Otro Mundo

XVII-Difícil decisión

Era tan difícil decirlo, tan difícil sacarlo, lanzarlo, aceptarlo.
El hecho de que ellos se iban de mi vida, que yo lo estaba haciendo, los estaba alejando.
Que les estaba dando la espalda cuando ellos siempre me ofrecieron la mano, el hombro y el cuerpo completo para sostenerme cuando me tambaleaba.
Me sentía nerviosa, impaciente. Clavaba mis uñas en la palma de mis manos. Mi porte era firme, pero yo, por dentro, caminaba sobre una cuerda floja.

—Chicos, creo que es hora de que se vayan.

Yaroslav bajó la cabeza. Estaba segura de que él sabía que les iba a decir eso, que les iba a pedir nuevamente que se vayan. Pero ya no solo era por mí, era por mi tía, por Lev.

—¿Nosotros también? —preguntó Gleb.

Lo miré directo a los ojos, sus cejas levantadas en señal de pregunta y su mano sobre su pecho, señalándose a sí mismo.
¿Qué podía hacer? Si los dejaba quedarse, sería injusta con mis amigos, pero ellos ya conocían mis razones.

—Creo que sí... —susurré, casi queriendo que no me hayan oído.

—Bien, nosotros nos quedaremos. Ustedes —pausó un momento mientras se levantaba del sillón—, pueden ir a dormir a la calle o no sé.

Su frase me indignó demasiado, y no me di cuenta en el momento en que me levanté.

—¿Con qué derecho le hablas así? —pregunté, levantando mi voz.

Me volteó a ver con el ceño fruncido, claramente confundido.

—¿Por qué los defiendes, Airi? ¡Por su culpa tu casa fue vandalizada! —me gritó, mientras señalaba los ventanales donde ya hacían los cartones.

Quería defenderme, hablarle, gritarle, darle la contraria. Pero no podía, no sabía por qué.
Hace un par de años hubiese dicho un montón de insultos y hubiese defendido a mis amigos hasta la muerte.
Pero ya no, ya había cambiado, y con ese cambio, la Airi del pasado se fue.

—¡No le hables así! —brincó Alexei.

No podía detener nada, no podía evitar que pasara una pelea en ese mismo momento, no podía hablar.

—¿Quién eres tú para decirme qué hacer? —gritó aún más fuerte. Su grito me hizo pegar un brinco por lo fuerte que fue.

Empecé a temblar levemente, clavaba mis uñas aún más fuertes en mis palmas y no podía mantener la vista estable en algo o alguien.

—Gleb, ya basta, no vale la pena —el tono de Pavel era suave, intentando calmar el ambiente, o mejor dicho, a Gleb.

South miró desconcertado a Pavel por lo que dijo. Y en el momento en que Rurik iba a decir algo más, mis ojos se llenaron de lágrimas, una tras otra, salían sin control.
Nikolai se levantó de golpe y se apoyó en mis hombros para que me volviera a sentar. En ese momento ya no escuchaba nada más, solo sentía las lágrimas mojar mi rostro.

Me sentía inútil.

Veía cómo Gleb discutía con Alexei y Yaroslav.

Nikolai estaba frente a mí junto a Leonid. Me hablaban, me llamaban, pero yo ya no escuchaba nada, ya no los sentía cerca.
La ansiedad me empezó a consumir más y más, y en algún punto, me desmayé.
Solo recuerdo escuchar mi nombre repetidas veces antes de cerrar los ojos y dejarme abrazar por los brazos de Rurik.
Me sentía una inservible, y cómo no, si para todo necesitaba a otras personas. No podía tener justicia por mí misma, no podía hacer nada por mí misma. Nada, absolutamente nada.

Si sentía que me quemaba una vez más en aquel fuego interminable, algo, o más bien alguien, me daba fuerzas para correr hasta el agua y calmar el dolor de mis heridas.
Pero esa vez las fuerzas me faltaban, el aire escaseaba de mis pulmones, y algo me agarraba de atrás para evitar que corriese y me libere de aquel humo abrumador.

Pero aún no.
Aún podía nadar más.

Abrí los ojos lentamente, como si me pesaran.
Miré alrededor y pude notar que no estaba en mi habitación, y conocía muy bien en cuál estaba.
Escuchaba disparos, y cada sonido me recordaba a un cuchillo caerse. Y aunque el sonido paraba, seguía en mis oídos como un eco.
Moví la cabeza para verlo jugando en su teléfono.

—Amor, qué bueno que ya despertaste. Estaba asustado.

Escuchar su voz en ese momento me dio fuerzas, pero verlo ahí, con su semblante preocupado, me debilitó.
Mis ojos empezaron a lagrimear e hice un puchero.

—Ven acá, amor. Tranquila.

Estiré los brazos y me acercó. Recosté mi cabeza en su pecho y me permití llorar escandalosamente.
Sentía sus dedos entre las hebras de mi cabello y era tan relajante que quería volver a dormir.

—¿Estás comiendo bien?

—¿Por qué lo preguntas?

—Siento que el estrés te está debilitando. Ya me contaron lo que pasó.

—¿Crees que deba pedir ayuda?

Sentía cómo mis lágrimas mojaban su camisa y se empezaba a transparentar el color blanco.

—¿A la policía?

Alcé la cabeza y lo miré irónica. Él bajó la mirada y me miró confundido.

—¿Qué?

—A una psicóloga.

Volvió a recostar su cabeza y yo hice lo mismo en su pecho. Se quedó en silencio unos segundos y gracias a eso, dudé de lo que había dicho.

—Creo que es buena idea, te darán un apoyo que ninguno de nosotros te podríamos dar.

Su voz era firme, pero se escuchaba duda, como si no estuviera muy convencido.

—Airi, creo que deberías ir con la doctora nuevamente.

—¿Tú crees?

—Quizá el desmayo se debió al golpe que habías recibido o algo así.

Eso no lo había considerado, y podría haber tenido razón, pero tampoco lo pensé mucho.

—¿Qué te dijeron los policías? —volvió a hablar.

—Pues me pidieron mis datos personales y... ¡Cierto! Di los datos de tu mamá.

En cuanto dije eso, me senté a su lado, aún con mis manos encima de su pecho.

—¿Por qué diste los datos de mi mamá? —inquirió confundido y burlón.

—Es que dije que mi tía está en un viaje de negocios —jugaba con mis manos mientras lo miraba nerviosa—. Y dije que estaba al cuidado de tu mamá.

—Bueno, no creo que le importe mucho.




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