—Hmm... —se quejó Airi mientras bebía un hidratante, tirada en su cama—. Por Dios, ¿qué bebí anoche?
—La pregunta es... ¿Qué no bebieron? —rio Pavel, mientras miraba a Gleb a su lado, con una terrible resaca y sin ganas ni de hablar—. Así que supongo que estás igual que Gleb.
—¿De verdad Gleb también está así? Ayer parecía que se podía inhalar un kilo y no se moriría.
—Te estoy escuchando, idiota —respondió el pelinegro al otro lado de la línea, provocando una risa en Airi.
Mientras ella subía la foto de la fiesta, seguían hablando sobre lo increíble que había sido, hasta que, minutos después, ella escuchó la puerta abrirse.
—Ah, Pavel, te llamo después —dijo, y sin más, colgó, porque ya sabía lo que venía.
La puerta de su habitación se abrió de golpe y, detrás, aparecieron unos chicos con rostros que reflejaban de todo, menos alegría.
—¡Airi, por el amor de Dios! ¿Se puede saber dónde estuviste metida toda la noche? ¡Te reventamos el celular a llamadas! —gritó Anton, el primero en hablar.
—Estaba en una fiesta —explicó Airi encogiéndose de hombros—. No me pasó nada malo. No soy una niña para que me cuiden.
—¿En una fiesta? Pero si habíamos ido a una, Airi —intervino Rurik, con un semblante más relajado.
—Tranquilos, aquí me ven, sana y salva. No pasó nada malo— respondió relajada.
—¿Por qué te fuiste? —cuestionó Anton, nuevamente.
—¿Es tan difícil de entender? Simplemente fui a otra fiesta para olvidar de todo lo que pasa en mi cabeza. Y créanme, lo logré. La pasé muy bien.
Esa respuesta sacó de sus casillas a Anton, quien explotó de inmediato al ver el semblante tan relajado de la chica recostada en la cama.
—¡Airi, lo que estás es loca! ¡No volvimos a la puta casa en toda la noche buscándote! ¡Y ni siquiera te vas sola, te vas con la pandilla que nos odia! ¿Sabes todo lo que te pudieron haber hecho? Y todo por tu imprudencia, Airi —terminó Anton, señalándola.
—Anton, para— pidió Yaroslav, mientras ponía su mano sobre su hombro, presionándolo más fuerte de lo normal.
Airi mordió su labio con fuerza al escuchar las palabras de Anton, clavando sus uñas en las palmas de las manos para evitar que las lágrimas brotaran.
Sentía impotencia porque estaban cuestionando sus decisiones.
Si en realidad supieran que todo lo que ella hizo, fue por él.
—¿Ni siquiera piensas en cómo me siento yo? Siempre me haces sentir culpable de todo, y estoy cansada. Púdrete, Anton, y un montón de mierdas más —gritó histérica para acto seguido, tirarle la botella del hidratante en la cabeza. Miró a todos sus amigos de manera rápida, mientras escuchaba el quejido de Anton por el golpe.
Airi se sintió decepcionada de todos los chicos que tenía en frente, sin saber realmente el por qué, y se preguntaba si estaba siendo egoísta consigo misma.
En cambio, Anton sintió una mezcla de confusión y enojo por la reacción de Airi. Supuso que lo que él dijo, sería lo mismo que pensarían todos, y por eso habló de primero. Pero en ese momento dudó de si debía protegerla por más tiempo.
La chica no se preocupó ni se molestó en avisar nada. Salió de manera rápida, sin cambiarse o maquillarse. Siendo ella quien se fuera de su propia casa.
Airi avanzó entre las sombras de la ciudad, con pasos lentos y vacilantes, como si el peso del mundo la arrastrara hacia abajo. No tenía rumbo, solo un destino que su mente recordaba con claridad, un parque el cual, siguiendo el sendero que bordeaba el lago, era el lugar donde su madre solía llevarla de niña.
—¿Sabes todo lo que te pudieron haber hecho? Y todo por tu imprudencia, Airi
—¿Por mi culpa? ¿Qué me harían solo por salir a una fiesta? —habló para sí misma la pelirroja al recordar las palabras de Anton.
Al llegar al parque, el aire frío la envolvió como un abrazo helado, recordándole a los días felices junto a su madre. El aroma húmedo de la tierra y el lago mezclado con hojas secas la hizo sentir diminuta frente a la vastedad de los árboles desnudos y el ruido de los autos pasando.
Cada paso sobre el puente que se arqueaba sobre el agua le recordaba los días felices y la risa de su madre.
Se dejó caer encima de este, cerró los ojos y dejó que las lágrimas rodaran, una tras otra, sin control, mientras veía el reflejo de sus pies en el agua.
—Mamá, te extraño —susurró Airi mirando al cielo—. ¿Por qué tú y no yo?
Airi siguió recordando la discusión que había tenido hace unos minutos atrás. Solo un par de frases habían sido suficientes para crear la discordia entre el chico que más amaba.
Pero podría no ser esa la única razón.
Un viento suave agitó su cabello, haciendo que un par de hojas secas cayeran cerca del puente, y una que otra encima del lago. Fue entonces cuando sintió unas pisadas. Abrió los ojos con lentitud, todavía con los ojos húmedos.
—Airi... —la voz de Nikolai rompió el silencio.
—No venimos a discutir contigo, ni mucho menos a regañarte —empezó Rurik, con una voz calmada, casi relajante—. Sabemos que te sientes mal por cómo te habló Anton.
—Pero entiéndelo, estaba preocupado. Todos lo estaban. Y cuando subiste esa foto con todos los integrantes de la pandilla que nos detesta... —continuó Nikolai, mientras metía las manos en los bolsillos—. Fue la gota que colmó el vaso —finalizó Rurik.
—¿Y solo porque estaba enojado tuvo que decirme todo eso? —preguntó con una voz suave, consecuencia del llanto.
Rurik negó con la cabeza.
—No venimos a justificarlo, solo entiéndelo.
Airi se quedó mirando un árbol fijamente, pensando en las palabras de sus dos amigos.
¿Debía perdonarlo, aunque fuera indirectamente?
Él no se había disculpado, pero ella nunca fue rencorosa con nadie, mucho menos con él.
—Cuando saliste de casa, la que se armó —comentó Nikolai después de unos minutos, captando la atención de Airi. Para ese momento, los recién llegados ya estaban sentados a los costados de su amiga.