Otoño Eterno

Capítulo 9: Cartas antiguas

Seraphina

La mañana después de haber trabajado con Lucian en el hechizo de rastreo, me desperté con una sensación extraña. No era solo cansancio. Era como si el aire mismo de Ravenwick estuviera impregnado de una advertencia silenciosa.

Nyx maulló, impaciente, mientras me levantaba de la cama. Algo en sus ojos dorados parecía querer guiarme. Lo seguí hasta la biblioteca de mi abuela, un cuarto que casi nunca abría. Allí, bajo el polvo y el olor a madera vieja, encontré un cofre pequeño que no recordaba haber visto.

La cerradura estaba protegida por un sello mágico, antiguo y poderoso. Sus símbolos eran idénticos a los que había visto en el humo del caldero la noche anterior. Mi corazón dio un salto.

—¿Qué escondías, abuela? —susurré.

Con un conjuro de desbloqueo, el cofre cedió. Dentro había un montón de cartas, atadas con una cinta negra. El papel estaba amarillento, pero las letras seguían nítidas.

Las abrí con manos temblorosas. No eran cartas de amor ni de negocios, sino correspondencia secreta… con los Duskborne.

“Querida Moira”, decía una, firmada por alguien llamado Adrien Duskborne. “Nuestra unión es peligrosa, pero necesaria. Solo combinando la magia de tu linaje con la nuestra podremos sellar la grieta”.

Sentí que la sangre se me helaba. Mi abuela había tenido contacto directo con vampiros. Y no con cualquiera: con la familia de Lucian.

Una sombra cruzó la ventana y casi solté las cartas del susto. Cuando levanté la vista, Lucian estaba apoyado contra el marco, como si hubiera sabido exactamente dónde encontrarme.

—¿Revisando secretos familiares? —dijo con esa voz suave que tanto me irritaba.

—¿Cuánto tiempo llevas espiándome? —le espeté, escondiendo las cartas tras mi espalda.

—El tiempo suficiente para oler el polvo y escuchar tu corazón acelerarse. —Sus ojos se clavaron en los míos—. ¿Qué encontraste?

Quise mentir. Pero algo en su mirada me hizo detenerme. Deslicé lentamente una carta hacia él. Lucian la tomó, y cuando sus ojos recorrieron las palabras, un cambio sutil se dibujó en su rostro.

—Adrien… —murmuró—. Era mi bisabuelo.

—Y parece que tenía un pacto con mi abuela.

El silencio que siguió fue insoportable. Ambos estábamos parados sobre un terreno frágil, uniendo piezas de un rompecabezas que podía cambiarlo todo.

—Esto significa —dije, con un nudo en la garganta— que nuestros linajes estuvieron conectados mucho antes de que tú y yo naciéramos.

Lucian alzó la vista hacia mí, y por primera vez en mucho tiempo no vi ironía en sus ojos, sino gravedad.
—Tal vez… siempre estuvimos destinados a encontrarnos.

Las palabras me atravesaron como un conjuro prohibido. Y aunque me negaba a admitirlo, una parte de mí tembló de una forma que no tenía nada que ver con el miedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.