La oscuridad tenía un sonido. Un zumbido grave, como si el mundo se hubiera sumido en una frecuencia baja. Tadeo sintió primero el dolor. Luego, el aire tibio entrando con dificultad. Luego, una voz. Su voz.
—Tadeo... estás conmigo. Te estoy cuidando. Aguantá.
¿Cora?
Quiso hablar, pero su cuerpo apenas obedecía. Solo pudo mover los dedos. Uno. Dos. Ella los sostuvo. Estás a salvo, decían esos dedos pequeños pero firmes.
Y entonces volvió el recuerdo. Todo. Como un golpe seco en el pecho.
Era de noche. La finca a las afueras de Comayagua estaba apenas iluminada por faroles viejos. Tadeo había ido a hablar. A enfrentarlo. Ya no más sombras.
—Quiero que la dejés en paz —le dijo a Sebastián Lamorte con una firmeza que apenas contenía la rabia—. No te acercás a ella, ni a su familia. Ni un paso más.
—¿Desde cuándo sos el salvador de nadie, Tadeo? —rió Sebastián, rodeado de dos hombres con armas al cinto—. ¿Desde que mataron a tu padre y nadie te cuidó?
Tadeo se contuvo. Dio un paso más.
—Cora no tiene nada que ver con esto. Su familia ya pagó. No más. Si querés joder a alguien, que sea a mí.
—¿Y por qué haría eso? —preguntó Sebastián—. Vos ya no valés nada. Te saliste del juego. Sos un traidor.
Los golpes vinieron rápido. Uno al estómago. Otro en la mandíbula. Sintió el crujido de su costilla derecha como una campana de hueso. No se defendió. No se permitió caer. Solo cuando vio a Cameron Castillo salir de entre las sombras con una pistola temblorosa, gritó:
—¡¡Corre!!
Y Cameron corrió. Como él necesitaba. Como su hermana necesitaba.
Ahora, en la camilla, la luz blanca del techo parpadeaba.
Tadeo abrió los ojos.
Cora.
Estaba ahí. Ojos enrojecidos. Mirada firme. Respiración contenida.
—¿Te acordás de mí? —preguntó él, apenas en un hilo de voz.
Ella asintió. Una lágrima le rodó por la mejilla.
—Desde hoy... sí.
Un silencio cargado de electricidad llenó el espacio entre ambos. Pero ya no era miedo. Era verdad.
Tadeo tragó saliva. Le dolía todo. Pero algo se encendió en su pecho.
—Estoy con vos, Cora. Aunque no lo merezca. Aunque me mate hacerlo.
Ella no respondió. No aún. Pero no apartó la mano de la suya.
Y eso, para él, fue más de lo que alguna vez pensó recibir.