Oxígeno

OXÍGENO

La noche no estaba fría, tampoco tibia, pero una sensación embargaba el pecho. Acostados sobre el césped, a eso de las siete de la noche, en un pequeño monte lejos de las luces citadinas, dos chicas y tres chicos, mirando hacia la luna, cautivados por su luz, hablábamos de nuestras fantasías.
—Qué hermoso sería conocer la luna —decía María Carmen.
—Yo de grande seré dueño de algún terreno en la luna —exclamaba Roberto.
Yo solo pensaba en cómo podría ser la vida en aquel lugar. ¿Será mejor que la vida en la Tierra? La Tierra me hacía sentir monótono. Pero pensar en la vida en la luna… eso, eso aceleraba mi corazón.
Los niños y los jóvenes, siempre alucinando con la vida, en sueños imposibles y en cálculos sin matemática. Pero ¿quién sabe? Tal vez, de verdad, en el futuro alguien pudiera hacer realidad alguna de esas locuras…

Treinta años más adelante…

—Ese hombre ha logrado que cualquier persona, ahorrando lo suficiente, tenga un boleto para tomar un vuelo planetario. Ahora no sé si es una bendición o una maldición para la humanidad.
Yo volvía a pensar en cuando era niño y hablaba sobre la luna con mis amigos, y ahora era una realidad. Sin mencionar que me palpitaba fuerte el pecho. Me puse mis tenis, mi mejor traje, y salí a tomar el tren.
Por la ventana del tren podía ver, a lo lejos, las estaciones de vuelos planetarios. Había tanta demanda que las filas se asemejaban a las de los hospitales públicos.
Un amigo llamó a mi teléfono.
Era Roberto.
—¡Mailo! ¿Dónde estás? —dijo apurado.
—En el tren. Voy a la estación 25. Tengo una entrevista de aceptación y control para ver si califico para los viajes planetarios.
—Antes de que te vayas a la oficina de control, te estaré esperando en la esquina. Tengo algo que mostrarte.
Colgué mientras miraba alrededor a las personas y sentí molestia al verlos tan cuadrados, todos vestidos de traje entero y zapatos de charol.
Llegado a la estación, un automóvil rojo tipo vocho me hacía cambio de luces. Me acerqué y era el bobo de Roberto.
—Ven, móntate.
—Ya te dije que tengo una cita, necesito ir.
—Entra, ocupo que veas algo. Solo diez minutos.
Entré en su feo auto. Cerró las ventanas, arrancó y fuimos a dar una vuelta.
—Me estás haciendo perder tiempo, Roberto. Voy a bajarme aquí.
Roberto giró en una calle solitaria y empezó a acelerar. Sentí miedo y le gritaba. Pero cuando más miedo sentí, el auto empezó a elevarse. Empezó a surcar los cielos.
Se trataba del nuevo Aviomóvil. Aquel hombre que había inventado el ir a la luna también empezó a sacar este tipo de vehículos. Bajamos a tierra de nuevo y me dijo:
—¡Mailo! ¡Sí se puede respirar allá arriba!
—¿De qué estás hablando, Roberto? —le dije totalmente extrañado e incómodo.
—Llevé el Aviomóvil hasta lo más alto. Viene equipado con cabina presurizada con oxígeno, pero no la activé. Subí hasta llegar lo más afuera y todavía pude respirar. Las alertas del auto empezaron a sonar y el piloto automático se activó y me hizo regresar. Pero, Mailo… pude respirar.
Yo quedé pasmado. ¿Será que todo está planeado? ¿Nos han engañado? ¿Y si vamos a la luna, podremos respirar?
Me sequé la cara con el pañuelo. Sudaba frío. Tembloroso le dije a Roberto que debía irme. Me bajé y fui a la entrevista.
Al llegar al lugar, todo estaba pintado de blanco. Largos pasillos y paredes altas de concreto. En medio del gran salón, una tiquetera automática. Tomabas la ficha y a esperar en alguna de las sillas plásticas, si es que encontrabas espacio.
Mi número: 1987.
La pantalla decía 1920.
Esbocé un suspiro largo. Rótulos en todos lados decían “Guarda silencio”. El toc toc del traqueteo de los zapatos de charol se escuchaba cada vez que la pantalla cambiaba de número.
Finalmente, la pantalla mostró el 1987. Entré por una puerta pesada de cristal. El entrevistador era un hombre de saco y corbata, con lentes cuadrados como su vida misma. Peinado de medio lado y cabello bien recortado.

—¿Edad?
—¿Peso?
—¿Estado civil?
—¿Trajo su estado bancario?
—Sí, aquí lo tiene —dije pausado, dándole la hoja sellada por el banco.
—¿Por qué quiere viajar? —dijo tajante.
Balbuceé un poco, pero respondí:
—Ha sido mi sueño desde niño.
Frunció el ceño y arrugó el rostro en señal de asco. Fue evidente. Entonces recordé las palabras de Roberto.
—Además quiero ver terrenos, para poder invertir.
La cara le cambió de inmediato. Incluso sonrió. Tomó su sello y marcó la hoja.
—Que tenga buen viaje —dijo.
El día llegó. Los amigos que soñaban nos reunimos. Después de varias llamadas, los cinco estábamos ahí. Nos montamos en la nave y subimos, subimos y subimos.
Al llegar a la superficie lunar, el piloto dijo:
—Lo que vean y sepan no pueden decirlo. Cuando firmaron el compromiso, hay una cláusula: pueden pagar con su vida si revelan lo que hay aquí.
Las dos chicas pidieron bajar antes del pueblo. Querían hacer motocross sobre las arenas de la luna. Abrieron la escotilla. Increíblemente, podíamos respirar. Bajaron sonriendo.
—¿Por qué podemos respirar aquí?
—Si cuentan algo de esto, saben lo que les espera —dijo el piloto.
Y sí, era respirable, pero toda la emoción se iba apagando en mi pecho. El aire se sentía pesado, caliente. Estorbaba.
Pedí, por favor, que prendieran el oxígeno de vuelta.
Llegamos a la ciudad. Entramos a las pequeñas habitaciones. Por la ventana, el pueblo se veía frío. La vida apenas se percibía, y yo ya no sabía si de verdad vivía.
Entonces entendí que, aunque podía respirar, necesitaba aquello que había despreciado tiempo atrás.
Porque eso…
eso sí era vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.