Paciente 314

Capítulo 18: Donde comenzó todo

El aire del Aguán era denso, húmedo, cargado de verdades que nadie decía en voz alta. Cuando Tadeo tenía doce años, entendió que el silencio era la mejor forma de sobrevivir. Su padre, Ramiro Torres, era uno de los hombres de confianza de Don Nicolás Lamorte , cabeza del Clan Lamorte. Pero eso no le impidió terminar con un disparo en la sien, arrojado como perro detrás de un galpón en Tocoa.

Tadeo lo encontró primero.

Desde entonces, dejó de ser niño.

La familia Lamorte no pidió perdón. Le ofrecieron un trabajo. Y él aceptó.

Primero fue mensajero, luego corredor, luego escolta. Cuando cumplió los diecisiete, ya había matado a un hombre por orden del Clan. Era eficiente, callado, leal. Eso le ganó la mirada de Don Sebastián , el segundo hijo de Nicolás. Sebastián era cruel, inteligente y retorcido. Y vio en Tadeo no solo a un ejecutor, sino a un posible heredero de los trabajos sucios que ni los Lamorte querían firmar con su nombre.

Pero lo que Tadeo nunca entendió fue por qué Sebastián se obsesionó tanto con controlar todo lo que tocaba... incluyendo a las personas. Y entre ellas, una doctora del DF que había llamado la atención de Tadeo durante un operativo de encubrimiento en Medellín. Estaban escondiendo a un aliado del Clan, herido, y necesitaban un médico que no hiciera preguntas. Ella fue una de las internas de turno.

Cora Castillo.

Tadeo la observó. No dijo nada. Pero no pudo dejar de mirar la forma en que ella tocó al paciente, cómo hablaba con respeto, cómo se quedó después de su turno para asegurarse de que el hombre no muriera. Aun sin saber quién era.

Cora tenía principios. Algo que él ya no conocía.

Y Sebastián también la notó.

—Está bonita la doctora, ¿no? Lástima que esté tan fuera de nuestro mundo —dijo Sebastián una noche, mientras fumaban detrás de una casa de seguridad.

Tadeo no respondió. Pero Sebastián lo miró, largo.

—Ojo con lo que mirás, hermano. Lo que yo deseo, se queda conmigo o se muere.

Ahí nació el miedo.

Y el conflicto.

Tadeo comenzó a seguirla por su cuenta. A cuidarla desde lejos. A borrar nombres de listas cuando alguien mencionaba al DF. A crear una red de silencio para que el Clan no supiera que ella seguía viva y libre.

Pero ahora todo se estaba desmoronando. Sebastián había visto su debilidad. La había olido. Y eso, en su mundo, era una sentencia de muerte.

Porque ahora, el Clan Lamorte no solo quería controlar rutas, armas y territorios.

Ahora querían controlarla a ella.

Y Tadeo no iba a permitirlo.

No otra vez.

Desde el otro lado del mar, Paula revisaba una foto vieja en su celular. Era de su último año en la facultad. Ella, Cora... y en el fondo, una figura casi imperceptible, medio desenfocada.

—Tadeo... —susurró.

Ella lo había conocido antes. En otra vida. En un tiempo donde creía que entender a alguien oscuro podía salvarlo. No lo había contado nunca. Ni siquiera a Cora.

Pero ahora lo entendía.

Él había vuelto. Y esta vez, traía al infierno con él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.