—Hola, Airi, ¿cómo has estado? Tanto tiempo.
Lo vi directo a los ojos. El verde esmeralda de sus ojos resaltaba de su piel roja por el frío.
Su mirada no brillaba en lo más mínimo, se veía oscuridad. Vestía un abrigo cuello de tortuga y un calentador demasiado grueso para mi gusto.
—¿Te volvió a comer la lengua el ratón?
Oculté mi sorpresa y dolor al escuchar de nuevo esa frase y mantuve mi mirada fija en él.
—¿Dónde están Gleb y Pavel?
—Esperaba que me saludes de vuelta, niña mala. Sin modales.
—¿Qué les hiciste? ¿Por qué me llamaste?
—Es bueno que lo preguntes, querida, aunque, aun así, viniste sin ninguna de tus ratas, ¿verdad?
<<Hijo de puta.>>
—Vine sola y espero que dejes tranquilos a esos chicos, ¿qué tienen que ver ellos conmigo? —pregunté ya un poco exaltada.
—Pronto lo sabrás.
Se dio la vuelta e hizo un gesto con la mano para que lo siguiera.
Lo hice a pasos lentos mientras acomodaba la navaja en la parte baja de mi espalda. Iba alerta a todo lo que vía que se movía o sonaba, quien sabía si alguien iba y me noqueaba con un golpe en la cabeza.
—¿Recuerdas aquella vez que te enseñé a andar en motocicleta?
Su pregunta rompió el silencio y me tomó por sorpresa. ¿Se iba a poner a hablar del pasado, justo ahora?
Me preocupaba un poco el hecho de que cada vez nos alejábamos más de la entrada y parecía que él conocía el camino perfectamente, mientras que yo me sentía perdida porque parecía que no avanzábamos.
—Sí, lo recuerdo.
—Y que nunca aprendiste porque no alcanzabas a poner los pies en el suelo.
—Sí, también lo recuerdo —respondí tajante y no entendía a dónde quería llegar. No podía mantenerme con la vista fija en él pues trataba de mirar a todos los lados buscando algún rastro del pelinegro o del rubio.
—¿Sabías que una de las pruebas que les ponen a los conductores es esquivar baches?
—No me digas... Hedeon, ¿a dónde me estás llevando? Responde de una maldita vez y dime qué quieres de mí —hablé frustrada, deteniendo mi andar.
Él también se detuvo y me volteó a ver, con esa sonrisa que me daba miedo.
—Ya falta poco. Tranquila, bonita.
Se volvió a voltear y siguió caminando. La manera en la que la basura estaba apilada parecía un laberinto, y el sol se empezaba a ocultar. Mis brazos temblaban de frío y podría jurar que mi nariz estaba roja como la del chico que tenía en frente.
—Están aquí —habló, señalando un lugar que parecía una pequeña habitación. Abrió la puerta y extendió la mano dando señal de que pase.
—Las damas primero.
—Hedeon, estás loco si crees que entraré ahí. ¿Crees que tengo 10 años y que vives una película?
—Bonita, me pediste ver a tus amigos, y aquí es donde están.
Su tono de su voz me irritaba, era como si la fingiera a más no poder.
—¿No entrarás? Oh, qué mal. Tus amigos tienen ganas de verte —habló, haciendo un puchero.
—¿A qué me has traído? —cada vez me sentía más débil por el frío y me asustaba el hecho de que no podría moverme bien.
—Quiero que veas qué es lo que pasa cuando alguien me desobedece —dijo al lado de mi oído, se acercó tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de retroceder.
Sin tener tiempo de reaccionar, me empujó dentro, cerrando la puerta detrás de él.
—¡No, Hedeon! —me levanté lo más rápido posible y corrí a la puerta, pero en ese momento, me agarró las dos piernas y me empezó a arrastrar—. ¡Hijo de puta! —Grité mientras me trataba de aflojar de su agarre, moviendo mis piernas y poniendo resistencia con mis manos, aunque me dolía deslizar mis manos por el suelo encementado.
Me soltó y en cuanto me levanté, me volvió a golpear y caí de rodillas al suelo.
Entonces los vi, o bueno, eso creía.
Había dos chicos con sangre sobre su ropa, pero su cara estaba tapada por fundas negras.
—¡Hedeon! ¡Ya dime qué es lo que quieres de mí! —me agarró las manos y las empezó a amarrar con sabrá Dios qué —. ¿Quieres golpearme de nuevo? ¡Hazlo! Pero libera a esos dos chicos.
Pude sentir cómo paró un momento de amarrar mis manos en cuanto dije eso y sentí esperanza, pero pasados unos segundos, apretó el nudo con tanta fuerza que sentí que mi piel se raspó.
—¿Por qué quieres que libere a esas ratas? ¿Ya te los follaste y por eso los quieres bien? —habló nuevamente al lado de mi oído, sus manos estaban sobre mis hombros y, aunque no podía verle la cara, estaba segura que sus ojos estaban llenos de lujuria como aquella vez en la estación.
—¡Hedeon, duele! —grité mientras empezaba a amarrar mis pies de manera brusca, cayendo de boca contra el suelo.
Volteé mi cabeza para amortiguar el golpe y mi nariz no se vea afectada. Lo vi con una sonrisa en donde enseñaba los dientes. ¿Acaso disfruta amarrarme?
—Airi, tú me quitaste todo, pero ahora se te terminó —susurró mientras se agachaba a mi altura. Agarró mi rostro y me obligó a sentarme agarrándome del cabello.
Me quejé por el jalón de cabello y a pesar de que me dolía, no quería darle el gusto de derramar una sola lágrima.
—¿Los ves a ellos? Ya están muertos, mi Airi —su voz era espeluznante, y mientras decía todo esto, guiaba mi rostro para que observara todo el lugar.
—Y la siguiente eres tú.
Mis ojos se llenaron de temor y aunque no quería, también se empezaron a humedecer por las lágrimas que saldrían en cualquier momento, no solo porque dos personas que no tenían nada que ver conmigo terminaron muertas por mi culpa, sino porque no pude despedirme de ninguno de los chicos.
—Hazlo, no me importa.
—¿Crees que solo te mataré y ya? —y en un movimiento rápido, me tiró al piso, pero esta vez espalda abajo. Lo que hizo que me clavara la punta de mi navaja. Se acercó a mi rostro, mientras me obligaba a mantenerme recostada en el suelo apoyando sus manos en mis hombros.
<<Qué estúpida, se la hubiese clavado en cuanto me empujó.>>