—Estoy entre medicina o literatura. ¿Y tú, Yaros?
—Pues no lo sé, ni siquiera sé si quiero estudiar, mis papás no me ponen presión en escoger algo tan rápido.
Su respuesta me hizo sentir... no lo sabía. Quería que Yaroslav estudie y sea un profesional.
—¿Qué estudiaras tú? —preguntó South a Leonid.
—Tampoco lo sé. De todas maneras, no pienso mucho en eso. Si no estudio nada, me dedicaré a que la pandilla crezca más.
—¿No estudiarás y te dedicarás a la pandilla? —pregunté incrédula. Todos voltearon a verme por mi tono de voz y, de inmediato, me arrepentí de decir eso.
—¿Por qué lo preguntas? La pandilla nos ayudó mucho a todos, no la abandonaría porque sí.
—Entiendo, pero en el futuro no te servirá de nada. Ahora solo es un capricho suyo.
—Airi, no puedes decir eso de la pandilla. Es nuestro hogar. Tu hogar —Me señaló Alexei.
—No digo que esté mal, pero en el futuro, ¿de qué les servirá? ¿Golpear a estudiantes cuando ustedes ya tengan 30 años?
—No sabes nada de pandillas —dijo Anton mientras ponía ambas manos detrás de su cabeza y se recostaba en la silla—. Si la pandilla se hace más grande, en el futuro no solo será eso.
¿Anton? Estaba segura de que sus papás sí querían que estudie, que sea el ejemplo para su hermano. ¿Por qué pensaba así?
—¿A qué te refieres?
—¿No te gustaría tener el mundo a tus pies? En una mafia es todo fácil.
—Las cosas no son así —refuté.
—Tampoco dijimos que lo serán. Solo entiéndenos, al final de todo es lo que nos gusta —intervino Rurik.
—¡Pero deben estudiar!
—No, Airi. Es un mundo injusto y una profesión no define quién eres. Nosotros no estudiaremos —respondió Nikolai.
Todos me estaban dando la contraria. ¿No se preocupaban por su futuro?
—Tú también tienes la opción de no estudiar. Si te unes, en un futuro no habrá problemas —Leonid esta vez habló, mientras me señalaba relajado.
Todos los que estaban sentados alrededor de la mesa me miraban, esperando mi respuesta. Incluidos Gleb y Pavel, quienes aún no habían hablado para nada.
—No, yo no quiero eso para mí.
—Piénsalo, de todas maneras, tienes tiempo, la universidad es un gasto innecesario —Anton se encogió de hombros.
—No, es que no lo ven. En un futuro eso les traerá problemas.
—Futuro y futuro, ¡Airi! Tienes que vivir el presente, no pienses en el futuro.
—¡No! ¿Cómo quieren pertenecer a una mafia en el futuro? ¿Están locos?
—Reza para que la pandilla sí se convierta en una organización. ¿Te imaginas? Le hacemos competencia a la mafia rusa —South habló nuevamente en una risa. Todas sus respuestas me estaban dejando atónita.
—¡Pero esa pandilla y las peleas no les servirán de nada! —alcé mi voz.
—¡Airi! ¡Esa pandilla es la que te defendió de tus putos violadores!
Esa palabra.
Violadores.
Su oración me dejó boquiabierta, y la cocina se llenó de un silencio demasiado incómodo.
—Yaroslav, no me importa si me defienden o no. Yo nunca perteneceré a una mafia —mi voz salió entrecortada mientras me levantaba de la silla y caminaba en dirección a las escaleras.
Ya no me importaba si Gleb o Pavel se quedaban con ellos.
Usó algo que me lastimaba para defender a su maldita pandilla.
Mi vista se veía nublada mientras subía las escaleras y cada paso que daba se sentía pesado. En toda mi vida, Yaroslav nunca me había hablado así.
Jamás.
Por eso era la persona en la que más confiaba. La persona de mi primera vez en casi todo. Mi primera vez en ese parque, lo conocí. Mi primera vez comiendo dulces rusos, él me dio a probar. Mi primer día de clases, él estuvo conmigo. Cuando decidí que Anton me gustaba, él fue el primero en saberlo. Mi primera fiesta, él fue mi compañía. Y tantas cosas más que ni cien hojas serían suficientes para escribirlas todas.
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—¿Puedes creerlo? La verdad, ya no quisiera entrometerme más en sus vidas, pero a veces pienso que hasta siendo menor que ellos pienso con más lógica.
—Tsk, no Airi, están mal. ¿Y si salimos? Con todo lo que te ha pasado estoy segura de que necesitas distraerte.
—Uhm, podría ser. Aunque ahora estoy algo ocupada buscando un trabajo de medio tiempo. ¿Pero dónde?
—Podríamos ir a... —su frase se pausó—. ¡Ya sé!
—¿Qué pensaste?
—¡No te lo diré! Pero ponte ropa casual, avisaré que saldré.
—Ah, ¿pero hoy? Tengo que ir en como una hora a la comisaría.
—No importa, podemos ir en la tarde.
—Está bien, adiós Leimy.
—Adiós, Airi.
Escuché el sonido de la llamada colgarse y separé el celular de mi oreja para ver la hora: 9:12.
Me levanté de la cama y agarré mi toalla y ropa de cambio para irme a bañar.
La discusión que tuve con los chicos fue tan estúpida... es que, ¡cómo no iban a pensar en su futuro!
Cerré la puerta del baño, la que, por cierto, ya había sido arreglada desde aquella vez que la rompieron. Recordar ese momento provocó un escalofrío en mi cuerpo, así que negué con la cabeza muy rápido para olvidar eso. Me miré al espejo. Mi cabello estaba grasoso y mis labios pálidos. Aquel día era perfecto para maquillarme.
Ese día no podía ser un baño de burbujas ni de relajación, tenía que ser una ducha rápida para ir a la comisaría. En cuanto estuve lista, agarré dinero y bajé las escaleras.
—¿Dónde irás?
—¿Hmm? Iré a la comisaría. ¿No los citaron a ustedes?
—Ah, sí, iremos a las tres de la tarde.
—¿Nos vas a acompañar? —preguntó Pavel.
—Me temo que no podré, saldré en la tarde.
—¿Con quién? —la voz de Anton me hizo voltear.
—Con una amiga.
—¿Quieres que te acompañe a la estación?