Ovcharka

III

«Mientras más lo recuerdo, más me hundo»

Pensaba, mientras mantenía los brazos cruzados sobre el banco y ocultaba su cara ahí. Una de las profes que tomaba las clases preguntó por Oleg.

—¡No ha venido desde la semana pasada! —Contestó uno.

—¡Yo lo ví en un parque! —Dijo otro.

—No va a venir más —Agregó alguno de los que estaban en el fondo.

Pero era algo que casi ninguno sabía. Solo Fyodor y Maksim sabían la verdad del asunto, pero no abrirían la boca. Soltarían una que otra mentira improvisada pero jamás sobre la atrocidad cometida. La profesora escuchaba atentamente y miraba hacia aquél banco vacío en donde alguna vez hubo uno de los mejores alumnos de su materia, matemáticas.

Dirigió su atención a Mak. De seguro podría darle una respuesta coherente a las faltas de Oleg.

—Maksim, ¿Usted sabe que ha ocurrido?

Maksim levantó la mirada hacia la mujer. Ella ya sabía que ambos eran unidos. Pero ahora veía al chico de cabellos castaños oscuros mucho más apagado, desanimado. Él estuvo decidido a responder pero Fyodor lo interrumpió.

—Tuvo muchos problemas familiares, profesora. Por ahora, él quizás no venga por eso mismo —Mintió. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

Maksim no tuvo otra opción que asentir cabizbajo. La mujer se sintió preocupada por eso. Miró al techo, como pidiendo a los cielos el favor de que su alumno volviese bien. Luego, regresó a tomar clases comúnmente, como siempre lo ha hecho.

Maksim todavía se sentía mal. Había perdido a su mejor amigo, el que le había confiado uno de sus más grandes secretos. Y ahora se sentía como un idiota. Rey de los idiotas. ¿Dejar que lo estrangularan? Una traición profunda. Debió cerrar la boca. Apretó el puño en su banco, intentando ocultar sus ganas de largarse de ahí mismo. ¿En qué mierda había pensado cuando le confió a Fyodor? ¿Una forma de librarse de Oleg? ¿Una manera de ocultar lo que él mismo sentía también? Un sentimiento tan erróneo, una emoción que condena. Tal vez por eso mismo había decidido aquello: esconder también su propia condena.

Odiarse así toda su vida.

Ovcharka.

Fyodor, por su lado, con esa sonrisa maliciosa de a veces y la mirada gélida en ciertos casos. Se ganó el miedo de todos estando ahí. Hacer las cosas con exactitud y delicadeza. No sé arrepiente de haber hecho eso. Como cualquier otro chico de la época, le habían plantado aquella ideología. Matar a los que no están en aquél círculo de igualdad, que los hacía seguir órdenes "correctas".

____________

El chico acariciaba el Ovcharka, el cuál se acostaba en la nieve recibiendo el cariño del muchacho. Los ojos marrones oscuros expresando el gran afecto hacia el perro, a pesar que su rostro esté serio. Aunque en realidad estaba más pensativo de lo común.

Ese día en que su Pastor Caucásico se soltó y corrió hasta aquél lugar le dejó pensando mucho. Al haberlo seguido solo encontró dos chicos, uno que respiraba bruscamente y el otro simplemente traumado. No había dicho nada allí, solo buscó al Ovcharka y se retiró.

—¿Qué fué lo que habías oído o visto ese día, Ludwig? —Le preguntó casi en la oreja.

Obvio que el perro no contestaría pero al menos una respuesta en sus ojos que dejara claro todo. Dió un suspiro, como diciendo: "está todo tan complicado".

—Ludwig... —Dijo con su acento alemán —. Ludwig... —Volvió a repetir pero si poder lograr salirle otras palabras.

Las cosas que quería decirle y preguntarle al Ovcharka en ese maldito instante. ¿Qué había ocurrido ese día? Si el perro lo sabía, ¿Quién se lo diría? Se abrazó al animal peludo como un oso. Con la mirada perdida, pero un cariño inmenso. "Te quiero tanto como un hermano, Lud" dijo en un pequeño susurro. "Como un hermano que nunca tuve..." Terminó agregando.

—¡Konrad! —Lo llamó una chica un año mayor que él.

Él no se movió de su lugar. Siguió abrazando a su Ovcharka con fuerza. La muchacha se le acercó con pasos acelerados.

—Te quieren ya presente —Dijo ella con tono autoritario.

Konrad no obedeció.

—¡¿Quieres que te partan un plato por la cabeza?! —Le preguntó agarrándolo del brazo con brusquedad —. ¿Has visto el desastre que dejaste en la cocina? Por eso es que los hombres no pueden estar ahí.

El chico no dijo ni una palabra mientras la jovencita lo llevaba hasta la casa tironeándolo. El perro los siguió con calma, con la lengua afuera.

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Oleg se encontraba lejos de ser alguien normal. O eso mismo pensaba en ese instante en que estaba acostado en su cama ya de regreso.
Observaba una y otra vez la ushanka que Maksim alguna vez le regaló. Obvio no quería deshacerse de eso, pero todavía dolía recordar todo aquello que pasó. El trauma que lo marcará de por vida.

En ese preciso momento quería un pequeño consuelo de sus recuerdos. Quería concentrarse en alguna otra cosa. Las veces que con Mak se entendían; los días que compartió con él; esos momentos en donde hizo que se le apareciera un hormigueo. Podría haber sido su romance secreto perfecto. Pasar el rato los dos juntos como si fueran amigos pero que en realidad compartían una pasión interna. Pudo haber sido algo sempiterno. Noches compartidas, de la mano, contando las estrellas.

Fueron unas hermosas fantasías en su momento pero ahora estaban todas rotas por la desilusión. Había creído tontamente que cosas así podían pasar. Pero se dió cuenta que solo entre hombre y mujer podían pasar cosas bellísimas. De hombre a hombre no era nada posible.

—¿Oleg? —Su madre abrió la puerta.

Él la miró de reojo.

—Es hora de cenar, hijo —Dijo y se retiró.

El chico se sentó en su cama. La cena ya estaba lista e iría. Aunque en realidad sus ánimos ya no estaban en él.

Se presentó en la mesa, con silencio.

—¿Cómo te ha ido hoy? —Le preguntó su padre.

—Bien —Respondió seco, con la mirada fija en el plato.




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