Paccieri 9501

Las Herederas

Pasaron dos semanas.

Ya era 23 de julio.

Su abuela seguía en la cama.

Con oxígeno.

Ya no hablaba.

Ya no abría los ojos.

A veces...

Dejaba caer lágrimas.

Nada más.

Todos decían lo mismo:

—Esta es su última semana…

Pero no.

Ella no quería morir.

Nadie sabía porque...

Pero seguía resistiendo.

Pasaron 2 semanas más.

Hasta que llegó el 6 de agosto.

En la madrugada

A la 1:00 am.

Paso lo inevitable.

Murió.

Justo el día de Bolivia.

Mientras todos celebraban en la plaza los 200 años…

Ella se fue.

Todos quedaron en shock.

Su mamá salió corriendo hacia la casa de la Paccieri.

Nicolás se quedó.

No lo dejaron ir.

Al día siguiente fue el velorio.

La gente llegaba…

La miraba...

Le decía unas palabras...

Y se iban.

Nicolás estaba ahí.

Solo.

Veía cómo todos hablaban con sus amigos, reían, se acompañaban.

Él no.

Ni siquiera pudo invitar al único amigo que vivía en ese país que tenía.

Así que hizo lo único que podía hacer.

Mirar su celular.

Paso una hora.

Dos.

Tres.

Llegaron las 5 de la tarde.

La gente comenzó a irse.

Hasta que solo quedaron algunos…

2 primos.

Álvaro y Luciana.

Fue entonces…

Que algo cambió.

No tenía relación con sus primos.

Le llevaban 10 años.

Pero esa vez...

Se sentaron a hablar.

Sin presión.

Sin adultos.

—Oye… —dijo Álvaro— ¿tú sabes la historia de la casa Paccieri?

Nicolás dudo.

—Un poco… creo que la construyeron mis tías… o algo así…

Álvaro negó con la cabeza.

—No.

Hizo una pausa.

—La casa es mucho más antigua.

Nicolás levantó la mirada.

—A finales de 1800… o inicios de 1900… nuestros bisabuelos, Lola y Roberto, la construyeron.

—Tuvieron cinco hijas.

—Todas mujeres

—Mery… María Luisa… Bety… Martha… y Charo

Nicolás escuchaba en silencio.

—La familia creció… pero todos seguían ligados a esa casa.

—Ahora… —dijo Luciana en voz baja— solo quedan dos herederas.

—Bety… y María Luisa.

—Pero María Luisa… ya no está bien.

El ambiente se volvió pesado.

—¿Y eso qué tiene que ver? —preguntó Nicolás.

Álvaro miro al pasillo.

Oscuro.

Silencioso.

Luego miro de nuevo.

—Que...

—están empezando a pasar cosas en la casa.

Nicolás sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Qué cosas?

Nadie respondió.

Solo se miraron entre ellos.

Como si no supieran…

si debían decirlo.

O si ya era demasiado tarde.




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