Otro Mundo

VIII-Octubre frío

Airi

Hoy se cumplían dos días desde que era novia de Anton y me sentía muy feliz. Ayer había sido un día muy normal, a decir verdad, pero me habría gustado que mi novio fuera a mi casa. Cuando me levanté, Yaroslav ya no estaba a mi lado y, al bajar a la cocina, el ambiente estaba tenso.

No quise preguntar por qué ni qué había sucedido, porque a los pocos minutos conversamos normal. Así que olvidé lo del inicio, pero me quedé con la duda.

El día anterior había recibido un correo de mi tía contándome cómo iba el trabajo y el comprobante de un depósito. Eso me hizo recordar que ya tenía que buscar un trabajo muy pronto, pues en cuanto cumpliera dieciocho dejaría de recibir el apoyo económico de parte de mi tutor legal.

No era un problema, bueno, mis amigos solían comprar la mayoría de la comida y mi tía se encargaba de pagar otras cosas referentes a la casa. Si conseguía un trabajo de medio tiempo, no se me complicaría el factor dinero.

Lo que más me preocupaba era que no me había mencionado nada sobre la factura del hospital.

Dejando de lado eso, también había recibido una notificación sobre el taller de escritura al que postulé. Claramente la inscripción no era gratis, pero no importaba porque tampoco era una gran suma de dinero.

Me di la tarea de investigar más sobre ese taller y descubrí que también ofrecían distintos tipos de ocupaciones musicales. No era como que me llamara mucho la atención tocar un instrumento, pero podría intentarlo, ¿no?

Ese domingo se pasó el día relativamente normal: desayunar con los chicos, limpiar un poco, almorzar, nada fuera de la rutina. Aunque esperaba que Anton fuera a mi casa, no apareció.

—Hola Annntooon, ¿vendrás hoy?

Había enviado ese mensaje hace dos horas y no había habido respuesta alguna. Y era raro, pues antes de ser novios Anton me respondía casi al instante. Tampoco quise darle demasiadas vueltas a ese detalle, él había sido demasiado bueno conmigo y, bueno, no había razón de desconfiar de él.

Me puse a pensar en si debería ponerle un apodo. Es decir, a mí no me gustaban los apodos. Los apodos se los ponían los niños y yo tenía 17 años, se me hacía muy cliché hacer eso.

Pero, ¿y si Anton sí era ese tipo de chico empalagoso cuando estaba en una relación? Bueno, pero tampoco era como que haya tenido otras novias antes de mí.

Mientras ordenaba mi cama, tarareaba la canción Story of my life de One Direction, hasta que Leonid entró de golpe en mi cuarto.

—¡Dios! ¡No entres así! ¿No sabes que es de mala educación? —grité mientras le lanzaba un cojín a la cara, uno que esquivó fácilmente. Maldito pandillero.

—No cantes una canción en inglés, puedes estar cantando una canción sobre que te quieres matar y yo no lo entendería.

—Pues aprende inglés, dahh —refuté a su reclamo totalmente ridículo. ¿Qué pasaba por la mente de ese rizado?

—Tsk, estúpida —se atrevió a insultarme mientras se lanzaba a la cama que recién había terminado de ordenar. Lo fulminé con la mirada por su acción mientras él solo me daba una sonrisa tonta mientras apoyaba su mentón en su mano.

—¿Sabes algo sobre Anton? Ayer no vino y no ha respondido mi mensaje —pregunté mientras me daba media vuelta, dispuesta a guardar la ropa recién lavada en mi armario.

—No lo sé, quizá está por ahí en una esquina besándose con alguna chica que le pasa por delante.

Su comentario me hizo paralizar y abrir los ojos. ¡Por Dios! ¿Y si era cierto?

<<No, Anton no me haría eso.>>

—Anton no me sería infiel.

—Si tú lo dices —dijo no muy convencido, acción que me hizo voltear de golpe y mirarlo fijamente.

—¿Qué? Cualquiera piensa eso —habló mientras miraba su celular—. De todas maneras, no venía a hablar contigo sobre eso.

En cuanto dijo eso, dejó de mirar el dispositivo para volver a mirarme.

—¿Has recibido actualizaciones sobre tu denuncia? —su pregunta me hizo recordarla, y era verdad, no me habían notificado nada sobre la denuncia y me empezaba a inquietar.

—Pues hasta ahora no, solamente ese día en el hospital me hicieron un millón de preguntas y dijeron que se pondrían en contacto con mi tía.

—¿Y ella ya lo sabe?

—Bueno, yo no se lo he dicho y ella no ha mencionado nada en los correos que ha mandado en este tiempo. Así que supongo que no.

—Airi, no es por ser pesimista, pero siento que no se están tomando en serio tu denuncia —su confesión me hizo dudar.

—¡No! O sea, es un caso muy grave, estoy segura de que no lo dejarían pasar, así como así —dije, en un intento de convencerme más a mí misma que a Leonid.

—Bueno, aquí todos se hacen de la vista gorda si les llenan los bolsillos de dinero.

—No, digo, me deben justicia, ¿no?

—Airi, espera sentada, porque parada te vas a cansar de esperar una justicia de parte de los policías, porque creo que no llegará.

Sus palabras me hicieron desanimar y recordar ese feo momento. Me senté en la cama de manera lenta y me puse a pensar en si hablaba en serio.

—Solo toca esperar y tener paciencia —terminó por decir, mientras se levantaba y depositaba un cálido beso en mi frente, para después salir de la habitación.

De verdad que no quería que lo que me había sucedido quedara olvidado y en el pasado gracias a un par de billetes. Sabía que yo no podría pagar jamás los cientos de dólares que le pagó Hedeon a la policía, si es que ese fue el caso, pero tenía esperanza de que sí tendría justicia.

Eran ya las 3 P. M. y Anton no respondía mi mensaje. ¿Qué le habría pasado?

Decidí terminar de guardar mi ropa y ordenar lo que me faltaba para bajar a la cocina y buscar un aperitivo.

Buscaba entre las gavetas alguna galleta o pastelito dulce, ya me iba a poner en mis días y tenía antojos.

—¿Qué buscas?

Temblé en mi lugar al escuchar esa voz de golpe, pensé que estaba sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.