—A la próxima revisa tus heridas en un hospital. Es peligroso un golpe en esta zona —la enfermera habló mientras ponía una pomada en mi golpe.
—Me tomé un desinflamatorio y me puse hielo. No me dolía, así que no me preocupé.
—Bueno, en realidad un golpe así suele tener secuelas internas —explicó—. Como no te lastimaste la piel, es decir, superficialmente, podrías haberte roto el cráneo sin darte cuenta.
Asentí mientras observaba la pequeña habitación en la que estábamos. Solo tenía un pequeño escritorio y una camilla en la cual estaba sentada.
—Últimamente hemos tenido muchas visitas de personas a las que han torturado o intentado secuestrar —empezó a decir, cosa que captó mi atención—. ¿Tus amigos sufrieron algo así?
—¿Hmm? Ah, sí, algo así. ¿Pero cómo que han aumentado?
—Pues muchos pacientes han venido intoxicados con cloroformo, y aunque tienen el proceso respectivo, no hay mucho avance. Es como si no se tomaran en serio los casos.
Sus palabras me hicieron recordar cómo mi caso no había tenido avance en lo absoluto. Ahora ya no sabía si todo había sido obra de Hedeon o simplemente me había mentido.
—Y todo es por el aumento de pandillas en la zona, niños sin control —volvió a hablar mientras guardaba lo que usó conmigo en una estantería.
Eso me ofendió, pero no dije nada porque no quería que pensaran que andábamos metidos en cosas malas. ¿Pero quién se creía? Obvio que teníamos control, que no generalizara.
Me levanté de la camilla, dispuesta a salir de ahí. La enfermera no dijo nada y empecé a caminar por el pasillo en busca de Pavel y Gleb. Pero aún pensaba en aquel misterioso doctor.
—¡Señorita!
Volteé para ver quién me había llamado y reconocí a la enfermera que nos recibió cuando llegamos al hospital. Caminó en mi dirección con una pequeña carpeta en sus manos.
—Sé que dijo que casi no los conocía, pero usted es fundamental en este momento.
—¿Por qué no se lo preguntan a los chicos?
—El efecto del cloroformo suele eliminarse de las vías respiratorias en un plazo de 8 horas.
—Ya pasaron más de 8 horas.
—Si así lo dice, ¿por qué el joven llegó sin poder respirar?
<<Que perra.>>
Asentí y empezamos a avanzar por el pasillo, yo la seguía, pues no sabía con exactitud a dónde íbamos. Ese hospital era tan grande que parecía que cada pasillo daba camino a cinco pasillos más.
—Los análisis de sangre aún no llegan, por lo cual no sabemos con certeza si siguen o no intoxicados, ni cuánta cantidad de cloroformo inhalaron.
El olor a hospital me atormentaba, me recordaba ese momento, y parecía que todo giraba alrededor de eso y de él.
Llegamos a la recepción tras bajar las escaleras, y ahí me estaba esperando un policía.
La enfermera habló con él en un murmullo, como si fuera algo tan íntimo que no podía ser escuchado, y después se retiró, dejándome sola con aquel señor.
—¿Cuál es su nombre?
—Airi Dragunova.
—¿Cuál es el nombre de los jóvenes?
—Gleb y Pavel.
El señor levantó la mirada por encima de sus lentes y me miró de arriba a abajo.
—Con apellidos.
—No lo sé.
—¿Cuál es su relación con los jóvenes?
—Los conocí en una fiesta.
Asintió y siguió escribiendo. Ese señor era raro, era como si desconfiara de todo lo que decía.
—¿Airi? —habló, como si saboreara mi nombre—. ¿Has estado antes involucrada en algún caso? Se me hace conocido tu nombre.
—Sí, casi me matan hace casi un mes.
Sus ojos se abrieron de par en par y, de inmediato, empezó a revisar sus papeles para sacar uno en específico.
—¡Es cierto! —exclamó como si fuese lo mejor del mundo, lo que me hizo fruncir el cejo—. Bueno, tenemos que seguir haciéndole preguntas.
Volví a asentir y empezó a preguntarme cosas sobre cómo los había conocido o a qué hora había sucedido todo.
—Dices que fuiste voluntariamente. ¿Por qué?
—La misma persona que casi me mata, me llamó desde el celular de Pavel y me amenazó diciendo que, si no iba sola —recalqué esa última palabra—, ambos iban a morir.
—¿Qué te hicieron?
—Me puso a disposición de muchos chicos para que me hagan sabrá Dios qué. Me imagino que tortura.
—¿Cómo saliste de ahí?
—Antes de entrar mandé mi ubicación en tiempo real a mis amigos.
—¿Tienes algo que respalde tu testimonio?
—¡Sí! —respondí, y acto seguido saqué mi celular del bolsillo de mi chaqueta. En cuanto lo encendí, vi que tenía muchas llamadas perdidas de Yaroslav. Las ignoré y entré a mi registro de llamadas, volteando mi celular para enseñárselo a aquel señor.
Tomó una fotografía y siguió escribiendo.
—Preséntese en la estación de policía mañana a las diez de la mañana. Tiene una entrevista que dar —me dijo, para después darse la vuelta e irse de largo.
Más preguntas, nuevamente.
—¿Usted es la acompañante de los jóvenes Pavel y Gleb? —me preguntó una enfermera que ni siquiera me di cuenta en qué momento se me había acercado. Era más pequeña que yo y con cabello corto.
—Sí. ¿Sucede algo?
—Acompáñeme. Están estables y muy pronto podrán irse a casa. Sin embargo, es necesario que tengan un control y cuidado. En especial el joven Pavel. Le daremos un inhalador, y si se le llega a dificultar respirar, lo tiene que usar—explicó mientras caminábamos entre camillas y puertas grandes pero cerradas, hasta que nos detuvimos frente a una.
—Es aquí. Puede pasar a verlos. En una hora se les dará el alta.
Asentí y entré silenciosamente a la habitación. Ambos chicos estaban en una camilla, y cuando me vieron entrar, alzaron la mirada.
—¡Airi! —me llamó Pavel—. No llames a mi mamá, por favor, déjame quedarme en tu casa.
Agarré un banquito de por ahí y me senté entre ambas camillas.
—¿Por qué te quieres quedar en mi casa?
—Bueno, mi mamá me preguntará sobre todo esto y, si sabe que lo causó o que provino de la pandilla, me hará salirme, y no quiero eso.