El silencio del hospital era casi sagrado, como si la vida contuviera el aliento para no romper lo que aún no se ha quebrado. Cora salió de la sala de observación donde Tadeo estaba sedado, vivo por poco. Aún le temblaban las manos.
Sabía. Por fin, lo sabía todo.
La memoria volvió como una ráfaga cruel: la mirada de Tadeo la primera vez que lo vio en Medellín, las cartas sin remitente, la presencia que siempre la rondaba sin ella saber. Las advertencias de Cameron. Las medias verdades de su padre.
Y ahora, verlo ahí, hecho trizas por haber intentado protegerlos... la destrozaba.
Mientras tanto, a kilómetros de ahí, en un lujoso salón con techos altos y mármol importado, Paula Prado se sentaba frente a su primo Sebastián Lamorte. Había convocado la reunión de forma urgente. Estaban solo ellos dos. El aire era tenso, casi venenoso.
—Tenés que parar —dijo ella, sin rodeos—. Esto no puede seguir.
Sebastián la observó, con una copa de vino en la mano y una ceja arqueada.
—¿Parar qué, Paula? ¿Pedir justicia? ¿Acabar con los que traicionaron a esta familia?
—Los Castillo no tienen la culpa. Y vos lo sabés. —Paula se inclinó hacia él—. Tadeo tomó esa golpiza por ellos. No por traición, sino por lealtad.
—¿Y desde cuándo vos defendés a Tadeo? —escupió él.
—Desde que me di cuenta que somos los verdaderos monstruos aquí.
Un silencio pesado se impuso. Sebastián la miró con una mezcla de asombro y desdén. Pero Paula no se acobardó.
—Si le pasa algo más a Cora, a Cameron o a su padre, juro que voy a hablar. Con quien sea. Hasta con los que vos creés tener en el bolsillo.
Sebastián dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
—¿Estás amenazando a tu sangre?
—Estoy recordándote que no todo lo que llevamos en la sangre merece nuestra lealtad.
En el hospital, Cameron había regresado. Estaba junto a su hermana, más callado que nunca. Había visto a Tadeo inconsciente, envuelto en cables, y no podía dejar de pensar en las palabras de su padre antes de huir: "Si alguna vez Cora está entre la vida y la muerte... espero que me maten a mí antes."
—¿Qué pasa, Cam? —preguntó ella, con los ojos hinchados.
—Nada. Solo... Tadeo está vivo. Eso es más de lo que esperaba.
Ella bajó la mirada. Y luego, con la voz temblando:
—¿Me vas a decir la verdad? Toda.
Él tragó saliva, evitó sus ojos. Al final, negó con la cabeza.
—No puedo. No ahora. Solo te pido algo, Corita. No le digás nada a la policía. Acá la justicia no funciona igual... y si hablás, solo van a venir más por vos.
Cora asintió lentamente. Había entendido el mensaje. No estaban luchando contra hombres. Estaban enfrentando un sistema podrido hasta los huesos. Pero también sabía algo más.
Tadeo no había terminado. Y ella tampoco.
En lo más profundo del hospital, entre máquinas y latidos intermitentes, Tadeo abrió los ojos por segunda vez esa noche. Esta vez, no dijo nada. Pero en su mente, una sola palabra se repetía.
Guerra.