Septiembre, 2015.
Las risas me habían rodeado durante toda mi vida, los buenos momentos eran mi compañía constante. Claro que no todo fue color de rosa, pero ellos hacían de cada situación algo un poco mejor. Estar rodeada de tantas personas que me amaban jamás me hacía dudar si en realidad merecía el amor de alguien. Creía que eso hablaba muy bien de mis amigos. El calor de su cariño era un refugio donde me sentía segura, incluso cuando el mundo parecía temblar.
Era curioso cómo una sola persona podía hacerme sentir bien, pero un grupo entero podía crear un hogar en cualquier lugar.
—Entonces, ¿iremos? —preguntó Rurik, sacándome de mi trance—. Pareces estar en la Antártida, en las nubes, en Moscú o en Canadá. En todos lados, menos aquí —reclamó y no pude evitar que una sonrisa se reflejara en mi rostro.
Rurik frunció el ceño, divertido y ligeramente frustrado. Me conocía demasiado bien, sabía cuándo estaba distraída.
—Moscú es un buen lugar, cuando sea una gran escritora, los llevaré a todos a vivir ahí y viviremos en una casa grande todos juntos —mencioné, tratando de que olvidara el hecho de que no había escuchado lo que dijo en los últimos diez minutos.
Rodó los ojos, exasperado por mi intento de desviar el tema.
—¿Iremos?
—¿A dónde?
—¡Dios, Airi! —terminó por decir y empezó nuevamente con una explicación sobre cómo planeaban ir a un club nocturno para pasar la noche. Hacía mucho tiempo que no iba a uno y me agradaba la idea de ir simplemente para pasar una buena noche con mis amigos. No había mucho que explicar, era como decir que todos vivíamos en una misma casa.
Aunque cuando Rurik habló conmigo, estábamos solos, al poco tiempo llegaron nuestros demás amigos. Claro que todos tenían casa y familia, pero ya éramos bastante mayores y nos gustaba esta vida. Añadiendo el hecho de que, el que vivieran conmigo, me había ayudado mucho a dormir en las noches, y en la recuperación de las pérdidas que había tenido.
Después de esa conversación, la tarde pasó muy simple y rutinaria como los demás días, pero esa noche, iba con un objetivo especial: declararme.
A Anton lo conocí en una Navidad mientras jugaba con Yaroslav y Alexei, los tres teníamos nueve años y aquel día tuvimos un encuentro muy extraño.
—Me gusta tu cabello, Airi.
—Hey, hey, Anton, cuidado con enamorarte de Airi. Lev te mataría —dijo Yaroslav casi como una amenaza, cosa que nos hizo reír a Alexei y a mí.
—¿Qué? Solo digo que su cabello es lindo —refutó, desviando la mirada.
Desde aquel día, fue un niño que me llamó la atención, claro que teníamos nueve años, ¿Qué sabíamos del amor? Y aunque ahora no sabíamos mucho más, estaba decidida. Tras ocho años debatiendo dentro de mí misma si me gustaba o no, llegó el día.
Escribí una carta en la cual me ayudó Rurik, la decoré lo mejor que pude. Me encantaba escribir sobre temas sociales, pero cuando me animé a escribir sobre el amor, Anton fue una de las primeras personas a la que le dediqué una de mis palabras. ¿Eso podría definir lo mucho que me gustaba?
Escribir esa carta fue un proceso no tan tardado, pero si tedioso. Pues tenía que usar las palabras correctas para que no se malinterpreten. Pero, que a la vez expresen todo el amor que sentía por él.
Pero me arrepentí, es decir, ¿Quién se declaraba con una carta, en una fiesta?
Decidí que le daría la carta tiempo después, pero hoy se lo diría. Podríamos ir lento, solo quería que lo supiera. Iríamos todos juntos a la fiesta, y ahí llevaría todo a cabo. No era tan difícil, creía yo.
—¡Airi! ¿Ya estás lista? —gritó Nikolai, apurándome. No era de tardarme mucho al momento de alistarme, pero el estar terminando esa carta me distrajo un poco.
—Lo estoy —dije cerrando la puerta de mi habitación detrás de mí. Llevaba un vestido negro digno de la ocasión, ¿no?
—¡Hasta que por fin! Pensé que nos amaneceríamos de tanto esperarte —Leonid, como siempre, tan chistoso.
Bajamos las escaleras y en el living ya hacían todos mis demás amigos esperando.
Ahí también estaba mi chico, Anton. Tan reluciente como siempre, vestía una camisa negra que lo hacía ver muy elegante. Sabía que se pondría algo de ese color, así que mi vestido fue con toda la intención de combinar con él.
—Ja, ja, ja. Qué gracioso, mira cómo me río —respondí, provocando una risa en algunos de mis amigos. Salimos de casa, y como siempre, yo iría con Anton.
—Te ves muy linda hoy —dijo el pelirubio mientras me pasaba el casco.
—Yo creo que la ocasión lo amerita —añadí con una sonrisa coqueta.
—¿Una fiesta lo amerita? —preguntó Anton, imitando mi sonrisa.
—Es mucho más que eso — así finalicé la conversación, subiendo a la moto y abrazando su cintura. El camino fue relativamente tranquilo, saltando algunos rojos y haciendo carreras, pero nada peligroso.
Cuando finalmente llegamos al club, me sorprendió, no era un club cualquiera, era el club. Otro punto a favor para lo que planeaba hacer.
Me adelanté de Anton y no me molesté en esperarlo para entrar juntos. Me pegué a mis demás amigos que estaban caminando en dirección a la entrada.
Rurik se me acercó más con una cara pícara y las cejas levantadas, como queriendo adivinar algo.
—¿Lo harás hoy? —susurró a mi oído, abrazándome por los hombros mientras esperábamos en una corta columna.
—Espero que todo salga bien —respondí mientras apoyaba mi cabeza en su brazo y agarraba mi cartera con fuerza. Era inevitable ponerme nerviosa mientras imaginaba cómo se lo diría. No sabía si yo le gustaba, pero me imaginaba que sí, pues era atento y hacía todo lo que un chico enamorado hacía: me daba cumplidos y había estado ahí siempre, también se preocupaba por mí. Esas eran muchas señales, ¿no?
Al entrar al club me separé de Rurik y fui directo a la barra a pedir un trago, necesitaba soltarme. Ahí me acompañó Nikolai, quien también y por supuesto, ya suponía lo que iba a hacer esa noche. Comencé a hablar de trivialidades con él mientras veía el club. Por dentro olía...bueno, a ciertas hiervas y cigarrillo. El ambiente era húmedo y lo que más llamaba la atención era la isla del DJ, que estaba arriba de todo.