Paciente 314

Capítulo 22: Ojos en la sombra

Cameron nunca había sido paranoico.

Pero desde que Cora comenzó a recibir esas cartas, algo dentro de él no le permitía dormir tranquilo. Aunque ella no le había dicho nada directamente, la vio más tensa, revisando puertas dos veces, cargando esa mochila pequeña a todos lados... y lo supo. Algo andaba mal.

No le dijo nada a Cora. Ni a sus padres. Ni siquiera a Paula, aunque notó que ella también lo sospechaba. En cambio, decidió seguir su intuición.

Comenzó por revisar antiguos archivos del negocio familiar. Planos, contratos, permisos. Muchos de los primeros clientes de su padre —ya fallecido— eran nombres que le sonaban demasiado.

Incluyendo uno que lo congeló:

Lamorte Construcciones S.A.

Era una tapadera. Lo descubrió al comparar fechas y movimientos. Su padre no había sido solo un constructor; había estado vinculado, directa o indirectamente, a obras públicas asignadas con sobornos, lavados de dinero y conexiones con políticos que hoy estaban desaparecidos o muertos.

El apellido Lamorte lo siguió apareciendo una y otra vez. En sellos. En firmas. En pagos de los que nunca se habló.

Cameron entendió entonces: su familia nunca se fue por pobreza. Se fueron huyendo.

Dos noches después, lo vio por primera vez.

En el mismo bar donde solía encontrarse con proveedores, un hombre se sentó a dos mesas de distancia. Vestía elegante, pero con algo incómodo en los ojos. La seguridad de alguien que sabía más de lo que decía. Cameron no lo reconoció de inmediato... hasta que lo siguió afuera, discretamente, y vio cómo encendía un cigarro con un encendedor de oro que tenía una "L" grabada.

Lamorte.

—Bonita noche para hacer memoria —dijo el hombre, sin girarse.

—¿Nos conocemos? —preguntó Cameron, deteniéndose a unos pasos.

—Claro que sí. Tu papá y yo trabajamos juntos, hace muchos años. En Honduras. ¿O ya olvidaste de dónde vienes?

Cameron no respondió. El otro se giró finalmente. Sonrió. Su voz era tranquila, casi melancólica.

—Qué pena que una familia tan trabajadora como la tuya haya decidido romper el silencio. Dejar el país está bien... pero volver, eso es otra cosa. Algunos pactos no se rompen, Castillo.

—No estamos en Honduras —dijo Cameron, intentando sonar firme.

—Pero los fantasmas viajan, ¿no te parece? Te lo digo por tu hermanita. Se la ve tan valiente... tan sola.

Cameron dio un paso al frente, los puños tensos.

—Aléjate de ella. No tienes idea de quién soy.

—Claro que sí, Cam. Sos el ingeniero honrado, el hermano protector, el hijo del hombre que nos traicionó. Lo llevas en la sangre. Pero te doy un consejo: no metas las manos al fuego por alguien que ya está marcado.

Y sin más, el hombre se alejó. Cameron se quedó allí, viendo la figura desaparecer entre los autos, sintiendo un calor en la garganta que no era rabia. Era miedo.

Esa noche, marcó a Paula.

—Necesito hablar contigo —dijo sin rodeos—. Es sobre Cora... y sobre lo que está pasando.

—Ya lo sé, Cam. Yo también lo vi. Lo reconocí. Es uno de los Lamorte.

—¿Por qué no dijiste nada?

—Porque no sabía si tú te atreverías a creerlo. Pero ahora es tarde para quedarnos callados.

—Tenemos que protegerla. No importa lo que cueste.

—Sí —respondió Paula, bajando la voz—. Pero cuidado... los Lamorte no atacan sin plan. Si ya se hicieron visibles... es porque están listos para algo más grande.

En su apartamento, Cora limpiaba su arma por tercera vez en la noche, sin saber que las sombras se movían más cerca de lo que imaginaba.




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