Otro Mundo

VI-La vida debería ser amarilla.

Estaba en la moto de Yaroslav, la cual estaba siendo manejada por Rurik, camino a comer Pelmeni en un restaurante nuevo. A decir verdad, ya casi no recordaba lo que comía en USA, pero había un lugar, del cual no recordaba el nombre, con unas alitas de pollo deliciosas. Debería volver algún día. Pero la comida de Rusia realmente me fascinaba.

Habían pasado tres semanas desde aquel día en el que escuché a Anton decir eso, y desde entonces no había vuelto a tener cercanía con él.

Quizá dirían que era muy orgullosa, pero ¿rechazarme, besarme y después decir que fue un error? Tenía la cara de estúpida, pero no lo era.

Claro que había sido imposible evitarlo, y había tenido que cruzar un par de palabras con él, pero nada profundo.

Hace dos semanas había tenido el primer intento de suicidio, y el que esperaba también fuera el último. No me gustaba deprimirme, pero había veces en las que sentía que no había otra salida.

Estaba limpiando la cocina, y mientras guardaba los platos, al fondo de la estantería vi un antiguo botiquín que había sido de mucha ayuda hace años, cuando mis amigos se metían en peleas. Lo revisé y encontré pastillas caducadas, algunas que tomaba mi padre para sobrellevar su enfermedad. En ese momento estaba sola en casa, así que decidí llevarme los frascos a mi habitación.

Lo hice de cinco en cinco, hasta que el sabor amargo que quedó en mi paladar me hizo querer dormir.

Cerré los ojos mientras me recostaba en la almohada, pensando que por fin todo acabaría.

Hasta que la puerta de mi habitación se abrió, dejando ver a Alexei con una bolsa de lo que parecía ser la tienda de helados cerca de casa.

—¡Hola, Airi! —la emoción que traía se desvaneció casi de inmediato al ver los frascos regados en mi cama.

<<Una vez más... qué inoportuno eres, Alexei.>>

—Carajo —habló exaltado mientras me cargaba y me llevaba casi corriendo al baño. —Airi, vomita o les mostraré a todos tu video borracha.

Al escuchar eso, mis ojos se abrieron como platos. Recordé que con ese estúpido video Alexei siempre me chantajeaba.

—¿Y qué? Si me muero, ya no me afectará.

—Niña idiota —terminó por decir, y mi estómago se revolvió al sentir cómo introdujo dos dedos en mi garganta, con la intención de hacerme vomitar... y lo logró. Me hizo vomitar hasta que no quedó ni un rastro de pastilla en mi organismo.

La poca velocidad con la que avanzaba la moto me dio señal de que ya estábamos a punto de llegar. Extrañaba poder andar con normalidad, mi herida ya había sanado un 90% y podía permitirme movimientos bruscos sin sentir mareos o molestias.

Rurik estacionó la moto frente al restaurante y se quitó el casco con una sonrisa.

—Bueno, esto huele increíble. Espero que no nos decepcionen.

—Si es tan bueno como dices, seguro saldré rodando —respondí mientras me bajaba de la moto.

Entramos al restaurante, y el calor húmedo y el aroma intenso me envolvieron. La luz amarilla iluminaba las mesas de madera, y el vapor de los platos hacía que todo se viera acogedor.

—Mira, allá hay una mesa libre en la esquina —habló Rurik, señalando una.

Me senté y quité la chaqueta por el calor que sentía.

Llegó una chica para preguntar qué íbamos a ordenar, y para sorpresa de nadie, pedimos lo mismo.

—Se siente raro... estar aquí sin pensar en nada más —dije, tomando un sorbo de agua.

—Raro, pero necesario —respondió Rurik—, Oye, ¿recuerdas la última vez que comimos pelmeni juntos? Cuando la tía te retó porque la mancha de la carne en tu uniforme no salía —dijo nostálgico, con una sonrisa en el rostro.

Escuchar eso me recordó a mamá, no solo por el regaño que recibí ese día, sino también por el hecho de que Rurik la llamara tía.

—Eso fue hace siglos... y no fue mi culpa, alguien me empujó el codo —refuté, recalcando el "alguien" mientras cruzaba los brazos con una sonrisa ligera.

La camarera llegó con los platos. El vapor subía en espirales frente a mis ojos.

—Eso sí que huele bien —me incliné más frente al plato mientras tomaba el tenedor—. Espero que seas bueno comiendo pelmeni, Rurik.

—Siempre lo soy —respondió, aunque en su cara se notaba que estaba emocionado de verme disfrutarlo—. Pero ojo, no te quejes si hago trampa y tomo algunos tuyos.

—Ja, como si me importara —exclamé, aunque en realidad no quería que los tocara.

Tomamos los primeros bocados en silencio, disfrutando del aroma y la calidez.

—Mmm... está increíble —susurré finalmente—, La carne esta tal como me gusta.

—Te lo dije —afirmó Rurik con una sonrisa orgullosa—. Nada como un buen pelmeni para alegrarte el día.

Empezamos a conversar de trivialidades mientras trataba de recordar la última vez que había tenido una salida a solas con Rurik. La mayoría de veces era con todos los chicos, y yo estaba tan distraída en mi intento de amorío con Anton que había olvidado los buenos momentos que pasaba con Rurik.

—Por cierto... —volvió a hablar, lo que hizo que levantara la mirada—. ¿no has intentado hablar las cosas con Anton?

—¿Después de lo que hizo? Ni loca. ¿Sabes, Rurik? Rechacé a muchos chicos por esperarlo a él, dejé que fuera el primer hombre por el que me enamoré durante tantos años... ¿y esto es lo que hace?

Pude ver leve sorpresa en su rostro. ¿Pero a quién quería engañar? El sentimiento no se iría en tres semanas y sabría Dios cuándo dejaría de amarlo, pero esperaba que no me hiciera más daño.

El silencio de Rurik se interrumpió cuando dejó el tenedor sobre el plato y se limpió la boca con una servilleta.

—Bueno, te llevaré a un lugar que sé que te gustará mucho —habló nuevamente, poniéndose de pie y dirigiéndose a la salida, después de dejar unos billetes sobre la mesa.

Me levanté tras él, agarrando mi chaqueta, incrédula por lo que me acababa de decir.




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