¿Quién soy?
Mi nombre es Jade Fish, sí, como pescado en inglés.
Toda mi desordenada historia comienza desde el día en que mi madre me abandonó cuando tenía ocho años de edad, dejándome con mi padre; un viejo abusivo que sólo quería beber constantemente y golpearme. Con el tiempo él también decidió abandonarme sin remordimiento alguno, dejándome totalmente sola en los suburbios, donde nadie quiso ni pudo adoptar una niña que sólo traería gastos que la mayoría no podía pagar.
En ese entonces no tuve tiempo para llorar o sentirme desafortunada porque tenía que trabajar duro y pagar mis necesidades básicas aun siendo una menor de edad. Fui a la escuela por un corto tiempo pero tuve que abandonarla pues no me permitía trabajar correctamente y ganar dinero suficiente.
Cuando finalmente resolví lo que parecían ser todos mis problemas empecé a preocuparme por mi futuro, quizá debería estudiar un poco, conseguir otro trabajo y tal vez buscar un lugar mejor para vivir pues no planeaba vivir en esas lúgubres y estrechas cuatro paredes toda mi vida. No todo estaba perdido y ser optimista no estaba de sobra.
— Hasta mañana, Philip. No olvides que mañana es mi día de pago — le recordé a mi jefe, con el que más que ser compañeros de trabajo mantenía una amistad.
Philip me había ayudado desde que todo se vino abajo. Me dio un trabajo en su tienda de convivencia cuando todavía era una mocosa, arriesgandose a tener problemas con la ley por darle trabajo a una menor de edad.
— Hasta mañana — se despidió con poco interés, mientras su vista se mantenía puesta en el tazón con frituras que se preparó luego de terminar las cuentas — Y tú pago es en dos días, Zanahoria astuta.
Hice un gesto de disgusto al escuchar ese apodo infantil dedicado a mi cabello. Creía que ya lo había olvidado.
— Es mañana, revisa tu calendario un poco — solté con un tono de amabilidad falso — Tengo que pagar la renta en unos días. Y no me llames zanahoria.
Philip levantó su mano e hizo un gesto para que me fuera de una vez, lo que me causó gracia.
Salí de la pequeña tienda de convivencia y emprendí mi caminata a casa. El cielo estaba lleno de nubes grises que anunciaban una tormenta. Observando mi alrededor me percaté de que las oscuras calles del pueblo permanecían tranquilas y por alguna razón eso me trajo un vago recuerdo a la mente haciéndome sentir extraña por seguir pensando en aquello.
— Mierda, hoy no traje el paraguas — murmuré con frustración, volviendo a la realidad.
Mientras caminaba, me detuve antes de cruzar la calle dado que el semáforo se puso en rojo para los peatones. Aproveché esa pequeña espera para sacar los audífonos que tenía dentro de mi abrigo y conectarlos a mi desgastado móvil, el cuál Philip me había casi obsequiado hace un año, nunca iba a olvidar la forma torpe en que me lo ofreció y me pidió sólo diez dólares para disfrazar su buen gesto. Es una buena persona aunque parezca un holgazán que solo piensa en comer.
Cuando estuve a punto de ponerme los audífonos escuché la voz de una mujer gritando a lo lejos, al principio no entendí muy bien y no quise darle importancia pero la voz se hizo cada vez más clara y por curiosidad di media vuelta para ver de donde provenía, notando que estaba a una cuadra de distancia.
— ¡Un ladrón! ¡Detengan a ese ladrón, se lleva mi bolso! — gritaba, a la vez apuntaba con su dedo indice a un hombre que corría ya muy cerca en mi dirección, sosteniendo un fino bolso beige.
Cuando venía hacia mi pensé en golpearlo para detenerlo, hasta tuve la intención de tirar el celular junto a los audífonos para lograrlo, pero creo que lo pensé demasiado.
El hombre al notar mis intenciones y viendo que yo planeaba moverme de ahí, me empujó con fuerza y logró lanzarme a la calle en donde caí sentada sobre el frío asfalto. Abrí la boca para maldecirlo cuando salió corriendo, incluso traté de ponerme de pie y enfrentarlo, pero no pude hacer nada de eso.
No hice nada.
Todo fue repentino.
Todo pasó en cámara lenta.
Miré a mi derecha cuando escuché el sonido de un auto que venía hacia mí, supongo que al haber caído inesperadamente al carril nadie tuvo tiempo para detenerse, nadie tuvo tiempo para hacer algo, ni siquiera yo.
No sé bien qué pasó conmigo porque cerré los ojos con fuerza y para cuando los abrí me encontraba tirada más lejos de donde había caído tras el impacto. No experimente ningún dolor pese a que podía ver hilos de sangre recorriendo mis manos y sentir una sensación de hormigueo en casi todo el cuerpo. La calle que antes estaba vacía de pronto se llenó de personas que me miraban estupefactas, escuché a alguien gritando por una ambulancia y unos murmullos lejanos. Mi respiración se volvía pesada con el pasar de los segundos y todo empezó a volverse borroso.
¿De verdad iba a morir? ¿Iba a ser de este modo? ¡Pues qué patético! Pensar que minutos atrás vi la posibilidad de que mi insignificante vida podía mejorar.
No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir. Repetía eso una y otra vez en mi mente.
Mis párpados comenzaron a ser pesados y así, fui perdiendo la consciencia, siendo la lluvia cayendo sobre el asfalto y mezclándose con el pequeño charco de sangre que mis heridas habían formado, lo último que vi.
Finalmente, todo fue oscuridad y silencio.
• • •
Plomo.
Sentía mis párpados y todo mi cuerpo pesado como el plomo.
Abrí los ojos con esfuerzo, al principio todo se veía cegador, pero posteriormente logré apreciar el techo de forma borrosa y el olor a medicina penetró mis fosas nasales haciéndome sentir temporalmente asqueada.
— ¿Estoy en un hospital? — pensé.
Con las dudas encima y el dolor empezando a propagarse por todo mi cuerpo, traté de recordar lo que había pasado. Tardé un poco en unir las piezas y procesar todo.