Desde la colina, el cielo parecía demasiado azul para lo que ocurría abajo.
Tadeo observaba con los binoculares, oculto entre árboles bajos y ramas secas. Había estado ahí por casi una hora, inmóvil, como una estatua hecha de sombra.
El campamento de la brigada se movía con vida. Voluntarios entrando y saliendo, niños corriendo entre carpas médicas, adultos cargando bolsas de comida, y ahí... ahí estaba ella.
Cora Castillo.
El apellido todavía le sonaba como plomo en la boca. Como ceniza de un incendio que nunca se apagó del todo. Apretó los dientes.
Cora estaba de espaldas, ayudando a un anciano a sentarse en una banca improvisada. Reía. La luz le daba en la cara y el pelo se le alborotaba con la brisa del mediodía. Nada de lo que hacía parecía impostado. Ella era así. Tan genuina que dolía.
—No te acordás de mí —murmuró Tadeo entre dientes—. Pero yo a vos sí. Desde Medellín. Desde aquel maldito día en el hospital.
Él había ido por una operación encubierta. Un herido del Clan necesitaba atención discreta. Y ahí estaba ella. Joven, brillante, haciendo su internado por méritos impecables. Le habían dicho que su expediente era intachable. Que nadie sospecharía nada.
Pero cuando la vio entrar con su bata blanca, saludando al paciente con esa mezcla de dulzura y autoridad... el tiempo se le detuvo.
Cora no lo había reconocido. Ni una chispa.
Él, en cambio, sintió cómo su mundo temblaba.
Y desde entonces, la ha seguido. Desde lejos. Silencioso.
Le mandó la primera carta solo para ver si reaccionaba. No lo hizo.
La segunda, porque no podía dejar de pensar en ella.
Y la tercera... porque algo se rompió en él.
Cora era hija del pasado que su padre ayudó a destrozar.
Pero también era la única cosa que no apestaba a sangre en su vida.
Tadeo bajó los binoculares.
No se dio cuenta de que alguien lo observaba.
—No sabés esconderte bien para ser del clan Lamorte—dijo una voz detrás de él.
Tadeo se giró con lentitud. Cameron Castillo.
—¿Qué querés? —preguntó Tadeo, sin sorpresa.
—Lo que quiero es que te largués. No te metas con mi hermana. No esta vez.
Tadeo dio un paso hacia él.
—No vine a hacerle daño. Nunca quise hacerle daño.
—Entonces deja de seguirla. Ella no recuerda nada, pero yo sí. Sé quién sos, sé de dónde venís, y sé lo que hiciste en Medellín.
—No sabés ni la mitad —escupió Tadeo con rabia contenida.
—Lo suficiente como para saber que sos un maldito riesgo. Y si le pasa algo a Cora, voy a hacer que lo pagués con creces. No estoy solo esta vez.
El silencio entre ambos se volvió denso, como pólvora a punto de encenderse. Pero Tadeo retrocedió.
—No vine a pelear. Pero no puedo irme. No todavía.
—¿Y qué querés entonces?
Tadeo bajó la mirada, por primera vez vulnerable.
—Quiero saber si hay algo de luz para alguien como yo.
Y sin esperar respuesta, desapareció entre los árboles.
Desde el borde del campamento, Paula los había visto.
Sabía que algo oscuro los unía.
Pero no dijo nada. No todavía.
Y mientras el sol comenzaba a caer, Cora salía de la carpa con otra carta escondida bajo su bata.
Esta vez... no la leyó de inmediato.