La carta con la foto aún estaba sobre el escritorio improvisado cuando Paula entró a la carpa de Cora con un termo de café y una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—¿Dormiste algo? —preguntó como si no notara la tensión en el aire.
Cora asintió lentamente. No mencionó la carta. No preguntó por la flor marchita que alguien había dejado en la mesa de exámenes. Pero la miró. La miró como se mira a alguien que ya no se reconoce del todo.
—¿Estás bien, Paula?
—¿Yo? Sí, claro. ¿Por qué?
—Solo preguntaba.
El silencio se estiró. Paula dejó el café, murmuró algo sobre las vacunas y salió. Cora se quedó mirando la puerta. Algo le decía que no podía seguir ignorando lo que sentía.
Más tarde, cuando se conectó por videollamada con Cameron, no pudo callárselo.
—Necesito saber la verdad. Toda. Me estás ocultando algo, y lo sé. Papá... vos... Paula.
Cameron suspiró largo, agotado.
—Cora... no sé cómo explicarte esto sin arrastrarte más.
—Entonces arrastrame. ¡Prefiero la verdad!
Del otro lado de la línea, Cameron se pasó una mano por el rostro. Parecía más viejo, más cansado.
—Papá estuvo involucrado con los Lamorte. Hace muchos años. Vos ni habías nacido cuando tuvimos que irnos huyendo. Él intentó salirse... pero eso no se hace sin consecuencias.
Cora sintió que se le helaba el cuerpo.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Todo. Los Lamorte no olvidan. Y ahora... están jugando con vos, Cora. No sé por qué ahora. Pero están cerca.
—¿Y Paula?
—Paula es sobrina de uno de ellos. De Nicolás.
Un golpe en la puerta de la carpa la sobresaltó.
—¿Doctora Cora Castillo? —dijo una voz profunda—. Soy Sebastián Lamorte. Solo quiero hablar.
Cora miró la pantalla. Cameron había palidecido.
—No abras. ¡No hables con él sola!
Pero Cora ya se había puesto de pie. Caminó hacia la entrada de la carpa, la mano firme en el arma que ahora llevaba siempre en la pretina del pantalón, justo bajo la bata médica.
Respiró hondo. Abrió la lona.
Ahí estaba: traje caro, sonrisa tibia, y una mirada que le erizó la piel.
—Hola, doctora. Es un placer finalmente conocerla.
—No necesito mucho de su tiempo —dijo Sebastián mientras entraba a la carpa con la calma de quien se sabe dueño del lugar.
Cora no le ofreció asiento. No bajó la guardia. Observó sus movimientos con el corazón en la garganta. Lo había visto antes... en sueños, en sombras, en esa sonrisa idéntica a la de Paula.
—Estoy ocupada —respondió, firme—. Si quiere atención médica, debe esperar turno como todos.
Sebastián sonrió, encantador y peligroso.
—No vine por eso. Vine a hablar de familia... y de lo que no sabés de la tuya.
Cora apretó los dientes.
—¿Qué sabe usted de mi familia?
—Más de lo que te han contado. Más de lo que Cameron se atreve a admitir.
Se acercó un paso. Ella no retrocedió.
—No estoy interesada en sus juegos.
—¿Y si te digo que yo no soy el enemigo?
Cora soltó una risa seca.
—Usted dejó flores con una carta anónima. Sabe dónde estoy. Me ha estado siguiendo. ¿Y quiere que piense que es un buen samaritano?
—Cora —dijo, por primera vez usando su nombre con una dulzura casi teatral—. Te están usando. La gente que decís amar, no ha sido honesta con vos. Yo solo vine a darte algo que necesitás.
Sacó un sobre del bolsillo de su saco y lo dejó sobre la mesa. Cora no lo tocó.
—¿Qué es eso?
—Una historia que deberías conocer. La verdad sobre tu padre... y sobre Tadeo.
El nombre se quedó suspendido en el aire. Cora no reaccionó de inmediato, pero su mente ya iba a mil.
—Tadeo está en Honduras, ¿verdad?
Sebastián sonrió, satisfecho.
—Vos ya sabés la respuesta.
—¿Qué quiere de mí?
—Nada. Por ahora. Solo vine a dejarte ese sobre y a decirte que, cuando el mundo te dé la espalda, sabrás a quién buscar.
Antes de que ella pudiera responder, Sebastián ya estaba cruzando la lona. Se giró un momento antes de salir.
—Decile a Paula que mande saludos a la familia.
Y se fue.
Cora se quedó sola con el sobre frente a ella. No lo abrió. No aún.
Pero supo que, después de esa visita, nada sería igual.