Ovcharka

VI

Esos recuerdos lo estaban matando. Era madrugada y no podía dormir. Se sentó, agarrándose la cabeza. Respirando brusco, con miedo, reviviendo en su mente cada golpe, cada grito. Las risas, el orfanato... Ludwig lo miró, levantándose. Comprendía que Konrad tenía traumas aún. Quizás por eso mismo se acercó y apoyó su cabeza en la pierna. Lo miraba con esos ojos oscuros, como si preguntase si estaba bien.

Konrad lo acarició un momento, tratando de calmarse. A su único amigo, al único en quien confía. Se levantó con cuidado de no hacer ruido, mirando hacia la ventana. Se dirigió allí con pasos silenciosos, haciendo la cortina a un lado. Afuera, la noche estaba despejada. Estrellada, con la luz argentada de la luna bañando la nieve, dando un toque de ensueño. Se quedó ahí, observando con atención los puntos luminosos de la distancia. El perro se sentó a su lado, compañero hasta en silencio. Konrad suspiró, bajando la mirada hacia el Ovcharka. Señaló con el índice afuera, a las estrellas. Ludwig ladeó la cabeza.

—Ellos me cuidan allá —Murmuró el muchacho —. Todos me cuidan. Mi mamá... Papá... Friedrich... Wilhelm.

Volvió a prestar atención al cielo. Mientras una pequeña lágrima corría por su mejilla. No se la secó, razones no quedaban para quitarla. Las cosas que sucedieron fueron ineludibles, dolorosas en su punto más alto. Ludwig al parecer, no lo entendía perfectamente aún. Con esa tranquilidad suya de siempre, leal, quieto. Konrad, verlo, le hacía recordar una palabra que alguna vez leyó en un libro.

Atarxia.

En el momento no supo el significado, por eso había recurrido a preguntar a alguno de los que trabajaban en el orfanato: Una calma profunda, sin un ápice de perturbación. Tal cual el Ovcharka. Porque claramente ¿Qué puede perturbar a su Ludwig?

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En la madrugada le había dado sed. Se ganaba un tiempo, ya que en verdad ganas de dormir no tenía. Porque si dormía tenía pesadillas con lo ocurrido, y eso lo seguía asustando aún.

El vaso lo llenó con agua y tomó con lentitud. De forma tranquila, sin apuros. Hacía cierto ruido al tragar pero no molestaba a nadie porque estaba él solamente despierto.

O tal vez no. El sonido de pasos chuecos hacia la cocina, con calma. De a poquito se asomaba allí la cabeza de su madre, sin bastón. Con los cabellos claros revueltos y desordenados. Le costaba mucho caminar, ya que recientemente se había lastimado muy mal la pierna.

Oleg la miró llegar.

—Mamá, ¡No forzes tu andar! —No podía evitar regañarla, bajito, preocupado.

La mujer no dió ni una palabra al respecto. Solamente sacando el agua que estaba en aquella botella de cobre y sirviéndola en el vaso con calma. Temblando un poco de frío. Tomó, con la mano casi inestable. Pronto, sin que su hijo lo esperase, apoyó el objeto con brusquedad contra la mesada. A Oleg le pareció por un momento que se pudo haber roto el vidrio.

—Oleg, a dormir —Dijo solamente, sin mirarlo siquiera.

Al chico le recorrió un escalofrío, y decidió no desobedecer. No sin antes ayudarla a irse a la habitación. Después de eso, volvió a su cuarto, cerrando la puerta para luego apoyar su espalda ahí. Bajó de a poquito, deslizándose. Se abrazó a sus rodillas con fuerza, con el silencio y la oscuridad de única compañía abrumante. Cuando todo lo que tenía se había desvanecido. Cuando todo parece haberse ido en su contra. Cuando ya no había nadie quien le diese consuelo...

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Ahora dormía como bolita. No era como antes, cuando dormía como papel arrugado, con las extremidades para cualquier lado. Ahora dormía como si algo le faltase, como si le hiciera falta la compañía de alguien. Y el sabía exactamente de quién. Porque hubieron madrugadas de ambos en las que salían a caminar como si nada, hablando y contándose ciertas cosas. Y las veces que él iba a su casa, y aunque durmiese en cama aparte, podía sentir el calor de su mano con la suya, sin pena, sin miedo. Pudieron seguir así, pero durmiendo aunque sea unos minutos uno al lado del otro, entre risa y risa, susurro y susurro.

—Soy un idiota —Se dijo a sí mismo.

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El silencio completo de la casa, pero ellas seguían despiertas. La mayor con una taza de café y la más chiquita con un té. Aprovechando de que al día siguiente no tendrían clases, podían hacer aquello sin ningún inconveniente. Alina ya se había acostumbrado a quedarse despierta de madrugada a pesar de su poquita edad. Anna tomaba una que otro sorbo mientras conversaban entre ellas.

—¿Y Darya? —Preguntó la niña, tomando un pequeño sorbito.

—Oh, ella continúa su vida. El padre continúa trabajando en esa fábrica, la que te he señalado el día que visitamos la casa de la familia Smirnov —Explicó con una sonrisa.

—Si, lo recuerdo —Dijo Alina —. ¿Cuando los visitaremos de nuevo? Vasilisa había sido muy buena conmigo, la extraño.

—No lo sé. —Anna fué sincera —. Solo fuimos ese día para poder ayudar a coser. No creo que me llamen de nuevo.

La niña puso cara triste. La chica le acarició la cabeza, dando consuelo.

—Calma, luego la verás.

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Darya, por su lado, sentada en una banca. Con frío, temblando. Su padre a ésas horas ya debería estar saliendo de trabajar. Era agotador aquél trabajo, pero no quedaba otra. Se estaba congelando prácticamente, hasta el aire que respiraba estaba helado. Pero todo sea por esperarlo...

El hombre, al salir, vió a su hija en la banca, con la piel casi lívida. Sin poder aguantar más el frío intenso. Sintió mucha pena por ella, porque lo tenía que esperar, sin importar cuánto tiempo bajo la nieve esté. Porque ella lo iba a estar.

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Sentado al borde de la cama, Nikolai y Daniil ya durmiendo, tranquilos, a salvo. Eso le alegraba mucho, sabiendo que durante el cuento que les leyó antes de dormir resultó para que ellos no oyeran como su propio padre ahorcaba a su madre. Ahora no habían gritos, ya no se escuchaba nada. Pero ese silencio significaba la pérdida. No lloró, ni tampoco quería hacerlo. Ahora debía intentar salir adelante con sus hermanitos, de alguna forma escaparse de ahí. Total ya sabía las cosas básicas para poder sobrevivir solo, únicamente faltaría un techo. Una casa cómoda para los tres, sin gritos, sin golpes, sin sorpresas.




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