El calor húmedo del mediodía le pesaba en la espalda, pero Cora apenas lo sentía. En la pequeña clínica improvisada, con camillas forradas con sábanas de tela recortada, y botes de alcohol en gel a medio llenar, su mundo era esa madre frente a ella.
La joven tenía apenas diecisiete años. El bebé en sus brazos lloraba con fuerza, el pañal mojado y una erupción en la piel que preocupaba a Cora.
—¿Hace cuánto tiene estas ronchitas? —preguntó con voz suave, sin dejar de sonreír.
—Desde antier, doctora. Pero yo no tengo dinero para medicina... sólo le he pasado cremita de sábila —respondió la madre, bajando la mirada.
Cora la tocó suavemente en el brazo.
—Lo estás haciendo bien. Estás haciendo todo lo que puedes. Y eso, a veces, es más que suficiente.
Mientras limpiaba la piel del bebé con agua estéril y revisaba los signos vitales, algo en la expresión de esa madre —el cansancio, el miedo, la ternura— le trajo un recuerdo que se deslizó como una ráfaga de viento en su pecho.
Su madre, la misma que vendía tortillas desde el amanecer, siempre tenía las manos calientes. No importaba si venía de lavar ropa o de amasar la masa, cuando la tocaba, Cora sentía que todo iba a estar bien.
Recordó una vez, tendría ella unos seis años, cuando despertó empapada por fiebre en la madrugada. Su madre la cargó, la envolvió en una cobija, y sin esperar a que su padre encendiera el carro, la llevó corriendo por las calles mojadas hasta la farmacia más cercana.
—No me vas a dejar, ¿verdad, mami? —le preguntó entre delirios.
—Nunca, mi amor. Nunca te dejaría —susurró su madre con la voz firme, caminando sin parar bajo la lluvia.
Volvió al presente con un nudo en la garganta. Tragó saliva. Respiró hondo.
—Tiene un poco de dermatitis por el calor, pero te voy a dar una pomada. Aplícasela tres veces al día, con las manos limpias. ¿Entendido?
La joven asintió, apretando al bebé contra su pecho.
—Gracias, doctora. Que Dios la bendiga.
—Dios me bendijo con poder ayudar —dijo Cora, entregándole la bolsita con la pomada y unas toallitas—. Y tú también eres bendecida. Mira ese niño: sano, fuerte... y tiene una madre valiente.
La madre sonrió con los ojos húmedos. Salió de la sala sosteniendo a su hijo con una ternura que desbordaba.
Cora se quedó sentada por unos segundos, en silencio. Acarició su collar —el que su madre le regaló antes de irse a la brigada— y cerró los ojos por un instante.
"Nunca te dejaría."
Ese eco la acompañaría toda la tarde.
Hasta que, horas después, al regresar a su cuarto de descanso, encontró otra carta.
Metida bajo su maleta.
La letra era la misma.
Y esta vez, la firmaban con un solo nombre.
Tadeo.