Paula se quedó en el comedor de la brigada después que todos se fueron a dormir. Su taza de café ya estaba fría, pero no la había traído para tomar. En realidad, necesitaba pensar. O más bien, recordar.
Desde que habían llegado a Honduras, notaba cosas raras: ciertos mensajes cifrados en su celular, llamadas perdidas con prefijos conocidos, autos detenidos más tiempo del necesario frente al campamento, y sobre todo... la forma en la que ciertos desconocidos la miraban como si supieran quién era.
La última carta que recibió Cora no era la primera. Paula lo sabía. Sabía más de lo que aparentaba, más de lo que estaba dispuesta a confesar. Se quedó quieta cuando vio a Gabriela hablar con Cora a solas en el almacén. Algo le decía que su amiga estaba cada vez más cerca del borde.
Y lo peor de todo: era culpa suya.
Tomó su celular, abrió una aplicación de mensajería encriptada y marcó un contacto que no había usado en años.
—¿Hola? —respondió una voz grave al otro lado de la línea.
—Sebastián... —dijo Paula con voz tensa.
Hubo un breve silencio. Luego, la voz se volvió más suave.
—Sabía que ibas a llamar tarde o temprano.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué está haciendo el clan?
—Nada fuera de lo habitual.
Paula se quedó en silencio. No sabía si quería gritar o llorar.
—¿Cora está en medio de esto?
—No deberías preocuparte por ella, prima.
Esa palabra. Prima. Tan familiar. Tan llena de historia.
—Sebastián, te lo digo en serio. No sé qué están planeando, pero yo no me metí a esta brigada para ser tu espía ni mucho menos para dañar a una amiga. Si Cora está en peligro, te juro que...
—No te metas en lo que no entendés, Paula. Esto no empezó contigo. Empezó con tu padre. Con los míos. Con el pasado. Vos y yo solo somos piezas.
—¿Piezas? —repitió ella con incredulidad—. Vos no sabés lo que yo le debo a ella. Ni lo que me dolió lo de Cameron. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras los Lamorte la hunden como lo hicieron con los suyos.
—Entonces mejor te vas preparando, porque esto no va a terminar con flores ni cartas.
Paula colgó. Tenía las manos temblando. Dejó el celular sobre la mesa y se levantó, sintiendo que el piso ya no era firme bajo sus pies.
Había tratado de mantener su pasado lejos. De no ser una Lamorte, de no cargar con esa sangre, de tener derecho a una vida distinta. Pero esa llamada lo cambió todo.
Ahora, Paula sabía con certeza algo que no había querido aceptar:
La guerra ya había empezado... y ella estaba justo en el medio.