Paciente 314

Capítulo 30: Voces entre ruinas

La noche había caído sobre La Esperanza. El viento frío se colaba por las ventanas del albergue donde Cora dormía con el resto de la brigada. Todos parecían en paz... todos menos ella.

Sostenía el celular con fuerza, como si del otro lado pudiera detener el temblor en su pecho.

—¿Cameron?

—Aquí estoy, Cora. —La voz de su hermano llegó rasposa, agotada, pero firme.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? Me enteré por mamá. ¡Le dispararon! ¡Papá casi muere y nadie me dijo nada!

—No queríamos preocuparte —respondió él con calma—. Estás en otro país, trabajando, salvando vidas... No podíamos dejar que esto te desestabilizara.

—¡Soy su hija! ¡Tengo derecho a saber, aunque me derrumbe! —Su voz se quebró—. ¿Por qué, Cameron? ¿Qué está pasando? ¿Por qué alguien le haría eso?

Hubo silencio. Ella pudo escuchar su respiración pesada al otro lado de la línea.

—Cora... —dijo finalmente él—. No lo sabemos con certeza. Hay muchas posibilidades.

—¿Y si fue por algo más? —insistió ella—. ¿Algo que ustedes me están ocultando? Desde que llegué aquí todo se siente raro. Las cartas, la gente viéndome, las flores con mensajes. Cameron, no estoy loca.

Él apretó los ojos del otro lado, respiró hondo.

—Yo sé que no estás loca. —Su voz bajó—. Escúchame: lo de papá... puede estar relacionado con un conflicto que tuvo en el negocio de construcción. Han habido problemas con unos terrenos en el sur del DF. Inversionistas turbios, amenazas. Ya sabes cómo funciona esto a veces.

Cora se quedó callada.

No le creía del todo. O quizás sí, pero sabía que no era toda la historia.

—¿Y si no es por eso? ¿Y si hay algo más?

—Cora, te juro que si supiera algo más, te lo diría. Estoy cuidando de todo desde acá. Mamá está bien, papá ya está fuera de peligro y con seguridad. Tú concéntrate en lo que haces, en la brigada. No pierdas la cabeza.

Ella se secó una lágrima que no había notado que caía.

—Lo intento... pero tengo miedo, Cam. Por ustedes... por mí.

—Lo sé. —Cameron hizo una pausa larga—. Pero tú no estás sola, ¿de acuerdo? Si algo pasa, si algo no se siente bien, me llamas. Prométemelo.

—Lo prometo.

—Y, Cora...

—¿Sí?

—Papá te mandó a decir que no te preocupes. Que confía en ti más que en nadie. Que él... se arrepiente de muchas cosas.

Eso la desarmó.

—Dile que lo amo. Que aguante. Que yo también estoy luchando desde acá.

—Lo haré. Descansa, hermanita.

La llamada se cortó.
Cora dejó caer el teléfono sobre su cama. Afuera, los grillos seguían cantando como si nada pasara. Pero dentro de ella, el silencio ahora dolía más que cualquier verdad a medias.

Cameron dejó el celular sobre el escritorio y se pasó ambas manos por la cara. No había sido fácil mentirle. O no mentir... esconder. Pero a veces ocultar la verdad era la única forma de proteger a quienes uno ama.

Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. Desde el apartamento podía verse el bullicio del Distrito Federal, luces encendidas, cláxones lejanos. Todo seguía igual... excepto dentro de él.

Cerró los ojos. Volvió a escuchar la voz de su hermana, rota, rogándole por respuestas. Y volvió a ver a su padre, días antes, sangrando en el suelo del almacén de la constructora, las sirenas llegando tarde, la seguridad colapsada.
"Esto no es por los terrenos, Cameron... esto nos encontró otra vez", había dicho él mientras lo subían a la ambulancia.

Y tenía razón.

Los Lamorte no se habían ido. Y al parecer, jamás los habían olvidado.

—Mierda... —susurró Cameron, golpeando suavemente la pared.

Había crecido con la promesa de que todo eso quedó atrás. Que México era un nuevo comienzo. Pero su padre nunca cortó del todo los hilos. Siempre hubo llamadas, encuentros "discretos", silencios incómodos que, de niño, no supo leer.

Tadeo Torres...
Ese nombre se le vino a la mente con una mezcla de rabia y miedo. Lo conocía desde hace unos años, cuando coincidieron en un proyecto vial en Honduras. En ese entonces, Tadeo aún se movía como empresario joven, seguro de sí mismo. Nadie lo vinculaba oficialmente con los Lamorte. Nadie... excepto Cameron, que sí lo había escuchado en una conversación a medias. "El hijo del Toro", le decían algunos. El chico que heredaría la furia de su clan.

Y ahora lo había vuelto a ver. Recientemente. En una reunión inesperada. Una mirada bastó para saber que Tadeo sabía quién era él... y que algo estaba en marcha.

¿Esto es por Cora... o por papá? ¿O por algo peor? —se preguntó, tragando duro.

Paula también había empezado a comportarse raro. La vio nerviosa, más de una vez mirando a la nada, evitando el tema. No confiaba del todo en ella. No después de lo que pasó entre ellos. Pero si estaba hablando con Tadeo, tenía que averiguar por qué.

Caminó hasta el mueble del pasillo y sacó una pequeña caja metálica. Dentro, estaba la pistola que nunca pensó tener que cargar de nuevo.
La alzó con las manos temblorosas. Su reflejo en el metal le devolvió la mirada del niño que huyó con sus padres, hace más de veinte años, cuando los Valle los marcaron como traidores.

—No dejaré que le hagan daño —murmuró—. No a ella.

Guardó el arma, se encendió un cigarro y regresó a la ventana.
Tenía que prepararse.

Porque lo que venía... no era sólo un ajuste de cuentas.

Era el pasado reclamando lo que creía suyo.




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