La sospecha crece en el silencio.
Cora había aprendido a escuchar los espacios entre palabras, las pausas incómodas, las miradas que se desviaban. Desde que comenzó a recibir esas cartas sin remitente —meticulosas, casi poéticas, pero profundamente inquietantes—, algo dentro de ella no volvió a estar en paz. Las ocultaba en su mochila, debajo de sus libros, como si esconderlas fuera suficiente para silenciarlas.
Pero no lo era.
Esa mañana, tras atender a una niña con fiebre alta, la madre le había tomado la mano y susurrado:
—Cuídese, doctora. Hay gente que mira sin ser vista.
Cora la observó con el corazón encogido.
Esa misma tarde, mientras los demás descansaban o hacían inventario, ella se escabulló con su libreta. Había empezado a anotar detalles: nombres que se repetían, vehículos sospechosos, frases sueltas que escuchaba al pasar. No confiaba en nadie. Ni siquiera en Paula, que había empezado a actuar rara desde que hablaron de la seguridad del campamento.
Dos días después, Cameron llegó sin previo aviso.
El calor húmedo lo golpeó apenas bajó del carro que había rentado. No fue directo a ver a Cora. No podía. Antes, tenía que cerrar el círculo.
Encontró a Tadeo en una zona de obra, lejos de la brigada. El ambiente olía a cemento, sudor y tensión.
—Vos sos un maldito cobarde —le dijo Cameron apenas lo tuvo de frente.
Tadeo se giró. No había sorpresa en su rostro. Como si lo hubiera esperado desde siempre.
—Y vos seguís sin entender cómo funciona este mundo.
—¿Cora sabe que la estuviste siguiendo desde Medellín?
Tadeo guardó silencio.
—¿Que tu padre y el mío compartieron secretos? ¿Que vos estás metido hasta el cuello con los Lamorte?
—¿Y qué querés que haga? ¿Que me desaparezca? ¿Que la deje sola?
—¡Ella no está sola! ¡Me tiene a mí!
—¿Y cuándo estuviste vos en el suelo, cubierto de sangre, llorando por no poder salvarla? —bramó Tadeo, dándole un paso al frente—. Porque yo... sí estuve.
Cameron lo miró, furioso, confundido.
—¿Qué estás diciendo?
—Nada que puedas entender todavía —dijo Tadeo, dándose la vuelta—. Pero cuando todo explote, Cameron... vas a tener que decidir. Si protegés la verdad... o a tu hermana.
Esa noche, Cora leyó la nueva carta que había encontrado sobre su cama. La caligrafía era la misma. Pero esta vez, no era una advertencia. Era un recuerdo.
"Tenías cinco años y llorabas porque tu hermano no te dejaba jugar con sus legos. Te escondiste en el baño y dibujaste con jabón en el espejo. Dijiste: 'Cuando sea doctora, nadie me va a decir que no puedo construir cosas'. Ya lo estás haciendo, Cora. Ya estás construyendo... aunque no sepas qué es."
Ella se quedó sentada, helada. Ese recuerdo... ¿cómo lo sabía alguien más?