La jornada había terminado, pero Cora no podía relajarse. La carta aún pesaba como plomo en su pecho, aunque su rostro decía otra cosa. Estaba organizando insumos en el pequeño almacén cuando notó que alguien la observaba desde la puerta.
—¿Todo bien? —dijo Gabriela, una de las enfermeras más experimentadas de la brigada.
Cora levantó la vista, forzó una sonrisa.
—Sí, solo estoy revisando los kits de urgencia para mañana. Ya sabes, prevenir antes que lamentar.
Gabriela entró, cerrando la puerta tras de sí. La miró en silencio por unos segundos.
—Llevo muchos años en esto —dijo con voz baja—. Y reconozco a alguien que está aguantando más de lo que debería. ¿Te pasa algo, doctora?
Cora tragó saliva. Dudó. Miró hacia la ventana, hacia el exterior oscuro, hacia la selva.
—No... No es nada grave. Solo... estoy un poco estresada. El trabajo, ya sabes.
Gabriela se le acercó. Bajó la voz aún más.
—No te voy a presionar. Pero si en algún momento necesitás hablar, estoy. Y otra cosa... si pasa algo raro, si creés que estás en peligro o te están siguiendo...
Cora la miró con atención. Su corazón se aceleró.
—...no se lo digás a la policía —dijo Gabriela con seriedad—. Aquí en Honduras, la corrupción está metida hasta en los uniformes. Si alguien poderoso está detrás de lo que sea que te esté pasando, involucrar a las autoridades puede hacer que todo empeore.
Cora se quedó sin palabras. Gabriela no necesitaba saber nada más. Su instinto estaba afilado.
—¿Cómo sabés que hay algo más?
—No sos la misma desde hace unos días. Mirás por encima del hombro, dormís con las luces bajas pero encendidas, y Paula me dijo que ya no salís del perímetro. Algo te tiene inquieta.
Cora bajó la mirada. No iba a contarle. No aún.
—Gracias, Gabriela.
—Solo cuidate. No estás sola. Pero elegí bien en quién confiás. A veces el enemigo también lleva una bata blanca.
Gabriela salió del almacén, dejándola con un eco de advertencia que retumbaba más que las palabras de la carta.
Cora apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos. Las cartas, los susurros, las flores. Todo se estaba acercando más.
Y ahora sabía algo con certeza: no podía confiar en nadie fuera del círculo que ya conocía.
Pero incluso dentro de ese círculo... ¿cuánto sabía realmente?