En los minutos en los que tardas en fumarte un cigarrillo, en resolver un problema matemático o terminar de escuchar una canción, alguien puede perder la vida, o alguien puede enamorarse. A veces el dolor no es opcional, pero seguir viviendo sí lo es. Pero entonces llega algo que llamamos Amor. Llega y entra sin avisar y aunque te quites, te toca. Es algo que es parte de la vida, no podemos huir porque nunca sabemos cuándo llegará. Por eso el amor es muy parecido a la muerte.
El amor no planea, no advierte y no indica.
¿Tú crees que el amor es una debilidad? A mí parecer, si lo es, por eso todos somos débiles. Hasta el más fuerte, hasta el más serio, hasta el más alegre. Todos tenemos algo que nos debilita, que hace que nuestro cuerpo se ponga en el borde y se deje caer.
Pero ¿Eso nos enseña, o nos fortalece?
Eso es algo que me he preguntado desde hace mucho tiempo, y no he podido escoger una respuesta entre una de las dos. No aún.
Todo lo que nos enseña es una fortaleza para no equivocarnos nuevamente, pero toda fortaleza es lo que nos mantiene de pie ¿Y si esa fortaleza se tambalea? ¿Nos equivocaremos de nuevo?
—Airi, es hora de que me vaya. ¿Segura que no quieres ir?
Miro a mi tía apoyada en el marco de la puerta. Su cabello largo está recogido en un moño alto con ciertos mechones sueltos que la hacen parecer más joven y relajada. Su vestido se ciñe a su figura oculta por un abrigo grande y esponjoso.
—¿Airi? —vuelve a hablar—. Podría comprar un boleto ahora.
—Tía, estaré bien, no te preocupes. Ya casi soy mayor de edad.
Me levanto de la cama y de inmediato puedo ver las maletas en el pasillo.
—¿Quieres que te ayude con las maletas?
—Oh, si Airi, por favor. Mi amigo ya está a punto de llegar.
Me adelanto para agarrar dos maletas que pesan como el demonio, pero aun así bajo las escaleras apresurada.
Reviso que no se hayan rayado ni estropeado en la bajada y me reacomodo cuando escucho los tacones de mi tía resonar sobre la madera de las escaleras.
—No termino de entender por qué no quieres ir conmigo. ¿Segura que estarás bien?
—Tía —evito responder su pregunta—. Ya hemos hablado de ese tema.
—Ay, está bien. Recuerda que te estaré mandando correos. Los gastos de la casa se cobran solos. En tu cuenta habrá dinero.
—No olvides poner la alarma y levantarte temprano —decimos al mismo tiempo y sonríe por mis palabras—. Ya me lo has repetido una y otra vez, tía.
—Podrás invitar a tus amigos, pero tú no vayas a su casa. No salgas sola ni mucho menos de noche.
Asiento repetidas veces mientras escucho el mismo discurso que ha venido repitiendo desde que decidí que no volvería a Estados Unidos.
—Que ya lo...— no puedo terminar de hablar porque escucho el claxon de un automóvil fuera de casa. Mi tía se adelanta y abre las cortinas de los ventanales para corroborar que es su amigo el que está afuera y esa es la señal de que ha llegado la hora de partir.
—Tengo que irme. Sigue al pie de la letra todo lo que te dije y no hagas ninguna barbaridad.
Recibo gustosa su beso en la mejilla y su abrazo cálido pero apresurado.
La acompaño hasta la cajuela del automóvil y la ayudo a guardar sus pesadas maletas. Una tristeza se empieza a apoderar de mi interior y empiezo a dudar de si verdaderamente quiero quedarme aquí.
—Te quiero, Airi.
—No te olvides de mí, tía.
Quiero decir más, pero siento que en cualquier momento la voz se me va a quebrar y cambiaré de opinión, así que me limito a esas simples palabras.
—Cuídate ¿Si?
Deposita un beso en mi frente y sin ver atrás, se sube al asiento del copiloto mientras yo camino de vuelta a la entrada de la casa.
Al menos esta es una despedida verdadera y planeada. No se siente tan dolorosa como las anteriores.
Y quizá todas aquellas despedidas son mi enseñanza.