Cameron Castillo no dormía bien desde hacía semanas.
Los planos del nuevo proyecto vial que debía supervisar en el occidente de Honduras habían llegado con modificaciones sospechosas. Expropiaciones injustificadas. Empresas fachada. Firmas de contratistas que no existían. Y un nombre que se repetía en las sombras: Torres.
Él lo conocía como Tadeo Torres, el tipo al que había visto entrar y salir de reuniones turbias, el mismo que se movía con demasiada soltura entre alcaldes, empresarios y "funcionarios de seguridad".
Y el mismo que no podía quitarle los ojos de encima a su hermana.
Esa noche, Cameron estaba revisando un informe filtrado de forma anónima. Documentos cruzados entre el Clan Lamorte y la empresa que ahora se encargaría del pavimento del nuevo tramo. En los correos internos aparecía un nombre clave: 314.
Su sangre se heló.
—314... —murmuró, recordando que en los viejos tiempos de universidad, Tadeo usaba ese número como firma. Como apodo.
La conexión estaba clara.
Tadeo no solo estaba involucrado con los negocios ilegales en la zona. Era pieza clave del Clan Lamorte.
Y su hermana estaba en medio de todo, sin saberlo.
Cameron se levantó de golpe, tomó su celular, pero se quedó paralizado antes de marcar.
Cora no podía saberlo todavía. No hasta que él estuviera seguro de cómo protegerla.
Mientras tanto, en la clínica, Cora revisaba por quinta vez una carta sin remitente. Letras escritas con tinta negra, trazos suaves. Siempre venían con una frase confusa. La de esa noche decía:
"El fuego no avisa antes de arder."
Ya no se lo contaba a nadie. Ni a Paula. Ni a Cameron.
Había empezado a tomar clases de defensa personal, a portar un arma oculta bajo su chaqueta, y a investigar por su cuenta. Había anotado nombres, lugares, fechas. Y había empezado a leer sobre el Clan Lamorte.
No tenía pruebas. Solo un presentimiento.
Uno que le decía que alguien la estaba mirando desde antes de que todo comenzara.
Y que muy pronto, tendría que correr.