Paciente 314

Capítulo 45: Lo que el tiempo no borró

La noche ya había caído cuando Cora salió al pequeño porche de la casa. La humedad del bosque le empapaba la piel, pero no se movía. Tadeo estaba ahí, apoyado en la baranda, con el brazo vendado y moretones que seguían coloreando su rostro. El silencio entre ellos era denso. Casi tanto como la lluvia que se avecinaba.

—Me acuerdo —dijo Cora al fin, con la voz rota.

Tadeo la miró sin palabras.

—Estábamos en Medellín. Vos estabas cerca de Urgencias, siempre... siempre en las sombras. Nunca supe por qué me sentía observada, pero ahora sé que eras vos. Te vi una vez... en el reflejo de una ventana. Y no dije nada.

Tadeo bajó la mirada.

—No quería que tuvieras miedo —dijo en voz baja—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. Que nadie te tocara. Que pudieras vivir sin todo esto.

—¿Por qué? ¿Por qué hiciste todo eso por mí?

Él tragó saliva. Las palabras le quemaban en la garganta.

—Porque sos lo único que me mantuvo cuerdo después de la muerte de mi padre. Cuando vi a tu papá en ese funeral, diciéndome que me alejara de los Lamorte... pensé que era un cobarde. Ahora entiendo que intentaba advertirme. Que sabía lo que podía pasar.

Cora se acercó un poco más. El viento arrastraba las hojas del monte, como si la noche misma susurrara verdades olvidadas.

—¿Y si ya es tarde para alejarnos?

—Entonces peleamos desde adentro —respondió Tadeo, mirándola a los ojos—. Pero no te voy a dejar sola, Cora. Nunca más.

En ese instante, las luces del camino parpadearon. Cameron apareció, corriendo desde el portón.

—¡Tienen que venir! ¡Nuestros papás... llegaron!

Dentro de la casa, el ambiente se volvió pesado, lleno de miradas, abrazos contenidos, silencios que gritaban.

Claudia, la madre de Cora, entró primero. Su rostro tenía arrugas nuevas, el cabello más canoso, pero los ojos estaban igual: protectores, intensos.

—Mi niña —susurró, abrazándola con fuerza.

Atrás de ella, Daniel Castillo. El padre. Con el peso del pasado en los hombros y la mirada fija en Tadeo.

—No pensé que volvería a ver esta tierra —dijo, mientras le tendía la mano a su hija—. Pero si estamos en peligro, entonces peleamos juntos. No voy a dejar que les pase nada. A ninguno.

Cora sintió algo quebrarse dentro. Un muro invisible que la había sostenido durante años. Ahora no estaba sola. Y aunque el peligro era real, por primera vez... tenía un ejército. Uno hecho de memorias, heridas, alianzas y sangre.

Uno hecho de amor.




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