
Su corazón late tímidamente mientras su cerebro intenta orientarse. Las personas pasan a su lado sin cuidado y los gritos generan una atmosfera confusa. Intentando encontrar respuestas, mira hacia todos lados. La llegada del otoño le da comodidad. El frio acompañado del cálido abrazo del sol le otorga una sensación familiar de la cual sostenerse. Sin embargo, el crujido de las hojas se siente diferente. No son las mismas hojas, no es el mismo suelo. Por momentos, intenta convencerse de que hay seguridad en lo desconocido.
Por dentro, Robin no puede dejar de pensar que todo era más fácil antes. Sus pasos en las losas blancas y frías del suelo marcan un nuevo inicio que solo golpea su nostalgia y la hace dudar. Extrañar su antiguo colegio era normal, pero nunca pensó que aferrarse a esos sentimientos sería algo que naciera de ella. Las paredes pálidas con pintura nueva parecían un reflejo de lo que alguna vez fue su escuela, pero que ya no está más. Mientras más se adentra en aquella nueva escuela, más presión siente en su pecho. Una sensación de vigilancia constante que la persigue paso a paso. Como si su sombra fuera a traicionarla en cualquier instante. Sus ojos desorbitados intentan encontrar la fuente de su ansiedad. Decenas de personas pasan por alto su existencia, ninguna parece detenerse en ella, sin embargo, el sentimiento no desaparece. Algo, alguien, tiene su mirada puesta en ella.
Reconectando con la realidad, suspira hacia su frente para correr el flequillo de su cara y se ajusta su cola de pelo. Decide buscar algún adulto que pueda ayudarla. Sus ojos repasan los diferentes carteles de aulas y varios afiches del año anterior pegados en la pared. Adentrándose en el primer pasillo que encuentra, iluminado por luces de tubo que emitían un sonido apenas perceptible, taponado por las múltiples pisadas de todos los alumnos llegando a sus aulas. A la distancia observa a una mujer, delgada y vestida de blusa negra con un pañuelo muy colorido que cubría su cabeza, buscando desesperadamente con la mirada. Examinándola más, nota un cartel entre sus manos con su nombre escrito. “Robin O'Donel”.
Al acercarse hasta la señora, esta sonríe alegremente.
—¡Querida! Vos debes ser Robin, ¿verdad? – Pregunta con una voz dulce y delicada, que marcaba entusiasmo y apuro
—Sí, y …
—Perfecto, bueno ahora me faltan un par más, vení ayudame – Contesta mientras la interrumpe.
La mujer vuelve a su estado desconcertado mientras intenta encontrar más gente con la mirada. Sin dejar de buscar, le pasa carteles con más nombres a Robin y la toma del brazo suavemente para moverse a través de la muchedumbre.
—Perdoname, yo sé que somos todos nuevos acá, yo también me estoy adaptando a esto. – le explica con un tono más acaramelado y pausado que antes – Por acá debería haber un chico…
Mientras que ella continúa buscando, Robin analiza su entorno panorámicamente. Sus ojos ámbar se cruzan con una muchacha que aparenta su misma edad, la cual está a punto de entrar en un aula. En una pequeña fracción de tiempo, los ojos azules de la chica penetran la mirada de Robin con un tono de hostilidad y resentimiento. La vergüenza se apodera de ella mientras sus mejillas pasan de pálidas a rojizas.
Al cabo de pocos segundos, con la desesperación subiendo y aun con Robin tomada del brazo, la docente empieza a gritar “¡Nathan, Nathan!” una y otra vez. No paro hasta que un muchacho alto y musculoso la saludo energéticamente desde el otro extremo del pasillo, gritándole “¡Si teacher!”. La repentina e imponente presencia del joven la sorprendió, haciéndola reaccionar rápidamente.
—¿Qué le dan de comer a los chicos hoy en día? – Reacciona la profesora mientras lo mira de arriba abajo, desde su cabello corto y pardo hasta sus enormes zapatillas deportivas.
Ella sin perder el tiempo toma un cartel de la mano de Robin y se lo da a Nathan, empujando levemente la pelota de rugby que este tenía entre sus dedos. El muchacho lee el cartel y empieza a gritar el nombre “Galileo Ipsum”. Su voz grave retumba por el pasillo encimándose sobre los ruidos de movimiento y pisadas.
Ya quedando poca gente en el pasillo, un joven de pelo castaño oscuro y delgado se acerca a ellos y responde al nombre en el cartel. La profesora, contenta de verlo, saca un anotador y registra unas cosas mientras que mira a los costados.
—Bueno, creo que son todos, ¿no? – Dice pensante – Hmm, no, aún me faltan dos ¿Dónde están? – Se pregunta a sí misma mientras con preocupación mira a todos lados.
Sin visualizar a nadie perdido, quedando apenas un par de personas más en los pasillos, la docente desiste y solicita a los tres que la sigan hasta el aula. Las conversaciones poco a poco cesan hasta solo dejar el sonido de los tacones marcando el ritmo. Las miradas de los pocos alumnos restantes se posan en aquellos tres nuevos compañeros que siguen a la docente.
Al entrar, la sensación de saturación golpea sus mentes. Caras nuevas, lugares nuevos, todo un mundo desconocido para ellos. Cada uno toma su rumbo y se sientan en los bancos asignados previamente, el único fragmento de familiaridad que podían abrazar. Esos bancos de madera y fierro que daban el espacio justo para que uno pueda guardar sus cosas en el pequeño estante y colgar la mochila de uno de sus ganchos. La mujer que antes los busco camina hasta el centro del aula, al lado del pizarrón verde que brilla de limpio, y revisa un listado de alumnos dejado en la mesa.
—¿Me siguen faltando dos? Deberían estar acá – Exclama entre dientes sin desdibujar la sonrisa de su rostro mientras se agarra la cabeza – Bueno, no se preocupen chicos, me dijeron que pueden ser así los primeros días…Ya vengo – Avisó riendo nerviosamente antes de salir corriendo del aula.
Entre los alumnos se produjo un silencio que duró poco tiempo antes de que el barullo comenzara. Apenas Galileo se instaló, fue analizado por la chica que tenía al lado. Alta y de pelo negro ondulado, clavo sus ojos oscuros en él.