Paciente 314

Capítulo 25: Lo que no se dice

El calor era denso, pegajoso. La humedad de la tarde parecía colarse hasta los huesos.
Cora se secaba la frente con el dorso de la mano mientras caminaba hacia la carpa de descanso. Su bata blanca estaba manchada con polvo y sudor. El estuche donde guardaba la carta estaba bien escondido en el bolsillo interno.

No la había leído aún. No quería. No podía.

Paula la vio llegar desde la distancia. Había estado preparando el inventario de medicinas, pero dejó el cuaderno apenas notó la expresión en el rostro de su amiga: una mezcla de cansancio, miedo y algo más profundo. Una grieta.

—¿Todo bien? —preguntó Paula, haciendo espacio para que se sentara junto a ella.

Cora asintió, pero no habló. Se dejó caer en la silla plegable con un suspiro largo, uno que parecía querer sacar mucho más que el aire de sus pulmones.

—¿Fue muy pesado hoy?

—Atendí a una mamá primeriza con su bebé —dijo Cora, al fin—. Tenía miedo de que su niño tuviera dengue, pero era solo un resfriado. Aun así... verla tan preocupada me hizo pensar en mi mamá. Cómo siempre se preocupaba por nosotros, incluso cuando no teníamos ni para comer. Ella me cuidó con todo lo que tuvo... y yo a veces ni siquiera me detengo a recordarlo.

Paula la observó en silencio. Sabía que no era solo eso.

—Cora... ¿estás segura de que no hay algo más? —preguntó con suavidad.

Cora dudó. Sus dedos jugueteaban con el borde de la tela de su bata. Quiso hablar. Quiso decirle que había recibido cartas. Que desde que llegó a Honduras sentía que alguien la seguía. Que algo se había activado en su cuerpo como una alarma que no se podía apagar.

Pero solo negó con la cabeza.

—Estoy bien. Solo cansada —mintió.

Paula sonrió débilmente.
Ella sabía que Cora no era buena mintiendo.

Y ella sabía, también, quién estaba detrás. Lo había visto con sus propios ojos. Lo conocía. Lo había conocido mucho antes de que Cora supiera siquiera pronunciar su nombre.

Tadeo Torres.

El hombre que un día la fascinó... y luego la hizo temblar.

Había querido decírselo. Muchas veces. Pero ¿cómo contarle a Cora que su pasado, su familia, sus enemigos, estaban más cerca de lo que pensaba? ¿Cómo decirle que el hombre que la acechaba estaba ligado a la sangre de los Castillo desde hacía años?

En vez de hablar, Paula se limitó a ponerle una mano en el hombro.

—Lo que sea que estés cargando, no tenés que hacerlo sola.

Cora la miró con una pequeña sonrisa.

—Lo sé. Gracias, Pau.

Pero no dijo más.

Y Paula, que no soportaba las mentiras, se obligó a guardar silencio una vez más.

Porque a veces, el miedo es tan fuerte que hasta la verdad se queda sin voz.




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