La lluvia no dejaba de caer sobre los techos de zinc. En la pequeña oficina de la brigada, el ruido del agua era casi una música lejana. Cora se sentó frente a Paula con una mirada que ya no era la misma. Algo dentro de ella había cambiado desde que Tadeo apareció golpeado. Desde que recordó todo.
—¿Por qué no me dijiste antes? —preguntó con un hilo de voz.
Paula cerró los ojos. No había forma de mentirle a Cora. No más.
—Porque sabía que el día que lo supieras... ibas a dejar de verme igual. Y ese día llegó.
—No te odio —susurró Cora—. Pero necesito que me digas todo. Ya no quiero estar en la oscuridad. No con mi familia en riesgo.
Paula la observó. Tan parecida a su madre. Tan distinta al resto.
—Sebastián es mi primo —dijo por fin—. Crecimos juntos. Él fue como un hermano. Pero se perdió... y yo también.
—¿Y vos también fuiste parte de todo?
—No como ellos —respondió Paula, con lágrimas contenidas—. Yo traté de protegerte. A vos, a Cameron, incluso a Tadeo. Pero siempre fui una pieza más. Una cobarde.
Cora respiró hondo. El dolor en su pecho se mezclaba con una extraña compasión.
—Tenés que decidir de qué lado estás —le dijo con voz firme—. Porque esta vez... no hay punto medio.
Horas más tarde, en una casa segura al borde de la montaña, Cameron desplegó planos sobre la mesa. Era ingeniero, pero esa noche no hablaba de puentes ni carreteras.
—Tadeo, esto no es solo tu guerra —dijo, señalando algunos puntos en el mapa—. Es la de mi padre, la de Cora, la mía. Si ellos vuelven a atacar, necesitamos saber cómo responder.
—No vamos a responder con violencia —interrumpió Cora, entrando en la habitación con Paula detrás—. No si podemos evitarlo. Pero sí vamos a defendernos. Esta vez, juntos.
Tadeo la miró. Algo en su rostro se suavizó. Había perdido mucho. Pero ahí, frente a él, estaban las dos cosas que había querido proteger toda su vida: a ella... y a una familia que no era la suya, pero que empezaba a sentirse como tal.
—Paula se queda con nosotros —anunció Cora—. Ya eligió.
Cameron levantó una ceja, pero no dijo nada. Solo asintió. Ya no era momento para dudas. Cada decisión contaba.
—Los Lamorte saben que estamos aquí —agregó Tadeo—. Y van a volver. Pero esta vez, nosotros también estamos listos.
Un trueno retumbó en la distancia. La tormenta apenas comenzaba.