El campamento estaba en silencio. Solo el croar de las ranas y el crujido de las hojas en la lejanía acompañaban el insomnio de Cora. Dormir le costaba más cada noche. Las jornadas médicas eran extenuantes, pero no era eso. Era el miedo. O más bien, la sensación de ser observada.
Se había acostumbrado a mirar por sobre el hombro, a revisar dos veces la puerta de la tienda, a dormir con el arma cerca, oculta bajo su almohada.
Y entonces, el crujido.
Un papel, deslizado por debajo de la lona. Cora se quedó quieta por un segundo. Su corazón se aceleró.
Se levantó en silencio y lo tomó. Papel de alta calidad, una rosa roja envuelta en un hilo de lino. Ya sabía lo que era, pero igual sintió el nudo en el estómago. Lo desdobló bajo la tenue luz de la linterna.
La letra era firme. Masculina. Cada letra parecía escrita con cuidado extremo.
"No todos olvidamos, Cora. Algunos esperamos. Otros observamos.
A veces la sangre llama más fuerte que el olvido.
¿Recuerdas el parque en Medellín? Yo sí.
No temas. Aún no."
Ella se quedó helada.
Medellín. ¿Cómo sabe que estuve allí? ¿Quién es?
No había mencionado su internado a nadie fuera del equipo. Ni en redes. Ni en registros públicos.
¿Qué tan cerca ha estado de mí... sin que yo lo supiera?
Sintió la respiración acelerarse. Tomó la carta, la dobló y la metió en la caja de madera donde guardaba las otras. Cada una más extraña que la anterior. Ninguna con remitente. Ninguna con pruebas. Solo palabras. Y ahora, un lugar.
Se sentó en la cama. Abrazó sus rodillas.
Tenía miedo. Pero más que miedo, tenía rabia.
Por no saber. Por no entender.
Y por sentirse sola en medio de tantos.
A la mañana siguiente, nadie notó su palidez. Cora era experta en sonreír y fingir que todo estaba bien.
Nadie supo que esa noche durmió con la mano cerrada alrededor de su pistola.