuvo el entusiasmo de Fanny que se encendía rápidamente como la llama del fuego. Y se puso de pie frente a la bella Lucia.

—¡Yo creo que sería formidable tener unos padres que nos quieran y consientan con muchos regalos! —dijo ella en voz alta—. Mamá Helena ha dicho a todas... que ellos viven en Estocolmo. ¿No te parece maravilloso? ¡Algunas de nosotras podríamos conocer la ciudad! Dicen que es muy hermoso. Es el lugar donde tú y yo hemos nacido.

Lucía se sentó de nuevo en el taburete y volvió hablar en ese tono apagado.




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