Paciente 314

Capítulo 40: El rostro que nunca olvidé

El sol del mediodía ardía sobre las carpas blancas de la brigada. El calor en Honduras podía sentirse como un castigo, pero ese día tenía un peso distinto. Cora lo sintió desde que se levantó, como si algo estuviera por romperse.

Estaba atendiendo a una niña con fiebre alta, tranquilizando a la madre mientras tomaba notas con manos hábiles y rostro sereno. La costumbre de cuidar, de salvar, aún podía más que el caos interno. Pero en el fondo, algo le punzaba el pecho como una advertencia.

—¡Doctora Castillo! —gritó uno de los voluntarios, con el rostro pálido.

Ella alzó la vista. No necesitó más que una mirada.

Una camilla improvisada se acercaba, rodeada de gente. El cuerpo sobre ella estaba cubierto de sangre seca, la camisa hecha jirones. Tenía la cara inflamada, la ceja abierta, el costado hundido como si lo hubieran pateado hasta quebrarlo.

Pero fue en los ojos entrecerrados —medio perdidos en la inconsciencia, medio luchando por volver— donde lo reconoció.

Tadeo Torres.

Todo se detuvo. La camilla, el mundo, su corazón.

Un rugido interno, sordo, comenzó a crecer dentro de ella. Y de pronto... recordó.

Recordó el callejón de Medellín. Las manos firmes que la sacaron de donde no debía estar. La voz temblando al llamarla por su nombre, la promesa en susurro de que nadie la tocaría.

Recordó el rostro. Más joven, más lleno de rabia y luz al mismo tiempo. Y sus ojos, los mismos ojos que ahora la miraban entre la niebla de la herida.

Tadeo había estado ahí. La había seguido. Protegido. Y sí, también la había observado.

Pero nunca había querido hacerle daño.

—¡Lo necesito en camilla dos! ¡Ahora! —ordenó Cora, recuperando el control, volviendo a ser médica mientras el mundo dentro de ella se deshacía.

Mientras trabajaba sobre su cuerpo, limpiando heridas, evaluando los daños, midiendo la presión, se quebró en silencio.

"Vos me salvaste..."

No lo dijo en voz alta. Pero lo pensó con una intensidad que casi dolía.

Una enfermera se le acercó, notando su palidez.

—¿Está bien, doctora?

—Estoy —murmuró Cora—. Pero él no. Necesito oxígeno, y busquen al doctor Ayala. ¡Ya!

Nadie sabía lo que pasaba en su interior. Nadie vio que, al suturarle la ceja a Tadeo, una lágrima se le escapó.

Nadie sabía que por fin recordaba todo... y que eso cambiaba absolutamente todo.




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