Cora sostenía el sobre entre las manos como si quemara. No lo había abierto, pero el peso simbólico era más que suficiente para hacerle sudar las palmas. Todavía tenía la voz de Sebastián retumbando en los oídos. "Cuando el mundo te dé la espalda..." ¿Qué sabía él del mundo que ella vivía?
El sobre tenía su nombre escrito con una caligrafía perfecta. Dentro, una sola flor seca y una hoja doblada en cuatro.
"Tu familia no es lo que creés. Y vos tampoco. Es hora de que recordés lo que te arrancaron."
No había firma.
Cora sintió que el suelo se le abría. Las palabras resonaron como un eco de todas las cosas que no entendía. Desde la primera carta, desde el atentado a su padre, desde las miradas que se cruzaban y se desvían cuando preguntaba demasiado. Nadie le decía nada. Todos le ocultaban todo.
Y entonces apareció él. Sebastián Lamorte. En la brigada. Con su sonrisa fácil y su mirada calculada. Se presentó como si nada, como si no llevara detrás un apellido que ahora ella no sabía si temer, maldecir o descubrir.
—¿Qué querés? —le dijo, cortante, con los guantes todavía puestos y la bata manchada de sangre.
—Solo hablar —dijo Sebastián, levantando las manos—. Sos muy parecida a tu madre, ¿sabías?
Cora se congeló.
—No hablés de mi madre.
—Te sorprendería lo que podría contarte de ella. De tu padre. De Cameron. Y de vos... aunque aún no lo sepas.
La conversación fue un torbellino. Sebastián hablaba con medias verdades, con ese tono de quien quiere seducir con veneno. Le dijo que los Castillo no eran santos. Que su padre había hecho pactos. Que ella había sido "protegida" toda la vida... por gente que ahora la rodeaba. Que había una razón por la que su nombre siempre fue una amenaza para algunos y un escudo para otros.
Cuando se fue, Cora apenas podía respirar. El aire de la brigada, que siempre la reconfortaba, ahora le ardía en los pulmones.
Horas después, encerrada en el cuarto que le asignaron, llamó a Cameron. Le suplicó que le dijera la verdad. Toda.
—Cameron, por favor. Ya no soy una niña. Me están mandando mensajes, me están dejando flores, están viniendo a verme personas que no deberían ni saber mi nombre. ¡Decime qué está pasando!
Hubo silencio al otro lado.
—Cora... lo de papá... fue un ataque relacionado con cosas viejas. Negocios turbios. Pero no fue por vos.
—¿Y vos cómo sabés eso?
—Porque lo sé. Porque estuve ahí. Porque he tenido que limpiar sus errores desde que tengo memoria.
—¿Y Tadeo? ¿Por qué nadie me habló nunca de él? ¿Por qué nadie me explicó por qué siento que lo conozco y al mismo tiempo me da miedo mirarlo a los ojos?
—No puedo contarte todo —respondió Cameron, su voz quebrándose—. Pero si algo pasa... si llega el momento en que estés en peligro, yo voy a estar ahí. Lo juro.
—¿Y si no sos vos el que me puede salvar?
—Entonces espero que él lo haga.
Cora colgó con lágrimas calientes bajándole por el rostro. Su cuerpo temblaba. No de miedo, no del todo. Era furia. Era traición. Era agotamiento.
¿Quién carajos soy yo en esta historia que nunca pedí protagonizar?
Se levantó, fue a su mochila y sacó la pistola que había empezado a llevar desde que llegaron las primeras cartas. La revisó, como le enseñaron en el curso de defensa y armería. No era solo por protección. Era por control.
Porque si no puedo controlar lo que me ocultan... al menos puedo controlar cómo me enfrento a eso.
La puerta vibró con un golpe seco.
Era Paula.
—Tenemos que hablar —dijo, al borde de las lágrimas.
Cora la miró.
Estaba sentada en su rincón de descanso, intentando calmarse, cuando Paula entró con la cara pálida, más seria de lo normal.
—¿Quién era ese? —preguntó sin rodeos.
Cora alzó la mirada, todavía alterada.
—¿Quién?
—No te hagás. Ese tipo... Sebastián Lamorte. Lo vi saliendo de tu carpa. No puede estar aquí, Cora.
Cora frunció el ceño. El nombre no era ajeno.
—¿Lamorte?
Paula dudó un momento, como si estuviera decidiendo si saltar con la verdad... o solo una parte.
—Sí. Es de mi familia.
El silencio se volvió espeso.
—¿Me estás diciendo que ese hombre que acaba de venir a amenazarme... es tu familia?
—No vino a amenazarte. Al menos no creo —dijo Paula, tragando saliva—. Pero Sebastián... es peligroso. Y no debería estar tan cerca de vos.
—¿Vos también sabías?
Paula asintió.
—Sí. Y es hora de que lo sepas todo.
Cora se levantó con el sobre aún en las manos.
—¿Por qué no me dijiste nada antes? ¿Desde cuándo sabés que los Lamorte están rondando?
Paula la miró con dolor.
—Desde hace mucho. Pero creí que te estaba cuidando al callarlo.
—¿Y si no lo estabas? ¿Y si al callar hiciste que esto empeorara?
Cora temblaba. Abrió el sobre. Papeles, recortes de periódico viejos, una foto... de su padre con Sebastián y un hombre más joven, con el rostro inconfundible de Tadeo Torres.
Paula se acercó lentamente, intentando leer por encima del hombro de su amiga.
—Cora...
—No —dijo Cora apartándose—. Vos sabías. Y si sabías, entonces no me protegiste. Me dejaste a oscuras.
Paula dio un paso atrás, herida.
—Tenés razón... pero no quería perderte.
Cora respiró hondo. La traición tenía un rostro conocido. Y ese rostro ahora era el de su mejor amiga.
—Paula, necesito que me digás todo. Todo. Porque si no, no solo te voy a perder... me voy a perder a mí también.
Paula asintió, con lágrimas en los ojos.
—Está bien. Pero después de esto... ya no hay vuelta atrás.
Cora volvió a mirar la foto. Su padre. Tadeo. Sebastián. El pasado regresaba, y lo hacía con violencia.
Y por primera vez, supo que no podía huir de él.
Paula temblaba mientras se sentaba frente a Cora, en esa pequeña carpa médica que, por unos minutos, ya no era una clínica improvisada sino el confesionario de una amistad herida. Afuera llovía con fuerza. Adentro, las palabras tenían más filo que cualquier bisturí.