Otro Mundo

X-Tanto tiempo.

Era una mañana fría y había amanecido nevando. Aunque me encantaba el frío y me relajaba demasiado, no pude pegar un ojo la noche anterior. Cuando llegué a casa, los chicos me preguntaron cómo me fue y les conté todo, ocultando el detalle de la nota.

Pero la duda de quién había dejado eso en mi mochila seguía en mi cabeza y, en ese momento, pensaba en tantas cosas que era difícil centrarme en una sola.

También estaba considerando contarle lo que me pasó a mi tía, pero no estaba segura. Es decir, mi tía solo era una fuente económica, no la había vuelto a ver desde hace un año, y no sabía si eso era un alivio. Pero si había la posibilidad de que ella me representara en ese momento y el caso avanzara más rápido, sin dudarlo se lo diría.

Le pedí a Anton que me acompañara a la estación de policía para poder averiguar qué había pasado. También lo usé como excusa para poder verlo y salir juntos. Lo extrañaba.

Eran las 11 a. m. cuando recibí el mensaje de mi novio, avisando que ya estaba fuera de casa. Me despedí de los chicos, haciendo oídos sordos a sus advertencias ridículas sobre Anton.

Al abrir la puerta y salir, el viento frío me golpeó y tuve que caminar sobre la nieve con sumo cuidado.

—Hola, An. ¿Cómo estás? —alcé la voz, mientras me acercaba a él.

—Qué linda te ves hoy —respondió, mientras me agarraba de la cintura y depositaba un pequeño beso en mis labios.

No sabían cuánto extrañaba besar sus labios, aunque lo hubiera hecho ayer. Me puse de puntillas sobre la banqueta y, aun así, no quedábamos a la misma altura.

—No me digas cosas así, que no sé qué responder —mi voz salió como un susurro mientras ocultaba mi cara en su cuello.

Su piel estaba fría por el clima, pero al juntarla con la mía, se sentía cálida y reconfortante.

—Ten, Yaros me dio las llaves de su moto, dijo que vayamos ahí.

Le extendí las llaves y uno de los cascos con los que había salido, para acto seguido colocarme el mío y subir a la moto.

Afortunadamente, de mi herida ya no quedaba ninguna secuela, no obstante, al haber sido un golpe en la cabeza, tenía que seguir yendo a unos chequeos mensuales.

Los había estado pagando con mi dinero, pero el hospital no se había comunicado conmigo por falta de pago, lo que solo significaba una cosa.

Mi tía había pagado la factura.

No sabía si eso debía preocuparme, mi tía no había hecho ninguna pregunta al respecto, y no creía que la suma haya sido muy baja como para pasarlo por alto.

Íbamos a una velocidad normal, mientras abrazaba la espalda de mi novio. Me encantaba abrazarlo. Podría haber muerto así.

Llegamos a la estación de policía en un abrir y cerrar de ojos y el nerviosismo empezó a consumirme. Es decir, ¿qué diría?, ¿Qué haría?

—Buenos días —alcé mi voz, mientras abría la puerta y casi al instante, un olor a café llenó mis fosas nasales.

El lugar se veía limpio, pero con papeles por doquier. Había algunos civiles sentados, se veían totalmente demacrados, con ojeras y expresiones preocupadas.

Los pasillos eran enormes y estaba segura de que podría perderme entre todas esas paredes.

No tuve la oportunidad de seguir viendo el lugar, pues empezó un alboroto del cual no alcancé a saber el por qué ocurría, pero las personas se gritaban entre sí.

Me apresuré en acercarme a una mesa llena de cajas con papeles dentro y, detrás de estas, estaba sentado el oficial que me interrogó aquella vez.

—Hola, vengo a ver el proceso de mi caso.

En cuanto hablé, la mirada del señor se levantó y me miró de arriba a abajo sobre sus lentes. Una vez terminó conmigo, comenzó con Anton.

—¿Cuál es su nombre, señorita?

—Airi Dragunova.

Buscó entre unos papeles y leyó el caso. Sentí que el tiempo se pasaba lento mientras veía cómo aquel señor revisaba todas esas hojas. Su expresión no cambió en lo más mínimo.

Suspiró y dejó las hojas encima de la mesa para mirarme nuevamente.

—Está en proceso, no hay nada en concreto.

Mi mundo se derrumbó en cuanto escuché esas palabras.

¿Cómo que aún no había proceso? Ya había pasado casi un mes.

En ese instante se me vinieron a la mente todas las veces que me dijeron que mi caso no se tomaría en serio, que no recibiría justicia. Y se estaban cumpliendo todas esas palabras.

—¿Por qué no? Ya ha pasado mucho tiempo —preguntó exaltado Anton, haciéndonos ganar un par de miradas de las personas alrededor, pero estas no se centraron en nosotros, porque la otra discusión llamaba aún más la atención.

—Caballero, entienda, no es tan sencillo —dijo el agente, acomodándose en su silla como si la incomodidad de la pregunta le pesara más que el propio caso—. Hay protocolos, órdenes que esperar... además, hay otros casos más urgentes que han requerido nuestra atención inmediata.

Mi enojo no se hizo esperar y apoyé ambos puños sobre la mesa, mientras dentro de estos, clavaba tan fuerte mis uñas que en cualquier momento podrían sangrar.

—¿Más urgentes que un intento de asesinato? ¿Más importantes que un caso que lleva semanas sin avanzar?

El hombre desvió la mirada hacia un montón de papeles mal apilados, como si de pronto fueran dignos de toda su atención. Se puso recto en su propio asiento y empezó a agarrar más papeles.

—Lo que quiero decir es que estamos siguiendo el procedimiento. No podemos saltarnos pasos.

—Lo único que pedimos es información concreta. Algo que nos indique que no han dejado esto olvidado en un cajón —intervino nuevamente Anton.

Otro policía, sentado más al fondo, soltó una risa seca sin despegar los ojos de su computadora.

—Olvidado no está, muchacho. Simplemente no hay pruebas suficientes, no tenemos testigos, y hasta que no aparezca algo sólido, no podemos movernos más.

—¿Testigos? ¡Todos mis amigos lo vieron! ¡Llegué al hospital a punto de morir! ¿Qué más quieren? ¿Que el culpable venga y se entregue por cuenta propia?




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