Otro Mundo

XVI- Ciclo sin fin.

—Ha estado involucrada en muchos casos últimamente, señorita. Tiene un don para atraer problemas.

—¿Me río? —respondí tajante, mientras miraba fijo al oficial Volkov frente a mí. Llevaba sentada ahí poco más de una hora y su cara me empezaba a parecer terrorífica.

—¿Sabía que una de mis cualidades es hacer reír a la gente?

—Oficial, ¿Podríamos continuar con las preguntas? tengo cosas que hacer.

—Señorita Dragunova, ¿cuándo cumple los dieciocho?

—Muy pronto, en diciembre.

—¿Por qué su tía no estaba en su casa?

—Ya lo dije, oficial, está en un viaje de negocios. Pero se enteró de todo y adelantó su regreso.

—Mencionaste que estabas a cargo de una persona de confianza. ¿Por qué no estaba en casa?

Me aclaré la garganta y bajé la mirada para acariciar el puente de mi nariz.

—¿Qué clase de preguntas son estas? ¿Revisaron toda la casa? Ella estaba ahí, solo no la vieron.

—¿Por qué no salió a testificar ella?

—Porque fui yo la que estaba despierta, la que escuchó el sonido de los vidrios romperse y la que vio al grupo de chicos. ¿Por qué más sería? —hablé irritada.

—Creo que hemos terminado por hoy.

En cuanto dijo eso, me levanté de la silla, pero su llamado me hizo voltear a verlo nuevamente.

—Señorita, tenga —me extendió un papel—. Ha vivido muchos eventos traumáticos últimamente, sería bueno que lo considere.

Asentí mientras tomaba el papel, me di media vuelta y mientras ycaminaba hasta la puerta, leí la pequeña tarjeta:

Psic. Amera Petrova

8 (343) 879-43-62

¿Una psicóloga? No era mala idea, pero no tenía dinero para pagar tales sesiones.

Caminé por el pasillo que me parecía infinito y ahí estaba Yaroslav. Estaba ojeroso y su cabello rubio se veía grasoso. Tenía un abrigo fino de cuello alto, guantes negros y un calentador del mismo color. Tampoco me detuve a fijarme mucho en él, porque en cuanto me vio, se levantó y caminó a mi lado, acompañándome... o bueno, más bien siguiéndome a la salida.

—Airi, tenemos que hablar.

Seguí caminando hasta pasar la gran puerta de cristal, pero no pude acelerar mi paso gracias al montón de nieve que había en el suelo. Por primera vez, odiaba la nieve.

—Airi, por favor.

Me volteé y se detuvo frente a mí. Su rostro reflejaba culpa y sus ojos grises estaban apagados.

—¿Qué pasa, Yaroslav?

—¿De verdad quieres que nos vayamos?

—¿Para eso me acompañaste?

—No —negó, llevándose sus manos a la cara, frustrado—. Agh, mierda... es que, ¿cómo lo digo?

—Diciéndolo —respondí, encogiéndome de hombros.

—Quiero que estés bien. Queremos que estés bien. No hay problema en que nos vayamos, pero te quedarás sola con esos dos y...

—¿Te asusta lo que me puedan hacer Gleb y Pavel?

—¡Sí! Eso, no me dan buena espina. Deja que nos quedemos contigo un tiempo más.

—Es un no, Yaroslav. Tú no lo entiendes. Y estoy segura de que solo quieres estar ahí porque te has metido en algo y no quieres que tu mamá se entere.

Sus ojos se abrieron de par en par, pero no parecía sorpresa, más bien... ¿indignación?

—¿Crees que no me he dado cuenta? Últimamente llegas tarde a reuniones de la pandilla o te desapareces por horas.

—¡Solo una vez llegué tarde! —su dedo índice se alzó en el aire—. Además, tú me mentiste primero, dijiste que dormirás y te quedaste despierta.

Su respuesta me desconcertó y no entendía cómo podía reclamarme por eso.

<<¿A ti que te importa?>>

—Creo que es la peor respuesta que me podías dar ¿Reclamarme por no dormir? ¿Qué piensas tú? — solté totalmente indignada, y sin esperar respuesta, me di la vuelta en camino a la calle para tomar un taxi.

Sentí su agarre en mi muñeca, pero no era un agarre fuerte o desesperado, era suave. Un agarre suave porque él sabía que, aun llamándome en un hilo de voz, lo escucharía.

—Solo te pido tiempo. Apóyame un tiempo más. Te prometo que no es nada malo.

Su mano se zafó de mi muñeca en cuanto volteé.

—¿Nada malo? —pregunté exaltada—. ¡Yaroslav! ¡Rompieron los vidrios de la casa!

—Eso no tiene nada que ver con nosotros, te lo aseguro —suplicó.

—Ah, ¿no? ¿Entonces con quién? — pregunté altiva. Me enojaba su manera de ver las cosas. Mi casa había sido destruida y él solo decía que no era nada malo.

—No lo sé, pero lo averiguaré.

Me di la vuelta para irme, ya no quería discutir, y menos con Yaroslav.

—Airi, ¿y si tienes pesadillas? No quiero dejarte sola, permite que yo me quede contigo.

Su agarre volvió, pero esta vez jalándome hacia él. Me abrazó, pero no lo correspondí.

—Airi, sé lo que sientes. Permíteme ayudarte.

Besó la coronilla de mi cabeza y sentí calor, aunque estábamos rodeados de nieve. Pero no daría mi brazo a torcer tan fácil.

—Déjame pensarlo, ¿sí?

—Está bien, eso me basta —dejó de abrazarme—. No gastes en taxi, vamos en mi moto.

Asentí y nos dirigimos atrás de la estación, donde había un pequeño parqueadero con tejado.

El camino fue corto, podría decir que menos de un minuto, pero se sintió una eternidad.

Cada vez sentía los sonidos más cerca y más fuertes. Las pisadas en la nieve se sentían como caminar sobre madera vieja.

—Yaroslav —detuvo su paso y volteó a verme—. ¿No te da miedo?

—¿Qué cosa?

—Que los vean manejar motos siendo algunos menores de edad. Eres el líder, deberías de protegerlos.

—No es tanto así. Con un par de billetes podemos evitar a los guardias de tránsito.

Eso me lastimó. No porque pudieran tener un accidente, sino porque sonaba irónico el hecho de que sobornen a los policías sabiendo que, gracias a eso, mi caso quizá no se había tomado en serio.

Retomamos nuestro caminar entre los carros que estaban parqueados, acercándonos a la moto.

—¿Eso no es ilegal?

—¿Crees que vivimos en un mundo legal? — su respuesta tajante me hizo mirarlo de golpe, pero como estaba delante mío, no lo notó.




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