Lucian
El Consejo se reunió al amanecer. Los supervivientes estaban exhaustos, cubiertos de heridas y hollín, pero la urgencia de lo que había sucedido era demasiado grande como para esperar.
La sala se llenó de voces furiosas. Unos exigían represalias contra los vampiros, otros contra los brujos. Todos buscaban un culpable.
Yo permanecí en silencio, observando. Sabía que el verdadero enemigo estaba dentro de esas mismas paredes.
Fue Seraphina quien se atrevió a hablar primero.
—Anoche vimos al responsable. Estaba en el claro, dirigiendo el portal. Y era uno de nosotros.
Un murmullo se elevó, cargado de incredulidad y miedo.
—¿Tienes pruebas, bruja? —escupió Seraphiel, con los ojos como cuchillas.
Seraphina no bajó la mirada.
—Lo escuché. Reconocí su voz.
Mi corazón dio un vuelco cuando vi a quién miraba: Maelis.
El anciano brujo palideció, pero de inmediato se recompuso.
—¡Mentiras! ¿Ahora me acusas a mí para cubrir tus fracasos?
Pero había algo en su tono, en la forma en que apretaba el bastón, que lo delataba.
Me levanté.
—Yo también lo vi. Su silueta, su altura. Coinciden con la suya.
Los vampiros comenzaron a murmurar entre ellos, disfrutando de ver a un brujo acusado. Pero los de su clan se pusieron en pie, defendiendo a Maelis con vehemencia. El Consejo estaba a punto de estallar en violencia.
Entonces Seraphina dio un paso al frente y, con un movimiento de su mano, invocó un fragmento de los símbolos que habíamos visto en el bosque. Estos ardieron en el aire, flotando ante todos.
—Estos son los signos que el traidor usó. Solo alguien con acceso a los archivos prohibidos podía conocerlos. ¿Y quién era el guardián de esos archivos? —preguntó, clavando los ojos en Maelis.
El silencio fue absoluto.
Maelis dejó escapar una carcajada amarga.
—¿De verdad creen que pueden detener lo que ya ha comenzado? El vacío reclama este mundo. Y ustedes… ustedes serán los primeros en arder.
Antes de que pudiéramos reaccionar, levantó su bastón y desató una onda de energía oscura que lanzó a varios contra las paredes. Yo me interpuse entre él y Seraphina, recibiendo parte del golpe. El dolor me atravesó como fuego líquido, pero me mantuve en pie.
Varios vampiros y brujos se abalanzaron contra Maelis, y el salón se convirtió en una batalla improvisada. Hechizos y garras chocaban en medio de la sala del Consejo.
Seraphina y yo luchamos lado a lado, como si hubiéramos entrenado juntos toda la vida. Logramos acorralar a Maelis, debilitado por su propio exceso de magia.
Fue ella quien lo detuvo, sellando sus manos con un conjuro de contención.
El traidor había sido desenmascarado. Pero su sonrisa, incluso encadenado, me persiguió.
—Me han detenido a mí… pero no a ellos. El vacío ya los observa.
Y comprendí que lo peor estaba aún por venir.
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Editado: 18.08.2025