La carta estaba en el mismo lugar que las otras: sobre el escritorio, perfectamente alineada con la lámpara. Sin remitente, sin errores, sin huellas. Casi parecía escrita con guantes.
Pero esta vez, el mensaje era distinto.
Solo una línea, en tinta roja, como un susurro envenenado:
"Si sigues husmeando, vas a terminar como tu padre."
El corazón de Cora dio un salto tan violento que sintió náuseas. Se apoyó en la silla, respirando entrecortado. El arma que solía cargar desde hace semanas ahora no le parecía suficiente.
Su padre. Otra vez su padre.
Una grieta se abrió en su memoria. No era la primera vez que escuchaba algo así.
Era apenas un bebé cuando salieron de Honduras. Siempre le dijeron que fue por falta de oportunidades. Que México ofrecía un futuro mejor. Que su padre, albañil, y su madre, vendedora de tortillas, buscaron "algo digno".
Mentira.
Ahora lo sabía. No por lo que le dijeron... sino por lo que jamás le contaron.
Había algo más.
Lo supo al encontrar esa vieja caja en el fondo del clóset, una tarde después del primer anónimo. Dentro había fotos, documentos manchados por el tiempo, una postal vieja con una dirección tachada... y una hoja arrugada con una marca quemada en la esquina:
Una "L" trazada como con hierro al rojo vivo.
No había duda.
El Clan Lamorte.
Los Lamorte no olvidaban. No lo hicieron entonces, cuando ella era un bulto envuelto en mantas huyendo en brazos de su madre por la frontera sur. No lo hicieron ahora, tantos años después, cuando ella —la hija del traidor— volvía a caminar por Centroamérica vestida de médico.
Cora tragó saliva. Abrió el cajón inferior de su escritorio. Sacó su Glock, la misma que su instructor de armería le dijo que solo usara como último recurso.
Esto ya no era paranoia. Era herencia.
A unas cuadras, en un auto polarizado, Sebastián Lamorte la miraba desde una pantalla conectada a una cámara de tráfico.
—Mírala —murmuró, encendiendo un cigarro—. Ya está empezando a entender.
—¿Y si habla? —preguntó el otro hombre en el asiento trasero.
—Que hable. Nadie le va a creer. Su papá fue el primero en romper el pacto, en hablar de más, en pasarse al otro bando. Pero no fue suficiente con que huyera. Los Castillo tienen deuda con nosotros.
—Pero ella es solo una doctora...
—No. Ella es la hija del hombre que nos traicionó. Y lo que se hereda... se paga.
Esa noche, Cora durmió con la pistola bajo la almohada. En la mesita de noche, las cartas seguían acumulándose.
Cada una con más veneno.
Cada una acercándola más a la verdad.
Y más al pasado que sus padres juraron enterrar.