La noche en Tegucigalpa no tiene estrellas,
solo faroles rotos, perros callejeros y motos que rugen como amenazas.
Tadeo fumaba en silencio en la terraza del hotel, con la chaqueta colgando del respaldo de su silla y la pistola al alcance de su mano. A su lado, Sebastián Lamorte revolvía su whisky con un dedo. Sus botas llenas de tierra manchaban el piso de mármol.
—No te me pongás sentimental, Tadeo —dijo Sebastián sin levantar la vista—. La chava es una Castillo. El apellido nos debe sangre.
Tadeo lo miró de reojo. El humo del cigarro bailaba en el aire, lento, como su respuesta.
—Esa chava no sabe ni quién es. No tiene culpa de nada.
—¡No seas pendejo! —espetó Sebastián , esta vez con rabia—. Tu papá fue el primero en enseñarte que los Castillos traicionaron. Tu mamá murió huyendo por culpa de ellos. ¿Ya se te olvidó?
Tadeo cerró los ojos por un instante. No, no lo había olvidado.
Pero no era eso lo que lo tenía jodido.
Era ella.
Cora, con su bata blanca, su voz suave, sus ojos llenos de bondad estúpida.
Cora, que caminaba por la brigada como si el país no se estuviera desangrando bajo sus pies.
Cora, que no lo recordaba, aunque él la había visto en Medellín.
La primera vez que la vio fue en el hospital, hace años, cuando aún usaba coleta y dormía en la sala de descanso.
Desde entonces... la siguió.
En silencio.
Sin tocarla.
Como un cazador que no sabe si quiere proteger o atacar.
—Solo te pido una cosa —dijo Tadeo, apagando el cigarro en el borde de la mesa—. A ella no la toquen.
—¿Qué decís? —Sebastián lo miró como si le acabaran de escupir el apellido.
—Lo que escuchaste. A ella no. Vos hacé lo que quieras con Cameron, con los demás... pero a ella la dejás en paz.
Sebastián se rió con sorna. Lenta. Peligrosa.
—Te enamoraste.
—No seas imbécil. No me enamoré. Pero si la tocás, te juro que te vuelo la cabeza, Sebastián.
La amenaza quedó suspendida en el aire como una explosión que no termina de estallar.
Sebastián lo miró, por fin en serio.
Y en su expresión se dibujó algo parecido al respeto... o al miedo.
—Estás rompiendo las reglas del clan, Tadeo. Que no se te olvide quién te dio tu lugar.
Tadeo se levantó sin responder.
Ya no quería discutir.
Ya había cruzado una línea, y lo sabía.
Pero también sabía algo más:
No iba a dejar que Cora pagara las deudas de su apellido.