Paciente 314

Capítulo 29: Fuego cruzado

El rugido del motor del Mustang negro retumbaba en las calles oscuras de San Pedro Sula mientras Tadeo pasaba por tercera vez frente al punto de encuentro. No podía dejar de apretar los dientes.

Lo habían llamado hacía una hora.
"Dispararon al viejo Castillo".
Eso le había dicho Sebastián, con una tranquilidad que a Tadeo le supo a veneno.

Apretó el freno, bajó del carro con paso firme y entró al taller abandonado donde Sebastián lo esperaba como si no hubiese pasado nada. Estaba recostado en una mesa metálica, fumando un cigarro, rodeado de un par de tipos armados que se hicieron a un lado al ver la expresión en el rostro de Tadeo.

—¿Qué carajos hiciste? —soltó Tadeo sin preámbulos, fulminándolo con la mirada.

—Tranquilo, hermano... era un aviso —respondió Sebastián, sin dejar el cigarro—. Un sustito para que recuerden que no se puede esconder lo que se debe.

Un sustito. —Tadeo repitió las palabras como si le supieran a sangre—. ¡Le disparaste en el pecho a un hombre de casi sesenta años! ¡¿Te parece un sustito eso?!

Sebastián lo miró, ahora con menos confianza.

—No lo mataron, ¿o sí? Está vivo. Mission accomplished.

Tadeo avanzó dos pasos, quedando frente a frente con él.

Tú no das las órdenes aquí.
Yo te traje a este círculo porque confiaba en tu lealtad. Pero te estás tomando atribuciones que no te tocan. Castillo no era parte del trato.

—¿Y entonces qué propones? ¿Que dejemos a la hija jugando a la doctora con su bata blanca mientras se nos olvida quién es su familia?

Ella no sabe nada. —Tadeo lo interrumpió con furia contenida—. No tiene idea de los Lamorte, ni del pasado de su padre. Y así iba a mantenerse hasta que yo decidiera qué hacer. ¡Pero ahora... ahora todo cambió!

Sebastián bajó la mirada, incómodo.

—¿Te está importando demasiado esa doctora, Tadeo?

—No te metas en eso. —El tono de Tadeo bajó, pero su mirada se volvió aún más amenazante—. Te lo advierto, Sebastián. No vuelvas a mover un dedo sin decírmelo. No la toquen, no la sigan, no la asusten. Lo próximo que pase con los Castillo, lo decido yo. ¿Estamos?

Silencio.
Luego Sebastián asintió, apretando los labios.

Tadeo giró sin decir más y caminó hacia la salida.
Mientras cerraba la puerta del taller detrás de él, su mente se nubló con la imagen de Cora: su sonrisa tímida en el hospital, los movimientos precisos de sus manos curando a una madre con su hijo...

No.
Ella no era como los demás.
Y si alguien volvía a tocar a su familia, sería él quien decidiera cuándo, cómo... y por qué.




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