Otoño Eterno

Capítulo 15: El inicio de la guerra

Seraphina

El amanecer trajo consigo un silencio imposible. Nadie en el Consejo dormía desde la captura de Maelis. El traidor estaba encadenado en las mazmorras, pero sus palabras aún resonaban: “El vacío ya los observa”.

No tardamos en comprobar que no eran una amenaza vacía.

Al tercer día, los vigías regresaron con noticias: ejércitos enteros de criaturas avanzaban desde las fronteras. No eran solo los engendros que habíamos visto en el bosque. Ahora había monstruos mayores, deformidades con alas, pieles metálicas y ojos que parecían devorar la luz. Y, lo más aterrador, brujos y vampiros renegados marchaban junto a ellos.

Por primera vez en siglos, el Consejo dejó de lado las discusiones. El mundo estaba en peligro.

Se levantaron campamentos alrededor de la fortaleza, se alzaron murallas de hechizos y fuego, y las banderas de clanes antaño enemigos ondearon juntas. No era paz, pero era la única opción.

La primera gran batalla llegó al anochecer. Desde lo alto de las murallas, vi cómo la oscuridad cubría el valle. El suelo temblaba bajo miles de pasos.

Lucian apareció a mi lado, su armadura brillando con un fulgor plateado.
—¿Lista para una guerra, bruja?

Le sonreí, aunque mis manos temblaban.
—Más que nunca.

El rugido del cuerno de guerra marcó el inicio. Flechas de fuego cruzaron el cielo. Hechizos iluminaron la noche como relámpagos, mientras los monstruos cargaban.

La muralla vibró cuando la primera oleada golpeó. Criaturas trepaban como insectos, derribando a quienes se interponían. Bajé mis manos y una columna de llamas los envolvió, pero por cada uno que caía, dos más surgían.

Los vampiros luchaban como sombras veloces, cortando gargantas y desgarrando carne. Los brujos, en filas, recitaban cánticos ancestrales, alzando escudos y rayos. Y en medio de todo, Lucian y yo combatíamos espalda contra espalda, como si hubiéramos nacido para ello.

La batalla parecía interminable. El cielo se volvió rojo por la sangre y los hechizos. Vi amigos caer, compañeros del Consejo destrozados en segundos. Pero también vi gestos de valentía: vampiros protegiendo a brujos heridos, brujos curando a soldados enemigos caídos.

Por primera vez, no éramos rivales. Éramos un ejército.

Cuando la medianoche llegó, logramos repeler a la primera oleada. El campo estaba cubierto de cuerpos, humo y ceniza. Pero apenas tuvimos tiempo de respirar. Desde el horizonte, nuevas hordas avanzaban.

El inicio de la guerra había llegado, y no había vuelta atrás.




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