Otoño Eterno

Capítulo 8: Velas y colmillos

Lucian

La casa de Seraphina olía a madera quemada, hierbas secas y a un perfume tenue que no supe identificar al principio, pero que se me quedó grabado: algo entre canela y tierra húmeda. Me recordó, de un modo incómodo, a lo que significaba hogar.

Ella no parecía muy feliz de recibirme, pero el Consejo había ordenado que trabajáramos juntos, y yo, por supuesto, no iba a negarme.

—No toques nada —advirtió apenas crucé el umbral.

—Prometo no beber de tus frascos, bruja —respondí, paseando la mirada por las estanterías repletas de pociones y libros antiguos.

Me detuve frente a un caldero humeante.
—¿Cena?

—Hechizo de rastreo —dijo, apartándome con una mirada—. Y si lo arruinas, te convierto en murciélago.

Me reí suavemente, apoyándome contra la mesa.
—¿Eso es una amenaza o una fantasía secreta?

Ella giró los ojos, pero sus mejillas se tiñeron apenas de color. Fascinante.

Nyx saltó sobre una silla y me observó con intensidad. Ese gato me incomodaba más que cualquier brujo del Consejo. Tenía la sensación de que podía leer pensamientos.

—¿Qué buscas exactamente? —pregunté, señalando el caldero.

—Residuos mágicos en el aire. Si esas criaturas no son naturales, deben dejar un rastro.

Me incliné hacia el caldero, aspirando el humo.
—Huele a ceniza y a sangre vieja. Como un vampiro mal alimentado.

Ella me fulminó con la mirada.
—Deja de burlarte.

—No me burlo —dije, acercándome un poco más—. Solo describo lo que siento.

Nuestros ojos se encontraron. Los suyos eran un verde brillante que parecía más peligroso que cualquier hechizo.

Un silencio cargado nos envolvió, roto solo por el crujido del fuego. Entonces, Seraphina apartó la vista con brusquedad, agitando la varita sobre el caldero. El humo tomó forma de símbolos antiguos, letras que reconocí vagamente.

—Brujería prohibida —murmuré.

—Conoces demasiado —respondió ella, sin mirarme.

—Vivir ciento setenta y cinco años da tiempo para aprender —dije con una sonrisa ladeada.

La tensión era palpable. No era la primera vez que compartía un espacio con una bruja, pero esta vez era distinto. Seraphina no era como las demás. Era… peligrosa en formas que no tenían nada que ver con la magia.

Me acerqué un paso más, inclinándome hacia ella.
—Sabes que estás jugando con fuego, ¿verdad?

Ella levantó la mirada, desafiante.
—Y tú con colmillos.

Nos quedamos así, demasiado cerca, demasiado conscientes. Un segundo más y…

Nyx bufó, interrumpiendo el momento.

Me aparté con una risa baja.
—Tu gato tiene mejor sentido común que nosotros.

Ella suspiró, apartando las manos del caldero. El humo se disipó, dejando solo el aroma intenso de hierbas quemadas.

—Necesito seguir trabajando —dijo con firmeza.

—Y yo necesito descubrir quién quiere destruir esta tregua —respondí—. Así que, hasta nuevo aviso, querida, estaré pegado a ti.

Ella apretó los labios, claramente irritada. Pero no protestó.

Mientras salía de su casa esa noche, una certeza me golpeó con fuerza.

No sabía qué era más peligroso: las criaturas del bosque… o la atracción que empezaba a crecer entre Seraphina y yo, como una llama indomable.




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